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Full text of "El cuarto poder"

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in 2013 



http://archive.org/details/elcuartopoder01pala 



* 



EL CUARTO PODER 



I 



OBRAS DEL MISMO AUTOR 



CRÍTICA 

PESETAS 



Los Oradores del Ateneo, un tomo 2 

Los Novelistas Españoles, un tomo 2 

Nuevo Viaje al Parnaso, un tomo 2 

La Literatura en 1881 (en colaboración), un tomo. 2 

NOVELAS 

El Señorito Octavio, un tomo 3 

Marta y María, (ilustrada por Pellicer), un tomo. ... 4 

El Idilio de un Enfermo, un tomo 4 

Aguas Fuertes (novelas y cuadros), un tomo 3 

José, un tomo 3,50 

Riverita, dos tomos. 6 

Maximina, dos tomos 6 



EL 



CUARTO PODER 

NOVELA DE COSTUMBRES 

POR 

ARMANDO PALACIO VALDÉS 



TOMO I 




MADRID 

TIPOGRAFÍA DE MANUEL GINÉS HERNÁNDEZ 

Libertad, 16 duplicado, bajo 
1888 



ES PROPIEDAD 



EL CUARTO PODER 



CAPÍTULO PRIMERO 



Se levanta el telón, por esta vez sin metáfora 



para solazar en las largas noches de invierno á 
sus pacíficos é industriosos moradores. Estaba 
construido, como casi todos, en forma de herra- 
dura. Constaba de dos pisos á más del bajo; en 
el primero los palcos, así llamados Dios sabe 
por qué, pues no eran otra cosa que unos bancos 
rellenos de pelote y forrados de franela encar- 
nada colocados en torno del antepecho: para 




N Sarrio, villa famosa, bañada por el 
mar Cantábrico, existía hace algunos 
años un teatro no limpio, no claro, no 
cómodo, pero que servía cumplidamente 



z 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sentarse en ellos era forzoso empujar el respaldo, 
que tenía visagras de trecho en trecho, y levan- 
tar al propio tiempo el asiento: una vez dentro 
se dejaba caer otra vez el asiento, se volvía el 
respaldo á su sitio y se acomodaba la persona del 
peor modo que puede estar criatura humana fue- 
ra del potro de tormento. En el segundo piso bu- 
llía, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chus- 
ma del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo 
el marinero de altura que el que pescaba muer- 
gos en la bahía ó el peón de descarga; la señá 
Amalia la revendedora igual que las que acarrea- 
ban «el fresco» á la capital; llamábase á aquel re- 
cinto «la cazuela.» Las lunetas eran del mismo 
aborrecible pelote que los palcos y el forro debió 
ser también del mismo color, aunque no podía sa- 
berse con certeza. Detrás de ellas había, á la an- 
tigua usanza, un patio para ciertos menestrales 
que por su edad, su categoría de maestros ú otra 
circunstancia cualquiera, repugnaban subir á la ca- 
zuela y juntarse á la turba alborotadora. Del te- 
cho pendía una araña, cuajada de pedacitos de 
vidrio en forma prismática, con luces de aceite: 
más adelante se sustituyó éste, con petróleo, pero 
yo no alcancé á ver tal reforma. Debajo de la es- 
calera que conducía á los palcos había un nicho 
cerrado con persiana que llamaban el palco de 
D. Mateo. De este D. Mateo ya hablaremos más 
adelante. 



EL CUARTO PODER 



3 



Pues ha de saberse que en tal lacería de teatro 
se representaban los mismos dramas y comedias 
que en el del Príncipe y se cantaban las óperas 
que en la Scala de Milán. ¿Parece mentira, eh? 
Pues nada más cierto. Allí ha oído por vez pri- 
mera el narrador de esta historia aquellas famo- 
sas coplas: 

Si oyes contar de un náufrago la historia 

Ya que en la tierra hasta el amor se olvida 

Por cierto que le parecían excelentes, y el tea- 
tro una maravilla de lujo y de buen gusto. Todo 
en el mundo depende de la imaginación. Ojalá 
la tuviese tan viva y tan fresca como entonces 
para entretenerles á ustedes agradablemente al- 
gunas horas. También ha visto el Don Juan Te- 
norio; y sus difuntos untados de harina de trigo, 
su comendador filtrándose por una puerta atada 
con cuerdas, su infierno de espíritu de vino y su 
apoteosis de papel de forro de baúles, le impresio- 
naron de tal modo que aquella noche no pudo 
dormir. 

En la sala pasaba, poco más ó menos, lo mis- 
mo que en los más suntuosos teatros de la Corte. 
No obstante, por regla general se atendía más al 
espectáculo que en éstos: porque aún no había- 
mos llegado á ese grado superior de perfecciona- 
miento, mediante el cual las acciones deben for- 
mar grato contraste con el lugar donde se ejecu- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tan; verbi-gracia, charlar en los teatros, reírse y 
retozar en las iglesias,, ir graves, y silenciosos, y 
patéticos en el paseo, como sucede, afortunada- 
mente, en Madrid. Ignoro si en Sarrio han subi- 
do ya á la hora presente este peldaño de la civi- 
lización. 

Ni se crea que faltaban por eso algunos espíri- 
tus lúcidos que se adelantaban á su época y pre- 
sentían lo que había de ser el teatro andando el 
tiempo. Pablito Belinchón era uno de ellos. Tenía 
abonado siempre, en compañía de otros tres ó 
cuatro amigos, el palco de proscenio, y desde allí 
dirigía la palabra á otros señores de más edad, 
abonados en el palco de enfrente; se decían cu- 
chufletas, se burlaban de la tiple ó del bajo, y se 
tiraban caramelos y saetas de papel. Por cierto 
que el público de las lunetas, ajeno todavía á 
estos refinamientos de la civilización, solía ha- 
cerles callar bárbaramente con un enérgico chi- 
cheo. Las familias más importantes acostumbra- 
ban á entrar en aquellos palcos fementidos des- 
pués de abierto el telón, con la misma solemnidad 
que si penetrasen en una platea del teatro Real, 
y por de contado con mucho más ruido: no es 
posible figurarse bien el horrísono traquido que 
daba aquel respaldo al ser empujado y aquel 
asiento al dejarlo caer con ánimo de llamar la 
atención. 

Dígalo si no la familia que en este momento 



EL CUARTO PODER 



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hace su entrada triunfal en uno de ellos y perma- 
nece en pie despojándose de los abrigos, mien- 
tras los espectadores divierten por un instante la 
vista de la escena y la fijan en ellos, hasta que 
se sientan. Son los señores de Belinchón. El 
jefe de la familia, D. Rosendo, es un caballero 
alto, enjuto, doblado por el espinazo, calvo por 
la coronilla, de ojos pequeños y hundidos, boca 
grande, que se contraía con una sonrisa mefisto- 
félica, dejando ver dos filas de dientes largos é 
iguales, la obra más acabada de cierto dentista 
establecido hacía pocos meses en Sarrio: gasta 
patillas cortas y bigote, y representa unos sesenta 
años de edad. Está reputado por el primer co- 
merciante de la villa y uno de los primeros im- 
portadores de bacalao de la costa. cantábrica. Du- 
rante muchos años monopolizó enteramente la 
venta por mayor de este artículo, no sólo en la 
villa, sino en toda la provincia, y gracias á ello 
había granjeado una fortuna considerable. Su es- 
posa, Doña Paula... ¿Pero por qué se despierta 
tal y tan prolongado rumor en el teatro á su apa- 
rición? La buena señora, al escucharlo, queda 
temblorosa y confusa, no acierta á desembara- 
zarse del abrigo, y su hija Cecilia se ve obligada 
á quitárselo y á decirle al oído: — Siéntate, mamá! 
Se sienta, ó por mejor decir, se deja caer sobre el 
banco y pasea una mirada extraviada por el pó- 
público, mientras sus mejillas se tiñen de vivo 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



carmín. En vano se abanica con brío y procura 
serenarse; nada: cuantos más esfuerzos hace por 
alejar la sangre tumultuosa del rostro, más em- 
peño pone la maldita en ocupar aquel lugar vi- 
sible. 

— ¡Mamá, qué colorada estás! — le dice Ventu- 
rita, su hija menor, pugnando para no reir. 

La madre la mira con expresión de angustia. 

— Calla, Ventura, calla — dice Cecilia. 

Doña Paula, animada con estas palabras, mur- 
mura: 

— Esta chiquilla no goza sino en avergonzarme. 

Y estuvo á punto de enternecerse y llorar. 

Al fin, el público se cansó de atormentarla con 
sus miradas, sonrisas y murmullos, y fijó de nue- 
vo su atención en la escena. La congoja de Doña 
Paula fué cesando poco á poco; pero quedaron 
restos de ella por toda la noche. 

La causa de aquel incidente era el abrigo de 
terciopelo guarnecido de pieles que la buena se- 
ñora se había puesto. Siempre que estrenaba al- 
guna prenda de apariencia brillante, sucedía lo 
mismo. Y esto no por otra cosa más que porque 
Doña Paula no era señora de nacimiento. Pro- 
cedía de la clase de cigarreras. D. Rosendo ha- 
bía tenido amores con ella siendo casi una niña, 
de los cuales nació Pablito. Así y todo, D. Ro- 
sendo estuvo cinco ó seis años sin casarse ni 
querer oir hablar de matrimonio; pero visitándo- 



EL CUARTO PODER 



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la en su casa y asistiéndola con dinero. Hasta 
que al fin, vencido más por el amor del hijo que 
el de la madre, y, más que por todo esto, por las 
amonestaciones de sus amigos, se decidió á en- 
tregar su oscura mano á Paulina. La población 
no supo del matrimonio hasta después de efec- 
tuado: tal sigilo se guardó para llevarlo á cabo. 
Desde entonces la vida de la cigarrera puede 
dividirse en varias épocas importantes: la pri- 
mera, que dura un año, comprende desde el 
matrimonio hasta «la mantilla de velo.» Duran- 
te este tiempo, la señora de Belinchón no se mos- 
tró poco ni mucho en público; los domingos iba 
á misa de alba y se encerraba otra vez en casa. 
Cuando se decidió á ponerse la antedicha man- 
tilla é ir á misa de once, lo mismo en la iglesia 
que en las calles del tránsito, la acribillaron á 
miradas, y se habló del suceso por más de ocho 
días. El segundo período, que dura tres años, 
comprende desde «la mantilla de velo» hasta «los 
guantes.» La vista de tal ornamento en las ma- 
nos grandes y coloradas de la ex-cigarrera, pro- 
dujo una excitación indescriptible en el elemento 
femenino del vecindario; en las calles, en la igle- 
sia, en las visitas, las señoras se saludaban pre- 
guntando: — ¿Ha visto V.?... — Sí, sí, ya he visto. 
— Y comenzaba el desuello. Viene después el ter- 
cer período que dura cuatro años, y termina en 
«el vestido de seda,» que dio casi tanto que mur- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



murar como los guantes, y produjo general indig- 
nación en Sarrio. — -Diga usted, Doña Dolores, 
qué nos queda ya que ver? — Doña Dolores bajaba 
os ojos haciendo un gesto de resignación. Por 
último, el cuarto período, el más largo de todos 
porque dura seis años, termina, ¡oh escándalo! 
con «el sombrero.» Nadie puede representarse 
el estremecimiento de asombro que invadió á la 
villa de Sarrio cuando cierta tarde de feria se 
presentó Doña Paula en el paseo con sombrero- 
capota. Fué un verdadero motín. Las mujeres 
del pueblo se santiguaban al verla pasar y pro- 
nunciaban comentarios en alta voz para que los 
oyese la interesada. 

— ¡Mujer, mira por tu vida á la Serena qué ga* 
barra lleva sobre la cabeza! 

Porque hay que advertir que á la madre de 
Doña Paula, la llamaban la Serena, y á la abuela 
y á la bisabuela también. 

Excusado es añadir que desde que la cigarrera 
subió á la categoría de señora, ni por casualidad 
la dieron ya su nombre propio. 

Al día siguiente, al tropezarse las señoras de 
Sarrio en la calle, no encontrando palabras con 
que expresar su horror, se daban por contentas 
con elevar los ojos al cielo, agitar los brazos con- 
vulsivamente y pasar de largo murmurando: 
((¡¡¡Sombrero!!!» 

Ante aquel golpe de audacia que no tiene pa- 



EL CUARTO PODER 



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reja sino con los de algunos héroes de la antigüe- 
dad, Aníbal, César, Gengis-Khan, la villa quedo 
muda y abatida algunos meses. No obstante, cada 
vez que la buena de Doña Paula aparecía en pú- 
blico con el abominable sombrero en la cabeza ó 
con cualquier otra prenda propia de su alta jerar- 
quía, era saludada siempre con un murmullo de 
reprobación. Y lo original del caso estaba en 
que ella no protestaba ni en público ni en secre- 
to, ni aun en lo sagrado de la conciencia, contra 
este proceder malévolo de su pueblo natal: juzgá- 
balo natural y lógico; no se le ocurría pensar que 
pudiera ser de otro modo; sus ideas sociológicas 
no le aconsejaban todavía rebelarse contra el fa- 
llo de la opinión pública. Creía de buena fe que al 
ponerse los guantes ó el abrigo de pieles ó el som- 
brero, cometía un acto reprobado por las leyes 
divinas y humanas; los murmullos, las miradas 
burlonas, eran el castigo necesario de esta infrac- 
ción. De aquí sus temores y congojas cada vez 
que iba á presentarse en el teatro ó en el paseo, 
y el rubor que la acometía. 

¿Por qué entonces, se me dirá, Doña Paula se 
vestía de este modo? No serán muy conocedores 
del corazón humano los que tal pregunten. Doña 
Paula se ponía el sombrero y los guantes á sa- 
biendas de que iba á pasar un mal rato, como un 
chico abre el aparador y se atraca de dulce á sa- 
biendas de que en seguida le han de azotar. Los 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que no se hayan criado en un pueblo, nunca sa- 
brán cuán apetitosa golosina es el sombrero para 
una artesana. 

Era Doña Paula, alta, seca, desgarbada. Cuan- 
do joven había sido buena moza, pero los años, 
la clausura continua, á la que no estaba avezada, 
y sobre todo, la lucha que venía sosteniendo con 
el público para establecer su jerarquía, la ha- 
bían marchitado antes de tiempo. Todavía con- 
servaba hermosos ojos negros encajados en un 
rostro de correctas y agradables facciones. 

El acto primero tocaba á su fin: se representa- 
ba un melodrama fantástico, cuyo nombre no re- 
cordamos, donde la compañía había desplegado 
todo el aparato escénico de que podía disponer. 
La cazuela estaba asombrada, y acogía cada cam- 
bio de decoración con estrepitosos aplausos. Pa- 
blito Belinchón, que había pasado en Madrid un 
mes el año anterior, se reía con incontestable su- 
perioridad de aquel aparato, y hacía guiños inte- 
ligentes á los del proscenio de enfrente. Y para 
demostrar que todo aquello le aburría, concluyó 
por volverse de espaldas al escenario y mirar con 
los gemelos á las bellezas locales. Cada vez que 
los preciosos anteojos de piel de Rusia apuntaban 
á una, la muchacha sufría un leve estremecimien- 
to, cambiaba de postura, llevaba la mano un poco 
trémula al pelo para arreglarlo, sonreía á su 
mamá ó á su hermana sin razón alguna, se ponía 



EL CUARTO PODER 



II 



seria de nuevo, y fijaba con insistencia y decisión 
sus ojos en la escena; pero al instante los levanta- 
ba rápida y tímidamente hacia aquellos redondos 
y brillantes cristales que la ofuscaban: al fin con- 
cluía por ruborizarse. Pablito, satisfecho, apun- 
taba á otra belleza. Las conocía como si fuesen 
sus hermanas, tuteaba á la mayor parte de ellas 
y de muchas había sido novio: pero la pluma en 
el aire no era más movible y tornadiza que él en 
materia de amores; todas habían tenido que su- 
frir algún doloroso desengaño; últimamente, has- 
tiado de enamorar á sus convecinas, se había de- 
dicado á fascinar á cuantas forasteras llegaban á 
Sarrio, para abandonarlas, por supuesto, si come- 
tían la torpeza de permanecer en la villa más de 
un mes ó dos. 

Había razones poderosas para que Pablito pu- 
diese disponer á su buen talante del corazón de 
todas las jóvenes indígenas y aun de las extra- 
ñas. Era un apuestísimo mancebo de veinticuatro 
ó veinticinco años, de rostro hermoso y varonil, 
de figura gallarda y elegante; montaba á caballo 
admirablemente y guiaba un tilbury ó un carrua- 
je de cuatro caballos, lo cual nadie sabía hacer 
en Sarrio más que los cocheros. Cuando se lleva- 
ban los pantalones anchos, los de Pablito pare- 
cían sayas; si estrechos, era una cigüeña: venía la 
moda de los cuellos altos, nuestro Pablito iba por 
la calle á medio ahorcar con la lengua fuera: es- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tilábanse bajos, pues enseñaba hasta el esternón. 

Estas y otras facultades eminentes hacíanle, 
con razón, invencible. Quizás algunos no hallen 
enteramente justificada la dictadura amorosa de 
nuestro mancebo en Sarrio; pero estamos segu- 
ros de que las jóvenes de provincia que lean la 
presente historia la juzgarán lógica y verosímil. 

Cuando bajó el telón, un anciano encorvado, 
con luenga barba blanca y gafas, se acercó arras- 
trándose más que andando al palco de los de Be- 
linchón. 

— ¡D. Mateo! Imposible que V. faltase — excla- 
mó Doña Paula. 

— ¿Pues qué quiere V. que haga en casa, Pau- 
lina? 

— Rezar el rosario y acostarse — dijo Venturita. 

D. Mateo sonrió con dulzura, y contestó á 
aquella impertinencia dando á la niña una palma- 
dita cariñosa en el rostro. 

— Es verdad que debiera hacer eso, hija mía... 
¿pero qué quieres? si me acuesto temprano no 
duermo... y luego no puedo resistir á la tentación 
de ver estas caritas tan lindas... 

Venturita hizo un mohín desdeñoso donde se 
traslucía la satisfacción de verse requebrada. 

— ¡Si fuera V. siquiera un pollo guapo! 

— Lo he sido. 

— ¿El año de cuántos?... 

— ¡Qué mala, qué mala es esta chiquilla! — 



EL CUARTO PODER 



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exclamó D. Mateo riendo y acometiéndole acto 
continuo un golpe de tos que le embargó la respi- 
ración algunos momentos. 

D. Mateo, anciano decrépito, no sólo estro- 
peado por los años, sino por multitud de acha- 
ques adquiridos por una vida harto disipada, era 
la alegría de la villa de Sarrio. Ninguna fiesta, 
ningún regocijo público ó privado se efectuaba 
en el pueblo sin su intervención. Era presidente 
del Liceo, sociedad de baile, desde hacía muchos 
años, y nadie pensaba en sustituirlo por otro; 
presidía también una academia de música de la 
cual era fundador: era vocal-tesorero del Casino 
de artesanos; la reedificación del teatro donde 
nos hallamos á él se debía, y para recompensar- 
le de sus molestias y desembolsos, el Ayuntamien- 
to le había permitido labrar en el hueco de la 
escalera el palco cerrado con persiana de que ya 
hemos hablado. Vivía de su retiro de coronel, 
estaba casado y tenía una hija de treinta y tan- 
tos años á quien seguía llamando «la niña.» 

Ni se crea por esto que D. Mateo era un viejo 
verde. Si lo fuese, el sexo femenino no le demos- 
traría tanta simpatía,, ni le guardaría respeto al- 
guno. Su único placer era ver divertidos á los 
demás, que la alegría reinase en \ovno suyo; para 
conseguirlo, hacía esfuerzos increíbles de habili- 
dad, y se molestaba lo indecible. Su imagina- 
ción, puesta al servicio de tal idea, no descansa- 



14 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ba un instante: unas veces era un baile campes- 
tre el que organizaba; otra vez hacía construir 
un escenario en el salón del Liceo, y ensayaba 
alguna comedia; otras, contrataba compañías de 
saltimbanquis ó de músicos. En cuanto se pasa- 
ban ocho días sin que los vecinos de Sarrio se 
recreasen de algún modo, ya estaba nuestro don 
Mateo violento y nervioso, y no paraba hasta lo- 
grarlo. Gracias á él, podemos asegurar que no 
había pueblo en España, en aquella época, donde 
la vida fuese más fácil y agradable. 

Porque los honestos recreos que sin cesar se 
repetían, engendraban la unión y hermandad en 
el vecindario. Además, D. Mateo, elemento con- 
ciliador por excelencia, formaba gran empeño en 
destruir todas las malquerencias y rencores que 
en el pueblo existiesen; al contrario de ciertos 
seres viles que se complacen en transmitir el ve- 
neno de la murmuración, tenía gusto en ir re- 
pitiendo á cada cual lo bueno que de él dijesen 
lo demás: — «Pepita, ¿sabe V. lo que acaba de 
decirme Doña Rosario del vestido que usted 
lleva?... que es elegantísimo, muy sencillo y de 
mucho gusto.» — Pepita se esponjaba en su pal- 
co, y dirigía una mirada de ternura á Doña Ro- 
sario, á pesar de que nunca le había sido simpá- 
tica.» — Buen negocio ha hecho V. en la partida 
de cacao de la viuda é hijos de Villamor, amigo 
D. Eugenio. — Phs; regular. — En este momento 



EL CUARTO PODER 



15 



me acaba de decir D. Rosendo, que ese negocio 
se le ha escapado á él de las manos por tonto.» 
Como D. Rosendo pasa por el primer comer- 
ciante de la villa, D. Eugenio no puede menos 
de sentirse lisonjeado por estas palabras. 

Después de haber charlado algunos instantes 
con la familia Belinchón, D. Mateo se despide 
para recorrer todos los palcos, como tenía por 
costumbre; pero antes dice, dirigiéndose á Ce- 
cilia: 

— ¿Cuándo llega? 

La joven se puso levemente encendida. 

— No sé decir á V., D. Mateo... 

Doña Paula sonrió con malicia, y vino en auxi- 
lio de su hija. 

— Debe de llegar en la Bella-Paula, que ha sa- 
lido ya de Liverpool. 

— Oh, entonces aquí lo tenemos mañana ó 
pasado... ¿Habrás rezado mucho á la Virgen de 
las Tormentas, verdad? 

— ¡Una novena nada menos la ha hecho! Hace 
días que están seis cirios ardiendo delante de la 
imagen — dijo Venturita. 

Cecilia se puso aún más colorada y sonrió. Era 
una joven de veintidós años, no agraciada de ros- 
tro ni gallarda de figura; lo que más desconcertaba 
la armonía de aquél, era la nariz excesivamente 
aguileña. Sin esta tacha quizá no habría sido fea, 
porque los ojos eran extremadamente lindos, tan 



l6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



suaves y expresivos, que pocas bellezas podían 
gloriarse de poseerlos tales. Ni alta ni baja, pero 
el talle desgarbado y los hombros un tanto en- 
cogidos. Su hermana Ventura tenía dieciséis 
años, y aparecía como un hermoso pimpollo, 
lleno de gracia y alegría: su rostro ovalado pa- 
recía hecho de rosas y claveles; apretadita de 
carnes y pequeña de estatura; tan sabiamente pro- 
porcionada por la naturaleza, que parecía mode- 
lada en cera; sus manos eran jazmines y sus 
piés de criolla, celebrados en Sarrio como nunca 
vistos; la suavidad y tersura de su cutis, vencían 
á las del nácar y alabastro: sobre la frente, alta 
y estrecha como las de las venus griegas, de un 
blanco argentino, caían los bucles de sus cabe- 
llos rubios, cuya madeja, tan espesa como dócil 
y brillante, le tapaba enteramente la espalda has- 
ta más abajo de la cintura. 

— ¡Búrlate de tu hermana, picarilla; no tarda- 
rás en hacer lo mismo! 

— ¿Yo rezar por un hombre? V. chochea, don 
Mateo. 

— Ya me lo dirás dentro de poco— repuso el 
anciano pasando á otro palco á saludar á los se- 
ñores de Maza. 

En esto se acercó Pablito al de sus papás, tra- 
yendo en su compañía á un fiel amigo que mere- 
ce especial mención. Era hijo del picador que 
había en el pueblo, y mozo que por su figura po- 



EL CUARTO PODER 



i 7 



día ser el regocijo de los espectadores en un cir- 
co de acróbatas. Nada necesitaba añadir á su per- 
sona, ni polvos de harina, ni bermellón, ni tizne 
para quedar convertido en clowns: era un payaso 
«al natural.» Su nariz vivamente coloreada ya por 
la naturaleza, sus ojos torcidos, la ausencia de 
pestañas, su boca de lobo, la disparatada anchu- 
ra de sus hombros, el arco de sus piernas y, sobre 
todo, las muecas grotescas con que se acompaña 
al hablar ó gruñir, provocan la risa, sin más pelu- 
cas y afeites. Bien lo sabía Piscis (que así se lla- 
maba ó le llamaban) y de ello estaba fuertemen- 
te pesaroso y hasta indignado: para contrarres- 
tar estas nativas disposiciones cómicas de su ros- 
tro, había determinado no reírse jamás, y cumplía 
su promesa religiosamente: además, para el mis- 
mo efecto acostumbraba sabiamente á entreverar 
sus palabras con las más ásperas y temerosas in- 
terjecciones del repertorio nacional, y varias de 
su invención particular. Pero esto, en vez de pro- 
ducir el efecto apetecido, contribuía á despertar 
la alegría entre sus conocidos. 

El único que hasta cierto punto le tomaba en 
serio era Pablito. Piscis y Pablito habían nacido 
para amarse y admirarse: el punto de conjunción 
de estos dos astros era el género ecuestre. Piscis, 
adiestrado por su padre desde niño, era el mejor 
jinete de Sarrio; por consiguiente, para Pablito 
la persona más digna de ser admirada. El hijo de 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



D. Rosendo era el chico más rico de la población: 
para Piscis, debía de ser, claro está, lo más res- 
petable y digno de veneración que había sobre el 
planeta. Nadie sabía á qué época se remontaba 
esta amistad; se había visto á Pablito y Piscis 
eternamente juntos, cuando niños; ya hombres 
no fué parte á separarlos la diversa posición so- 
cial que ocupaban. El iugar de reunión de estos 
jóvenes notables era constantemente la cuadra 
de D. Rosendo: desde allí, después de celebrar 
siempre una larga y erudita conferencia, frente 
á los caballos, con parte teórica y parte práctica, 
salían á pasear su figura y sus profundos conoci- 
mientos por la villa, unas veces cabalgando en 
briosos corceles, otras en una linda charrette, Pa- 
blito guiando, Piscis á su lado fijo y absorto en la 
contemplación amorosa de los traseros de los ca- 
ballos; algunas también, para dar ejemplo de hu- 
mildad, caminando sobre las propias piernas. 

Pablo se acercó á su familia, retorciéndose de 
risa. 

— ¿Qué te ha pasado? — le pregunta Doña Pau- 
la, sonriendo también. 

— Hemos seguido á Periquito á la cazuela y le 
encontramos mano á mano con Ramona — dijo el 
joven, acercando la boca al oído de su hermana 
Ventura. 

— ¿Sí?... ¿Qué le decía? — preguntó ésta con 
gran curiosidad. 



EL CUARTO PODER 



19 



— Pues le decía... (una avenida de risa le in- 
terrumpió por algunos momentos). Le decía... 
«Ramona, te amo.» 

— ¡Ave María! ¡Á una sardinera! — exclamó 
la niña riendo también y haciéndose cruces. 

— ¡Si vieras con qué voz temblorosa lo decía, 
y cómo ponía los ojos en blanco!... Aquí está 
Piscis, que también lo oyó... 

Piscis dejó escapar un gruñido corroborante. 

En aquel momento, Periquito, que era un mu- 
chacho pálido y enteco, de ojos azules y poca 
y rala barba rubia, apareció en las lunetas. Las 
miradas de toda la familia Belinchón se clavaron 
en él sonrientes y burlonas; sobre todo Pablo y 
Venturita se mostraban grandemente rogocijados 
á su vista. Periquito levantó la cabeza y saludó: 
la familia Belinchón contestó al saludo sin dejar 
de reir. Tornó á levantar la cabeza otras dos ó 
tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, 
se sintió molesto y salió al pasillo. 

Levantóse nuevamente el telón. La decoración 
representaba unas cavernas del infierno, aunque 
no era imposible que alguien creyese que se tra- 
taba de la bodega de un barco. El acto comen- 
zaba por un preludio de la orquesta, dignamente 
dirigida por el Sr. Anselmo, ebanista de la villa. 
Figuraban en ella como bombardinos el Sr. Ma- 
tías, el sacristán, y el Sr. Manolo (barbero); como 
clarinetes; D. Juan el Salado (escribiente del 



20 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Ayuntamiento), y Próspero (carpintero); como 
trompas Mechacan (zapatero),, y el Sr. Romualdo 
(enterrador) ; como cornetines Pepe de la Es- 
guila (albañil), y Maroto (sereno); como figle, el 
Sr. Benito el Rato (escribiente de uña casa de 
comercio y figle de la iglesia). Había otros cua- 
tro ó cinco muchachos aprendices, que acompa- 
ñaban. El Sr. Anselmo, en vez de batuta, tenía 
en la mano para dirigir una enorme llave relu- 
ciente, que era la de su taller. 

El preludio era muy triste y temeroso; como 
que estábamos en el infierno. El público guarda- 
ba absoluto silencio y esperaba con ansia lo que 
iba á salir de allí, clavados los ojos en las tram- 
pas abiertas en el suelo del escenario. Dé pronto, 
de aquella música suave y misteriosa salió un 
trompetazo desafinado. El Sr. Anselmo se volvió 
y dirigió una mirada de reprensión al músico, que 
se puso colorado hasta las orejas; hubo en el pú- 
blico fuerte y prolongado murmullo. De la cazue- 
la salió entonces una voz que gritó: 

— Fué Pepe de la Esguila. 

Las miradas del público se dirigieron hacia 
este menestral, que se hizo el distraído sacando 
la boquilla del cornetín y sacudiéndola; pero es- 
taba cada vez más colorado. 

— Si no sabe tocar que se vaya á la cama — 
gritó la misma voz. 

Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la 



EL CUARTO PODER 



21 



Esguila montó en cólera de pronto, dejó el ins- 
trumento en el suelo y, alzándose del asiento con 
los ojos encendidos y agitando los puños frente á 
la cazuela, gritó: 

— ¡Yate arreglaré en cuanto salgamos, Percebe! 

— ¡Chis, chis! ¡Silencio, silencio! — exclamó 
todo el público. 

— ¡Qué has de arreglar, morral! Anda adelan- 
te y toca mejor la trompeta. 

— ¡Silencio, silencio! ¡Qué escándalo! — volvió 
á exclamar el público. 

Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del 
alcalde. 

Era éste un hombre de sesenta á setenta años, 
bajo de estatura y muy subido de color, el pelo 
bien conservado y enteramente blanco, las meji- 
llas rasuradas, la nariz borbónica, los ojos gran- 
des, redondos y saltones. Parecía un cortesano 
de Luis XV ó un cochero de casa grande. 

Don Roque, que así se llamaba, se revolvió en 
el asiento y dio una voz. 

— ¡Marcones! 

Un alguacil octogenario se acercó al respaldo 
del palco con la gorra azul de grande visera cha- 
rolada en la mano. El alcalde conferenció con él 
algunos momentos y Marcones subió á la cazuela 
bajando poco después con un joven en traje de 
marinero, agarrado del brazo. Ambos se acerca- 
ron al palco presidencial. 



22 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



D. Roque comenzó á increparle, procurando 
apagar la voz y consiguiéndolo á medias. Se oía 
de vez en cuando: — «¡Zopenco!»..., «no tenéis 
pizca de educación»... «animal de bellota»... 
«¿te figuras que estás en la taberna?» El mari- 
nero aguantaba la rociada con los ojos en el 
suelo. 

Una voz gritó desde el patio: 
— Que lo lleven á la cárcel. 
Pero desde la cazuela contestó otra al ins- 
tante: 

—Que lleven también á Pepe de la Esguila. 
—¡Silencio! ¡Silencio! 

El alcalde , después de haber reprendido y 
amenazado ásperamente á Percebe, le dejó vol- 
ver otra vez á su sitio, con gran satisfacción de 
la cazuela, que lo recibió con hurras y aplausos. 

La orquesta callada un instante, tornó á su in- 
fernal preludio; y antes que éste se terminase, 
comenzaron á salir por las trampas del escena- 
rio hasta una docena de diablos con sendas y 
enormes pelucas de estopa, el rabo de etiqueta, y 
teas encendidas en las manos. Así como se ha- 
llaron sobre el entarimado y cerradas convenien- 
temente las trampas, dieron comienzo, como es 
lógico, á una danza fantástica; pues bien sabido 
es de antiguo que no pueden estar juntos cuatro 
demonios sin entregarse con furor al baile. Los 
espectadores seguían con extremada curiosidad 



EL CUARTO PODER 



23 



sus vivos y acompasados movimientos. Un chi- 
quillo lloró: el público obligó á su madre á que lo 
sacase. 

Mas héte aquí que con tanto ir y venir, pasar 
y rozarse los ministros de Belcebú en aquel no 
muy amplio recinto, una tea llegó á prender fue- 
go á la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, 
sin darse cuenta de ello, siguió bailando cada vez 
con más infernal arrebato. El público reía á car- 
cajadas esperando el próximo desenlace de aquel 
incidente. En efecto, cuando sintió caliente la 
cabeza más de la cuenta el espíritu maligno, se 
apresuró á arrancarse la peluca y la careta, que- 
dando al descubierto el rostro de Levita, donde 
se pintaba el terror. 

— ¡Levita! — gritó el público alborozado. 

El granuja que tenía este apodo, privado de 
sus atributos infernales, confuso y avergonzado, 
se retiró de la escena. 

Al poco rato empezó á arder otra peluca. 
Nuevos murmullos y mayor ansiedad por ver la 
metempsícosis de aquel ángel exterminador. No 
se hizo esperar; al cabo de pocos minutos la pe- 
luca y la careta volaban por el aire como en- 
cendido cometa. 

— ¡Matalaosa! — gritaron todos. Una inmensa 
carcajada sonó en el teatro. 

— Mátala, no te descubras que te vas á cons- 
tipar — dijo uno desde la cazuela. 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Matalaosa se retiró avergonzado como su com- 
pañero Levita. 

Todavía ardieron otras dos ó tres pelucas, po- 
niendo á la vergüenza á otros tantos pillastres de 
la calle que servían de comparsas en el teatro. 
El baile se terminó al fin sin más incendios. 

Una vez sepultados de nuevo en el Averno los 
demonios que se habían salvado de la quema, se 
presentaron en la escena un gallardo mancebo, 
de oficio pastor, á juzgar por el pellico que le ta- 
paba la espalda, y una hermosa doncella de idén- 
tica profesión; los cuales, en el mismo punto, 
siguiendo el antiguo precepto que obliga á todo 
pastor á estar enamorado y á toda pastora á mos- 
trarse esquiva, comenzaron su diálogo, donde 
las quejas amorosas y los tiernos lamentos de él 
contrastaban con las indiferentes carcajadas de 
ella. 

Alegres y regocijados se hallaban todos, lo 
mismo los del patio que los de la cazuela, con las 
sabrosas razones que pasaban en la escena, cuan- 
do á la puerta del teatro se oyó una gran voz 
que dijo: 

— D. Rosendo, está entrando la Bella- Paula. 

El efecto que aquel inesperado grito produjo, 
fué inexplicable. Porque no sólo D. Rosendo se 
levanta como impulsado por un resorte y se apre- 
sura con mano trémula á ponerse el abrigo para 
salir, sino que por todo el concurso se esparció un 



EL CUARTO PODER 



fuerte rumor acompañado de viva agitación que 
estuvo á punto de interrumpir el diálogo pastoril. 
Los menestrales del patio lanzáronse acto con- 
tinuo á la calle: de la cazuela bajaron con fuerte 
traqueteo casi todos los marineros que allí había; 
y de los palcos y butacas salieron también nu- 
merosas personas. A los pocos minutos no que- 
daban apenas en el teatro más que las mujeres. 

Cecilia se había quedado inmóvil, pálida, con 
los ojos clavados en la escena. Su madre y her- 
mana la miraban en tanto con semblante risueño. 

— ¿Por qué me miráis de ese modo? — exclamó 
volviéndose de pronto. Y al decir esto se puso 
fuertemente colorada. 

Doña Paula y Venturita soltaron una car- 
cajada. 




CAP. II 



Del feliz arribo de la "Bella-Paula,, 



l pelotón de espectadores corrió por 
' las calles en dirección al muelle. De- 
lante, rodeado de seis ú ocho marine- 
ros, de su hijo Pablo y algunos amigos, 
iba D. Rosendo, silencioso, preocupado, escu- 
chando los comentarios de sus acompañantes 
que los pronunciaban con la voz entrecortada 
por la fatiga. 

— Tiene suerte D. Domingo; llega con más de 
media marea — dijo un marinero aludiendo al ca- 
pitán de la Bella-Paula. 

— ¿Qué sabes tú si llega ahora? Bien puede es- 
tar fondeado desde la tarde — contestó otro. 
—¿Dónde? 




28 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Dónde ha de ser, mamón? en la concha — 
replicó el otro enfureciéndose. 

— Si hubiera estado se vería, tío Miguel. 

— ¿Cómo lo habías de ver, papanatas?... ¿Has 
estado por si acaso en la peña Corvera? 

— -La bandera de la Bella-Paula se ve por en- 
cima de la peña, tío Miguel. 

—¡Qué bandera ni qué mal rayo que te parta! 

— ¿Qué carga trae, D. Rosendo? — preguntóle 
al armador uno de los que le acompañaban. 

— Cuatro mil quintales. 

- — ¿Escocia? 

— No; todo Noruega. 

— ¿Viene á bordo el señorito de las Cuevas? 

D. Rosendo no contestó. Al cabo de un mo- 
mento de marcha cada vez más precipitada, se 
volvió diciendo: 

— A ver; es necesario avisar á D. Melchor que 
está entrando la Bella-Paula. 

— Yo iré — contestó un marinero destacándose 
del pelotón y marchando á internarse otra vez 
en el pueblo. 

Llegaron al muelle. La noche estaba fría, sin 
estrellas: el viento acostado; la mar en calma. 
Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se diri- 
gieron á la punta del Peón recién construida que 
avanzaba bastante más por el mar. Brillaba en 
la oscuridad tal cual farolillo de los barcos ancla- 
dos: apenas se advertía la espesa red de su jar- 



EL CUARTO PODER 



2 9 



cia; los cascos aparecían como una masa negra 
informe. 

Los recién llegados no vieron un grupo mucho 
mayor de gente que se apiñaba en la punta mis- 
ma del malecón hasta que dieron sobre él. Todos 
guardaban silencio con los ojos puestos en la mar, 
esforzándose por advertir entre las tinieblas las 
maniobras del buque. Las olas, que rompían blan- 
damente contra las peñas más próximas, blan- 
queaban de vez en cuando en la oscuridad. 

— ¿Dónde está? — -preguntaron varios de los es- 
pectadores del teatro sacándose los ojos por ver 
algo. 

—Allí. 

— ¿Dónde? 

— ¿No ve V. aquí, hacia la izquierda, una lu- 
cecita verde?... Siga V. mi mano. 
— ¡Ah, sí, ya la veo! 

D. Rosendo subió al segundo cuerpo del pare- 
dón, y encontró allí ya á D. Melchor de las Cue- 
vas. Era éste un caballero alto, muy alto, enjuto, 
afeitado á la usanza de los marinos, esto es, de- 
jando la barba por el cuello como una venda. 
Tenía más razón para ello que la mayoría de los 
vecinos de Sarrio que se afeitaban de este modo, 
pues pertenecía al honroso cuerpo de la Arma- 
da, si bien en calidad de retirado. Pero en los 
puertos de mar, particularmente cuando la pobla- 
ción es pequeña, como la en que nos hallamos, 



30 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el elemento marítimo predomina y se infiltra de 
tal modo, que todos los habitantes, sin poder- 
lo remediar, sin darse cuenta de ello, adoptan 
ciertos usos, palabras y formas de vestir de los 
marinos. 

Habría sido apuesto y galán el señor de las 
Cuevas en sus tiempos juveniles; porque hoy, á 
los setenta y cuatro años, es un hombre brioso, 
erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz agui- 
leña, noble y descubierta frente: toda su figura 
anuncia energía y decisión. 

Estaba en pie sobre uno de los asientos adhe- 
ridos al pretil del paredón, con unos enormes an- 
teojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde 
que brillaba con intermitencias allá á lo lejos. 
Era con mucho la figura más elevada que salía 
del grupo de espectadores. 

—¡Don Melchor, V. aquí ya!... Acabo de en- 
viarle un recado á su casa. 

— Hace una hora que he venido — repuso el se- 
ñor de las Cuevas, separando los anteojos de la 
cara. — He visto la barca desde el mirador poco 
después de puesto el sol. 

—Debía suponerlo: ¿cómo se le había á V. de 
escapar nada que pase por ahí afuera? 

— Tengo mejor vista que cuando era un mozo 
de veinte años — dijo D. Melchor con firme ento- 
nación y en voz alta para que le oyesen. 

— Lo creo, lo creo, D. Melchor. 



EL CUARTO PODER 



31 



— A quince millas veo virar una lancha boni- 
tera. 

— Lo creo, lo creo. 

— Y si me apuran un poco — profirió en voz 
más alta aún, — les cuento las portas á las fraga- 
tas que cruzan para el Ferrol. 

— Arríe, arríe un poco D. Melchor — dijo 
una voz. 

Hubo en la oscuridad carcajadas reprimidas, 
porque el señor de las Cuevas inspiraba respeto 
profundo á toda la marinería. 

El viejo marino volvió airado la cabeza hacia 
el sitio donde había salido la cuchufleta; esforzó- 
se en penetrar las tinieblas en silencio algunos 
instantes, y al cabo dijo con voz ronca: 

— Si supiese quién eres, pronto te arriaba yo 
en banda á la mar. 

Nadie osó decir una palabra, ni hubo el más 
leve conato de risa. En Sarrio se sabía que el 
señor de las Cuevas era muy capaz de hacerlo 
como lo decía. Había servido en la marina de 
guerra más de cuarenta años, gozando siempre 
opinión de oficial bravo y pundonoroso, pero al 
mismo tiempo de una severidad que rayaba en 
barbarie. Cuando ya ningún comandante de bu- 
que se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas 
marítimas, D. Melchor se empeñaba en ponerlas 
en práctica y en todo su rigor. Contábase con te- 
rror en el pueblo, que había ahogado á un mari- 



32 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ñero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, 
según prescribía la ordenanza para ciertas faltas, 
y á más de ciento había derrengado á palos ó les 
había levantado el pellejo con el chicote. Ade- 
más no había en Sarrio piloto ó marinero que se 
las pudiese haber con él en lo referente á la mar, 
lo mismo en el conocimiento del tiempo,, que en 
las maniobras de los barcos; en todos los secre- 
tos de la navegación. 

La lucecita verde se iba acercando con lenti- 
tud: percibíase ya el bulto de la Bella-Paula á 
simple vista, y además otros dos ó tres puntitos 
negros cerca de ella que cambiaban á menudo de 
sitio: eran la lancha del práctico y los botes auxi- 
liares para tirar del barco cuando fuese necesa- 
rio. Como el viento no sopilaba apenas, la corbeta 
mantenía izadas todas las velas. Sin embargo ya 
estaba demasiado cerca del paredón para que 
esto no constituyese un peligro. Al menos D. Mel- 
chor así lo entendió, porque comenzó á jurar por 
lo bajo y á mostrarse inquieto. No pudiendo re- 
sistir más, á sabiendas de que no le habían de 
oir, gritó: 

— Aferra las gavias, Domingo. ¿Qué aguardas? 

Apenas había acabado de pronunciar estas pa- 
labras, cuando se vieron sobre las cofas los bul- 
tos casi imperceptibles de los marineros. 

— ¡Acabáramos! — exclamó D. Melchor. 

— ¡Sí, que D. Domingo se chupa el dedo! — 



EL CUARTO PODER 



33 



dijo por lo bajo el marinero á quien el señor de 
las Cuevas había amenazado. 

El casco de la corbeta, pintado de negro con 
una banda blanca en la obra muerta, se destacó 
al ñncon pureza del fondo oscuro. Los ojos de 
los espectadores, habituados ya á las tinieblas, 
veían perfectamente todo lo que pasaba á bordo. 
Sobre el puente había dos bultos, el del capitán 
y el del práctico; en la proa uno, el del piloto. 

— ¿Y la escandalosa? — gritó de nuevo D. Mel- 
chor. 

La escandalosa de mesana, como si obedeciese 
á su voz, cayó. La barca siguió acercándose cada 
vez con más pausa. El viento no conseguía hen- 
chir las velas bajas; la cangreja pendía del palo 
lacia y desmayada como un vestido de baile usa- 
do. Pronto quedaron aferradas aquéllas y arriada 
ésta, y el barco comenzó á caminar con sosiego 
desesperante remolcado por los dos botes. Las 
figuras de los remadores se levantaron acompasa- 
damente sobre los bancos; y la voz de los patro- 
nes gritando: — ¡Hala avante! ¡hala duro! — rom- 
pió con brío el silencio de la noche. 

Pero los tirones eran tan débiles con relación 
á la masa, que el buque apenas se movía. Cuan- 
do al cabo de un cuarto de hora consiguió acer- 
carse unas treinta brazas de la punta del peón, 
largó un cabo, que uno de los botes trajo al ma- 
lecón para ayudar á virar á la corbeta. 

3 



34 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Capitán, capitán! — gritó uno con voz ex- 
tentórea desde el grupo. 

— ¿Qué hay? — contestaron del buque. 

— ¿Viene á bordo el señorito de las Cuevas? 

—Sí. 

— Pues ojo con el señorito de las Cuevas... 
Los demás que se ahoguen. 

La broma produjo gran algazara en la muche- 
dumbre. Volvió á reinar el silencio. La corbeta 
comenzaba á virar, apoyada en el cabo de tierra, 
que rechinaba con la tensión. La gente del mue- 
lle se puso á hablar con la de á bordo. Pero ésta 
se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo á 
las maniobras más que á las preguntas que les 
dirigían. Entonces el temperamento burlón de la 
marinería en aquella comarca se ostentó de nue- 
vo; los de tierra comenzaron á dar vaya á los de 
á bordo, sobre todo á un cierto sujeto que pare- 
cía un montón de pelos, á quien apodaban Tan- 
ganada, el cual se movía de un lado á otro, con 
la gracia de un oso, manejando los cables, y lan- 
zando gruñidos de desprecio á la muchedumbre. 

— Oyes, Tanganada; ya tendrás gana de co- 
mer una cazuela de bacalao, ¿verdad? 

— Alégrate, Tanganada; hay sidra en el lagar 
de Llandones. 

— ¿Hacía calor en Noruega? 

— ¡Allí te quisiera ver yo, ladrón! — gruñó Tan- 
ganada, mientras aferraba una vela. 



EL CUARTO PODER 



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Los marineros saludaron la frase con grandes 
carcajadas. 

— ¡Larga tierra! — gritó el práctico desde el 
puente. 

— ¡Hala á bordo! — contestó el marinero que 
tenía el socaire soltando el chicote. El cable cayó 
al mar, y comenzó á subir velozmente por el 
costado del buque. 

Este se encontraba al abrigo del malecón, 
pero no había marea bastante para atracar al 
antiguo muelle. El capitán dio una voz al piloto. 

— ¡Fondo! 

El piloto dijo á los marineros que tenía á su 
lado: 
— ¡Arría! 

El ancla cayó al mar con un ruido estridente de 
cadenas. La barca se dispuso á virar sobre ella. 

— ¿Vas á amarrarte á tierra, Domingo? — pre- 
guntó D. Melchor. 

— Sí señor — contestó el capitán. 

— No hay necesidad; amárrate en dos. Dentro 
de una hora podrás enmendarte. 

— Tanto me cuesta uno como otro — dijo en 
voz baja el capitán alzando los hombros, y lue- 
go en voz alta añadió: 

— ¡Echa la de uso! 

Otra ancla cayó al mar con el mismo ruido. 
- — ¿Cómo le va á V., tío? — dijo una voz dulce 
y varonil desde á bordo. 



36 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Hola, Gonzalito. ¿Llegas bueno, hijo mío? 
— Perfectamente; voy á allá ahora mismo. 
Y se bajó con gran agilidad por un cable al 
bote. 

—Vamos á esperarle — dijo D. Rosendo po- 
niéndose á andar. 

Pero la mano del señor de las Cuevas le sujetó 
como unas tenazas por el brazo. 

— ¿Dónde va V., hombre de Dios? 

— ¿Qué es eso? — preguntó el armador asusta- 
do. — ¡ Ah, es cierto! ¡No me acordaba que estaba 
en el segundo paredón!... La oscuridad... Tanto 
tiempo aquí... El mareo de estar con la vista 
fija en el barco... ¡Dios mío! ¿Qué hubiera sido 
de mí si V. no me sujeta? 

— Pues nada, se hubiera V. deshecho los se- 
sos contra las losas de abajo. 

— ¡Virgen Santísima! — exclamó D. Rosen- 
do poniéndose horriblemente pálido. La frente 
se le cubrió de un sudor frío, y las piernas le fla- 
quearon. 

— No tenga V. miedo por lo que ya pasó, 
amigo. Bajemos á recibir á Gonzalito. 

Bajaron en efecto al muelle, donde acababa 
de saltar un joven alto, rubio, de gallardo aspec- 
to, vestido con un largo gabán que casi le llegaba 
á los piés. 

—¡Tío! 

* — ¡Gonzalo! 



EL CUARTO PODER 



37 



Se fueron acercando, hasta que quedaron abra- 
zados los dos gigantes. También D. Rosendo sa- 
ludó con efusión al joven; pero estaba tan pre- 
ocupado con el peligro que había corrido su exis- 
tencia, que al instante volvió á ponerse sombrío 
y melancólico. Apenas pudo contestar á las pre- 
guntas que el contramaestre le hizo, pidiéndole 
instrucciones por encargo del capitán. 

Pusiéronse en marcha luego hacia la casa de 
D. Melchor, situada en lo más alto de la villa, 
señoreando una extensión inmensa de mar. Du- 
rante el camino, Gonzalo dejó que su tío fuese 
delante, y un poco acortado hizo algunas pregun- 
tas á Do Rosendo acerca de su familia. 

— ¿Cómo está Doña Paula? ¿Le ha desaparecido 
ya la rija del ojo? ¿Y Pablo? ¿Continúa con la mis- 
ma afición á los caballos? ¿Y Venturita? Estará 
hecha una polla ya ¿verdad?... (Pausa.) ¿Cecilia 
está buena? — terminó preguntando rápidamente. 

A todas sus preguntas contestó el señor de Be- 
linchón con monosílabos. 

— ¿Sabes, Gonzalo — dijo parándose de pronto, 
— que por un poco me mato ahora mismo? 

— ¡Cómo! 

Le contó con proligidad el percance del muelle. 
Terminado el relato cayó en una profunda cons- 
ternación. 

— ¿Supongo que la familia ya estará en la 
cama? — preguntó Gonzalo después que hubo de- 



38 ARMANDO .PALACIO VALDÉS 



plorado bastante (al menos en su concepto) el 
peligro del comerciante. 

— No; están en el teatro... No sabe uno dón- 
de la tiene; ¿verdad, querido? 

— ¡Hola! ¿Hay compañía? 

— Sí, desde hace unos días. ¿Crees que me hu- 
biera matado, Gonzalo? 

— Phs... tal vez se hubiera V. roto una pierna, 
ó las dos... ó una costilla. 

< — ¡Menos malo! — exclamó el señor de Belin- 
chón dejando escapar un suspiro. 

En esto se habían internado ya bastante en la 
población, y al llegar á cierta calle, D. Rosendo 
se despidió del tío y del sobrino. Dióle éste la 
mano con visible tristeza. 

— Voy al teatro á buscar á la familia. Hasta 
mañana; que descanses, Gonzalo. 

— Hasta mañana... Recuerdos. 

El señor de las Cuevas y su sobrino se empare- 
jaron caminando lentamente la vuelta de la casa 
del primero. Cayó entonces sobre el viajero un 
chaparrón de preguntas, no relativas á su estan- 
cia en Inglaterra, sino todas ellas referentes al 
viaje por mar. «¿Qué tal el viento? de bolina 
siempre, ¿verdad?... ¿No se os cayó alguna vez? 
El barco no cabecearía mucho; viene bien carga- 
do... ¿Y las corrientes? No marearíais siempre 
con toda la tela, ¿eh? ¿A que habéis arrizado á la 
salida de Liverpool? ¡Conozco, conozco el paño! 



EL CUARTO PODER 



3g 



Contestaba Gonzalo con distracción á las pre- 
guntas, que por otra parte, entendía á duras pe- 
nas: iba cabizbajo y melancólico. Observándolo 
al fin su tío, se paró en firme y le dijo: 

— ¿Qué tienes, Gonzalito? Parece que estás 
triste. 

— ¿Yo? ¡Cá! No señor. 

— Juraría que sí. 

Siguieron otro rato en silencio, y D. Melchor, 
dándose una palmada en la frente, exclamó: 
— ¡Ya sé lo que tienes! 
-¿Qué? 

— Mal de la tierra. Á mí me ha pasado siem- 
pre lo mismo. Cuando saltaba en tierra después 
de algún viaje, me entraba una desazón, una tris- 
teza, un deseo tan grande de volverme á bordo! 
Duraba dos ó tres días hasta que me iba acostum- 
brando. El caso es que tenía afán de llegar al 
puerto; pero una vez en él echaba de menos la 
vida de á bordo. No sé lo que tiene el mar que 
atrae, ¿verdad?... ¡Aquel aire tan puro !.. . ¡Aquel 
movimiento!... ¡Aquélla libertad!... Áque sientes 
ganas de volverte al barco, ¿eh? — terminó dicien- 
do con una sonrisa maliciosa que acreditaba su 
extremada perspicacia. 

— Malditas... De lo que tengo gana, tío, voy á 
decírselo en confianza... es de ver á mi novia. 

D. Melchor quedó asombrado. 

— ¿De veras? 



40 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Lo que V. oye. 

Reflexionó un momento el señor de las Cuevas, 
y al cabo dijo: 

— Bien; si quieres puedes ir al teatro á saludar- 
la... Mientras tanto, yo voy á ver cómo se en- 
mienda Domingo. 

— ¿De qué se ha de enmendar? Es una persona 
excelente — repuso el joven sonriendo. 

El tío, sin comprender la ironía, le miró con 
desprecio. 

— Vaya, veo que vienes tan ignorante como 
has ido... Te aguardo para cenar. 

— No me aguarde V., tío — contestó Gonzalo, 
que ya estaba lejos. — Quizá no cene. 

Y sin tomar carrera, pero con extraña velo- 
cidad, gracias á sus descomunales piernas, sal- 
vó las calles, alumbradas por algunos raros fa- 
roles de petróleo , en dirección al teatro. Cual- 
quiera que le tropezase en aquella hora le di- 
putaría por un inglesóte de los muchos que llegan 
á Sarrio mandando barcos unas veces, otras á 
reconocer cotos mineros ó á montar alguna in- 
dustria. Su estatura colosal, su corpulencia, no 
son los signos característicos de la raza española, 
siquiera nos hallemos en una de las provincias del 
Norte: luego, aquel gabán tan largo, las botas de 
tres suelas, el sombrero de forma exótica, denun- 
ciaban claramente al extranjero. Pues mirándole 
al rostro acababa de completarse la ilusión, por- 



EL CUARTO PODER 



4* 



que era blanco y terso y adornado con larga bar- 
ba rubia, los ojos azules, ó más propiamente gar- 
zos, al igual de los que se ven casi sin excepción 
en las razas septentrionales. Aprovechemos los 
cortos momentos que nos quedan antes que llegue 
al teatro para proporcionar al lector algunos da- 
tos biográficos acerca de este mancebo. 

La familia de las Cuevas á la cual pertenece, 
venía siendo de gigantes y marinos, desde tiempo 
inmemorial. Marino había sido su padre, marino 
su abuelo, marinos sus tíos, y marinos también 
los hijos de éstos. Gonzalo quedó huérfano de 
padre y madre cuando no contaba ocho años de 
edad, dueño de una fortuna no ^despreciable, ad- 
ministrada por su tío y tutor D. Melchor, en cuyo 
poder y guarda le dejó el padre al morir. Bien 
quisiera el viejo marino que su pupilo continuase 
la no interrumpida tradición del linaje de las 
Cuevas en cuanto á la carrera. Para despertarle 
la afición ó inclinarle á la marina, le compró una 
preciosa balandra donde ambos se paseaban por 
las tardes ó salían de pesca. 

Pero todos los propósitos del buen caballero se 
estrellaron contra las aficiones terrestres de su 
sobrino: de la mar no le gustaban á éste más que 
los peces; pero aderezados ya y humeando en 
medio de la mesa. Todavía transigía, no obstan- 
tante, con la caldereta merendada allá en algún 
recodo de la costa, sentado sobre una peña don- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de manase agua fresca potable. A los catorce 
años, era Gonzalo un muchacho espigado y ro- 
busto, que estudiaba en el colegio privado de Sa- 
rrio la segunda enseñanza y se examinaba todos 
los años en la capital, obteniendo ordinariamen- 
te la calificación de bueno y una que otra vez, muy 
rara, la de notablemente aprovechado; bien quisto 
de sus compañeros por su condición noble y fran- 
ca, y respetado también por virtud de sus puños 
formidables. Los caballeros de la villa le agasa- 
jaban á causa de su posición y la familia á que 
pertenecía; los marineros y demás gente del pue- 
blo le amaban por su carácter llano y comunica- 
tivo. 

Después de graduado bachiller en Artes, per- 
maneció en Sarrio tres años todavía sin hacer 
nada. Levantábase tarde, se iba al casino y allí 
pasaba la mayor parte del día jugando al billar, 
en el cual llegó á ser extremado. A pesar de ser 
el niño mimado de la población, visitaba pocas 
casas: prefería la vida estúpida y depravada del 
café, á la cual se había habituado. No obstante, 
como no era cerrado de inteligencia y su exube- 
rante naturaleza rebosaba de actividad y de fuer- 
za, las empleaba una que otra vez en el estu- 
dio de algunos ramos de la ciencia. Aficionóse á 
la mineralogía, y muchas tardes, abandonando el 
casino y el billar, se iba por los contornos de la 
villa en busca de piedras minerales y ejemplares 



EL CUARTO PODER 



43 



de fósiles, llegando á reunir una rica colección* A 
ratos le dio también por ejercitarse en el micros- 
copio: hizo traer uno costoso de Alemania y co- 
menzó á examinar diatomeas y á prepararlas ad- 
mirablemente sobre unos cristalitos que él mismo 
cortaba. Por último, habiendo caído en sus manos 
un libro sobre la fabricación de la cerveza, entre- 
góse con ahinco á su estudio, pidió á Inglaterra 
otros varios y comenzó á imaginar que acaso en 
Sarrio se obtendría un resultado feliz y pingües 
beneficios con esta industria desconocida. Se le 
ocurrió montar una fábrica; pero habiendo comu- 
nicado el proyecto con su tío, este varón esforza- 
do creyó oportuno lanzar una serie de gritos inar- 
ticulados, fuera todos ellos del diapasón normal, 
terminados los cuales se le oyó exclamar: 

— ¡Cómo! ¡Un Cuevas metido á cervecero! ¡El 
hijo de un brigadier, el nieto de un contralmi- 
rante de la Armada! Tu estás desarbolado, Gon- 
zalo. Bien dice el refrán que la ociosidad es ma- 
dre de todos los vicios. Si hubieses ingresado en 
la Escuela de Marina como yo te aconsejaba, á 
estas horas serías ya guardia-marina de primera, 
y estarías corriendo el mundo sin pensar en tales 
guanchadas. 

Gonzalo se calló, pero no dejó de seguir leyen- 
do sus métodos de fabricación. Comprendiendo 
que sin visitar por sí mismo las fábricas principa- 
les y sin estudiar con seriedad el asunto no alean- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



zaría resultado alguno, se resolvió á seguir la ca- 
rrera de ingeniero industrial en Inglaterra. Cuan- 
do se arrojó á decírselo á su tío, no le sonó mal 
al marino el nombre de ingeniero; pero el cali- 
ficativo de industrial volvió á despertar en su espí- 
ritu la misma tempestad de odios y rencores que 
le había producido la cerveza. 

— ¡Industrial, industrial! Hoy cualquier limpia- 
botas se llama industrial. Hazte buenamente in- 
geniero de caminos, canales y puertos, ó de 
minas. 

Por este tiempo conoció, ó para hablar con 
más propiedad, trató, pues en Sarrio todos se 
conocían, á su novia actual, la señorita de Belin- 
chón. Un día su tío le envió á casa del rico co- 
merciante con encargo de preguntarle si podía 
darle una letra sobre Manila: D. Rosendo no se 
hallaba en su escritorio, que estaba en la planta 
baja de la casa, y como el negocio era urgente, 
Gonzalo se decidió á subir. La doncella que le 
abrió estaba con prisa. 

— Pase V., D. Gonzalo; la señorita Cecilia le 
dirá dónde está el señor. 

Penetró en un cuarto desarreglado, con mon- 
tones de ropa por el suelo y una mesa en el cen- 
tro, donde la hija primera de los señores de Be- 
linchón estaba aplanchando una camisa en traje 
no adecuado á su categoría; un vestidillo raído y 
un pañuelo atado á la cintura como las artesanas, 



EL CUARTO PODER 



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en los piés unas zapatillas bastante usadas. No se 
ruborizó porque el joven la encontrase en aquel 
arreo ni en tan baja ocupación, ni exclamó como 
otras muchas harían en su caso: 

— ¡Jesús, en qué facha me encuentra V.! lle- 
vando las manos al pelo ó á la garganta. 

Nada de eso; suspendió un momento su tarea, 
sonrió con dulzura y aguardó á que el joven ha- 
blase. 

— Buenas tardes -dijo éste poniéndose colorado. 

— Buenas tardes, Gonzalo — contestó ella. 

— ¿Podría ver á su papá? 

— No sé si está en casa. Voy á ver — repuso la 
joven, dejando la plancha sobre la mesa y pasan- 
do por delante de él. 

Cuando ya se había alejado un poco, se volvió 
para preguntarle: 

— ¿Su tío está bueno? 

— Sí señora, sí Digo, no hace algunos 

días que no se levanta de la cama Tiene un 

catarro fuerte. 

— ¿No será cosa de cuidado? 

— Creo que no señora. 

La joven continuó su camino sonriendo; le ha- 
cía gracia que Gonzalo la llamase señora no ha- 
biendo cumplido los dieciséis años y contando él 
más de veinte. Ambos, sin haberse hablado «de 
grandes,)) se conocían como si fuesen hermanos: 
se encontraban todos los días en la calle, en el 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



paseo, en el teatro, en la iglesia. «De pequeños» 
recordaba Cecilia que cierta tarde en la romería 
de Elorrio bailando la giraldilla con otras chicas 
de su edad, se llegaron unos pillos á estorbarlas, 
tirándolas del pelo desde fuera, empujándolas 
con fuerza y metiéndose en el corro gritando pa- 
ra hacerlas perder el compás. Gonzalo, que era 
un grandullón de trece años, viendo aquella fea 
tosquedad, acudió en su auxilio, y puntapié va, 
trompada viene, soplamocos á uno y puñada á 
otro, en un instante puso en dispersión á los tres 
ó cuatro descorteses mozuelos. Los ojos de las 
diminutas bailarinas le contemplaron con admi- 
ración, y en aquellos corazones femeninos de cin- 
co á diez años quedó grabado para no borrarse 
jamás un sentimiento de gratitud hacia el heroi- 
co mancebo. Otra vez, años adelante, un día de 
San Juan, Gonzalo cedió á ella y su familia la 
balandra para pasearse por el mar, pues los bo- 
tes y lanchas escaseaban en tal ocasión. Mas nin- 
guna de estas circunstancias engendró el trato 
entre ellos: si los encontraba muy de frente, Gon- 
zalo solía llevarse la mano al sombrero; si no, 
pasaba de largo como si no los viese, á pesar 
del conocimiento, ya que no amistad íntima, que 
su tío mantenía con el Sr. Belinchón. La vida ex- 
clusiva de café, el ningún trato con las mujeres, 
habían hecho de Gonzalo un joven apocado y ver- 
gonzoso. 



EL CUARTO PODER 



47 



— Pase V., Gonzalo; papá le espera en la sala 
— dijo la joven cruzando de nuevo por delante de 
él. — Que se alivie su tío. 

— Muchas gracias — respondió acortado; — y al 
alejarse caminando hacia atrás, como era tan 
alto, dio una cabezada con la lámpara de la an- 
tesala, que por poco la hace venir al suelo. 

Miró con angustia hacia arriba, se apresuró á 
sujetarla, y se puso muy colorado. 

— ¿Se ha lastimado V.? — preguntó Cecilia con 
interés. 

— ¡Cá! no señora... al contrario... ¡caramba, 
por un poco la rompo! 

Y se retiró cada vez más confuso. 

Hallábase nuestro mancebo en aquel punto y 
sazón en que los hombres se enamoran de una 
escoba. La edad del amor se había retrasado 
para él un poco; esto suele acontecer en todos 
aquellos en quienes los músculos tiranizan á los 
nervios. Por eso la señorita de Belinchón, aun- 
que nada linda, despertó repentinamente en él 
cierta simpatía que es fácil transmutar en pasión. 
Y como consecuencia de aquella brevísima entre- 
vista, Gonzalo pasó desde entonces alguna que 
otra vez sin necesidad por delante de la casa de 
los Sres. de Belinchón mirando con el rabo del 
ojo á los balcones, cuidó más del aliño del traje 
y la persona, iba á misa de diez los domingos á 
San Andrés, donde Doña Paula y sus hijos la 



48 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



oían, en el teatro solía dirigirle con disimulo vi- 
vas miradas y alguna que otra vez se aventuraba 
á soltarle un sombrerazo; pero en cuanto lo hacía 
se ponía colorado y miraba con susto á todas 
partes, temblando de que aquel naciente senti- 
miento de su alma fuese descubierto. 

¡Inocente Gonzalo! Mucho antes de que él se 
diese cuenta cabal de tal inclinación, la villa en- 
tera la conocía. Nada se puede ocultar, sobre 
todo en lo que toca á las relaciones de sexo á 
sexo, á los ojos zahoríes de las comadres de un 
pueblo de escaso vecindario. Y no sólo se cono- 
ció, pero hasta se daba como cierto el matrimo- 
nio en plazo más ó menos lejano. Pasaban los 
meses, no obstante, y aquello no avanzaba un 
paso. Los testimonios que Gonzalo daba de su 
afición seguían siendo los mismos; la mayor par- 
te de los días se reducían á pasar después de co- 
mer por delante de la casa del rico comerciante, 
para ir al casino. Cecilia solía estar cosiendo de- 
trás de los cristales; mano al sombrero; sonrisa; 
adelante; luego el billar, y hasta otro día. Don 
Melchor le encargó otras dos veces recados para 
D. Rosendo, pero tuvo la buena suerte de hallar- 
le siempre en el despacho. Decimos buena suer- 
te, porque Gonzalo temblaba ante la idea de su- 
bir á la casa y tropezarse con Cecilia. ■ 

Había cumplido ya los veinte años. La idea de 
hacerse ingeniero industrial y ocuparse en algo 



EL CUARTO PODER 



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útil, volvía de vez en cuando á su espíritu en me- 
dio de aquella vida holgazana. El compañero que 
tornaba de alguna academia militar, la conversa- 
ción con algún ingeniero inglés, la frase de des- 
precio que escuchaba en el casino acerca de los 
que no tenían carrera, despertábanle de pronto el 
deseo. Al fin un día le dijo á su tío que si le daba 
permiso se iba á Inglaterra á estudiar algo y ver 
mundo. Como D. Melchor nada podía oponer á 
este justo y laudable propósito, pocos días des- 
pués, Gonzalo recorría algunas casas de parien- 
tes y amigos, donde hacía años que no ponía los 
piés, para despedirse, y una tarde apacible y be- 
lla de primavera se embarcaba en el bergantín 
redondo Vigía con rumbo á la Gran Bretaña. 

¿Se acordaba de Cecilia? No lo sabemos. En 
temperamentos como el de nuestro mancebo, el 
fuego de las pasiones tarda mucho tiempo en 
prender, puesto que á la postre causa grandes es- 
tragos. 

Pasaron tres años. Terminó la carrera de in- 
geniero que es breve y práctica en Inglaterra, 
y se determinó á visitar las principales fábricas 
de este país y de Francia y Alemania. En el 
tiempo que duraron sus estudios el recuerdo de 
Cecilia asaltábale de vez en cuando, sin causar- 
le, por. supuesto, emoción muy viva. Allá en la 
primavera cuando la sangre circula con más 
fuerza por las venas y la madre naturaleza con 

4 



5° 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el verdor de los campos, los vividos colores de 
las flores, los juegos de la luz, el aire tibio em- 
balsamado, y sobre todo, por medio de sus in- 
terprétes más ñeles, los pájaros, nos incita para 
que en modo alguno consintamos que la especie 
humana se extinga, Gonzalo pensaba en el ma- 
trimonio. Y siempre que tal idea surgía en su 
mente, presentabásele de improviso hecha carne 
en la niña primera de los señores de Belinchón: 
— «Pase V., Gonzalo; papá le espera.» «¿Se ha 
lastimado V?» — Volvían á sonar en sus oídos 
aquellas palabras y el acento cariñoso con que 
fueron pronunciadas encendía en su corazón vir- 
gen una chispa de simpatía. La joven no era 
hermosa, pero sus ojos sí, y sobre todo revelába- 
se en ella el atractivo del sexo por el aire modes- 
to y sencillo, el timbre de la voz, la delicadeza 
exquisita, enteramente femenina de sus modales. 
«No me disgustaría casarme con ella» pensaba 
dejando escapar un suspiro; porque juzgaba im- 
posible que se atreviese á decir á ésta ni á nin- 
guna señorita palabra alguná de amor. Hasta 
entonces no conocía de tal pasión más que el 
aspecto material y grosero, las relaciones fuga- 
ces y tristes de las mujeres que le abocaban por 
la noche en las calles de Londres y París. 

Un día escribiendo á cierto amigo íntimo de 
Sarrio se le ocurrió preguntarle si Cecilia Belin- 
chón se había casado. Contestóle que aún perma- 



EL CUARTO PODER 



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necia soltera y que si era muy cierto que algunos 
galanes la rondaban seducidos quizá por el dinero 
de Belinchón más que por las gracias de su hija, 
hasta ahora no se sabía que hubiese dado oidos á 
nadie. Al leer esto, se le subió la sangre al rostro 
al ingeniero industrial; tuvo la fatuidad de pensar 
(que se le dispense por Dios) que Cecilia recha- 
zaba á los pretendientes á su mano... porque á 
ninguno encontraba tan guapo como él. Entonces 
imaginó declararle su amor por medio de una 
carta: estando tan lejos no tendría vergüenza. 
Sin embargo, la tuvo, y cuando trató de coger la 
pluma para hacerlo, antes de trazar el primer 
renglón, volvió á dejarla al representarse la sor- 
presa que la joven recibiría. Pasaron algunos días; 
la idea no le abandonaba; por medio de mil suti- 
les razonamientos procuraba persuadirse á escri- 
bir la epístola amorosa: si se reía de él ¿qué? no 
había de verlo. Con no volver más á Sarrio esta- 
ba concluido; y si volvía ya procuraría no encon- 
trársela de frente. Al fin la escribió; túvola guar- 
dada en el cajón de su mesa varios días: la idea 
de echarla al correo le aterraba. Para decidirse á 
ello, necesitó beberse unas copitas de ron. Cuan- 
do estuvo un poco mareado sacó la carta del 
cajón, lanzóse á la calle con brío, y en el primer 
buzón con que tropezaron sus ojos ¡zás! la encajó. 

¡Dios mío, qué he hecho! Disipóse la borra- 
chera; se puso colorado hasta las orejas, como 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



si por el agujero de aquel buzón le estuviesen 
mirando los ojos burlones de todos los vecinos 
de Sarrio; y se apresuró á meter los dedos en él 
por ver si aún podía atrapar el malhadado sobre. 
Nada; se lo había engullido con la voracidad de 
un tiburón, y lo estaba ya digiriendo. Ocurriósele 
entonces presentarse en las oficinas de Correos 
y reclamarlo; pero allí le exigieron tales forma- 
lidades, que antes de pasar por ellas prefirió de- 
jar correr la suerte. 

Pasó ocho días en gran zozobra. A la hora de 
repartir las cartas en la fonda, experimentaba 
una ansiedad que le sofocaba, esperando ver lle- 
gar encerradas en un sobrecito las feas y colosa- 
les calabazas, castigo justo á su demasía y san- 
dez. Transcurrieron, no obstante, los ocho días 
y aun los quince , y la contestación no pare- 
cía. Se fué calmando con la esperanza vaga de 
que la carta no hubiese llegado á su destino: si 
había llegado, forjábase la ilusión de que Ce- 
cilia la habría roto sin dar cuenta á nadie. Mas 
hé aquí que, cuando ya no la esperaba, se en- 
cuentra á la hora de almorzar sobre el plato una 
carta de España, letra desconocida de mujer. Es 
irrepresentable la congoja que le acometió; se 
puso tan blanco como el mantel; el corazón que- 
ría saltársele de su pecho. Abrióla con mano tré- 
mula... ¡Ahaaa! suspiró descansando, después de 
haberla devorado en dos segundos. Llevóse la 



EL CUARTO PODER 



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mano al pecho, limpióse el sudor con el pañuelo, 
y volvió á tomar la carta y á releerla con calma. 

Era, en efecto, de Cecilia, y estaba escrita en 
un tono suavemente irónico, que nada tenía, sin 
embargo, de ofensivo. Manifestábase sorprendida 
de su repentina é inopinada declaración. ¿Qué 
mosca le había picado al cabo de cuatro años de 
ausencia? Sus padres, que antes que ella habían 
abierto la carta, estaban igualmente sorprendi- 
dos, y opinaban que era un paso irreflexivo, pro- 
pio de los pocos años, un capricho del momento, 
del cual ya estaría probablemente arrepentido. 
Ella compartía enteramente esta opinión. Sin 
embargo, la habían consentido, y aun aconsejado 
que contestase, por tratarse de un joven del pue- 
blo, con cuya familia mantenían relaciones de 
amistad. 

Esta epístola le puso contentísimo de pronto: 
no eran las desdeñosas calabazas que esperaba. 
Después se puso triste, y al minuto otra vez ale- 
gre, leyéndola y releyéndola por ver si daba en 
la clave. ¿Eran ó no eran calabazas? Apresuróse 
á contestar, pidiendo perdón de su atrevimiento, 
y confirmando su declaración anterior con nue- 
vas y vehementes frases. Replicó al cabo de al- 
gunos días la niña en términos más blandos y 
afectuosos; tornó á escribir Gonzalo; cruzáronse 
retratos; intervino Doña Paula. En suma, al cabo 
de poco tiempo, se encontraban ambos jóvenes 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



en relación formal; comenzó á hablarse de ma- 
trimonio; mediaron cartas entre D. Melchor y su 
sobrino; después visitas entre aquél y D. Rosen- 
do. Finalmente todo quedó arreglado, convinién- 
dose que á la primavera regresaría Gonzalo, y 
se efectuaría el casamiento. 



CAP. III 



En que la pareja enamorada comienza 
á pensar en el nido 

I&jftJ AL * AN Y a teatro los que habían que- 
N ¿¡3^ dado. Gonzalo tropezó con la ola de 
gente que vomitaba la puerta, y así como 
W fué reconocido, se apresuraron á rodear- 
le y saludarle sus antiguos amigos. El primero 
que le echó los brazos al cuello, fué D. Mateo, 
después vino D. Pedro Miranda y su hijo Periqui- 
to, en seguida el alcalde D. Roque, después don 
Victoriano y su esposa Doña Rosario y sus tres 
hijas. En un instante se formó círculo en torno 
del joven, quien se apresuraba á contestar con 
efusión á los plácemes, abrazos y apretones de 
manos que de todos sitios le venían; los marine- 



56 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ros, las mujeres del pueblo tomaban parte en 
aquellas manifestaciones de cariño lo mismo que 
los señores. No se oían más que exclamaciones de 
admiración y alegría. 

— Cuánto has engordado, Gonzalito. — ¡Vaya 
un real mozo! — ¿Por qué no creces como él, Pe- 
riquito? — D. Gonzalo, les come V. las sopas en la 
cabeza á todos los mozos de Sarrio. — Crecer no 
ha crecido, lo que ha hecho es doblar de cuerpo. 
— Ven acá, granadero, dame un abrazo apre- 
tado. 

Un patrón de barco afirmó que se parecía como 
una gota de agua á otra al Príncipe de Gales. 
Acaso Gonzalo fuese un poco más alto. 

El robusto corpachón de éste, alzábase sobre 
el grupo; daba la mano por encima de las cabe- 
zas á los amigos que no podían llegarse á él, y 
su noble y bondadosa fisonomía, sonreía á todos. 

Don Mateo, alzándose sobre la punta de los 
piés y tirándole del brazo para que se doblase, 
pudo decirle al oído: 

— ¡Qué función te has perdido, Gonzalo! Lás- 
tima que no hayas llegado por la tarde. La tiple 
cantó como un ángel... ¡Y el baile!... El baile, te 
digo chico que ni en Bilbao ni en la Coruña lo 
sacan mejor... Pero no te disgustes, que yo haré 
que se repita antes que se vaya la compañía... ó 
poco he de poder... 

Pero Gonzalo no atendía. Con los ojos clava- 



EL CUARTO PODER 



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dos en la puerta, esperaba inquieto y afanoso la 
salida de la familia de Belinchón, que como prin- 
cipal y de las más encopetadas, se retrasaba 
siempre para no confundirse con la plebe. Por fin 
á la luz del farol que ardía sobre el marco de la 
puerta, divisó la fisonomía de Doña Paula y en 
seguida la de Cecilia. Avalanzóse trémulo á sa- 
ludarlas. La hija se puso colorada como un pavo, 
es natural, y la madre también; esto es menos na- 
tural. ¿Qué le tocaba hacer á él? Ruborizarse 
igualmente; y esto fué lo que llevó á cabo de un 
modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y 
después de preguntarse por la salud, no supieron 
qué decirse. Las miradas cargadas de curiosidad 
de la gente contribuía á embarazarlos. Felizmen- 
te llegó Pablito con Ventura, que se habían reza- 
gado, y nuestro joven saludó al primero afectuo- 
samente y dirigió á la segunda una ceremoniosa 
cabezada. 
Pablo sonrió. 

— ¿Qué, no la conoces? Es mi hermana Ven- 
tura. 

— ¡Oh! ¿Cómo había de conocerla? Es una mu- 
jer... ¿Como está V. Ventura? 

La niña le alargó la mano mirándole con ex- 
presión maliciosa y burlona que acabó de des- 
concertarle. 

Pusiéronse en marcha hacia casa. Venturita 
echó á correr delante arrastrando á su hermano. 



58 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Detrás marchaban Doña Paula, Cecilia y Gonza- 
lo. Cerraba la marcha D. Rosendo con su buen 
amigo D. Pedro Miranda. Las calles estaban os- 
curas: solo ardían á aquellas horas los faroles de 
esquina. La distancia entre los tres grupos, se fué 
haciendo cada vez mayor. 

Gonzalo comenzó á hacer esfuerzos desespe- 
rados por sostener la conversación con su futura 
esposa y suegra; pero aquélla no despegaba los 
labios, dominada, sin duda, por la vergüenza, y 
doña Paula andaba muy lejos de ser una ma- 
dame Stael. Como tampoco él había colaborado 
en el Diccionario de la Conversación, el resultado 
era que ésta no prosperaba. Por cartas había lle- 
gado á tener confianza: Doña Paula ponía á me- 
nudo postdatas en las de Cecilia: Gonzalo repli- 
caba con alguna cuchufleta, mandaba estampitas, 
caricaturas para Ventura, y se portaba en todo 
como un miembro de la familia. Pero ahora los 
tres experimentaban malestar embarazoso: nues- 
tro joven en su vida había hablado con la señora 
de Belinchón, y con Cecilia sólo había cruzado 
las palabras que hemos dicho. Luego, allá de- 
lante, Venturita reía á carcajadas con su herma- 
no, y los novios presumían fundadamente que 
estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuan- 
do ya se acercaban á casa, la plática fué toman- 
do calor y había algunos síntomas para creer que 
muy pronto iba á reinar la confianza. 



EL CUARTO PODER 



59 



Formóse un grupo á la puerta de la morada de 
los señores de Belinchón, que estaba situada en 
la Rúa Nueva, la calle más principal de Sarrio, y 
era grande y suntuosa para lo que allí se esti- 
laba. Como Gonzalo no había cenado aún, don 
Rosendo le invitó á subir á hacerlo con ellos tan 
de veras, y con palabras tan apremiantes, que el 
joven, que no deseaba otra cosa, concluyó por 
aceptar. Despidiéronse el Sr. Miranda y su hijo 
Periquito, y la familia Belinchón, con el nuevo in- 
dividuo que iba á formar parte de ella, subió á la 
casa. En el recibimiento, las señoras se despo- 
jaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvió 
á turbarlos. Gonzalo pudo ver bien entonces á su 
novia, y observó que no había ganado nada en 
los años de ausencia. Estaba más alta, pero más 
delgada también: los amores no ponen gordas á 
las niñas; la nariz, con esto, se le había pronun- 
ciado todavía más. Sólo aquellos ojos hermosos, 
suaves, inteligentes, persistían en brillar como 
dos estrellas. La transformación de Venturita, 
aquella niña que veía cruzar para el colegio, col- 
gada del brazo de la doncella dando saltitos para 
no perder el paso, le llamó poderosamente la 
atención. Era una mujer, una verdadera mujer, 
no tanto por la estatura, como por la redondez 
y amplitud de las formas, como por la firmeza 
singular de su mirada y cierto brillo malicioso 
que la acompañaba. Examináronse ambos como 



6o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dos extraños de una rápida ojeada. Gonzalo le 
dijo por lo bajo á Doña Paula: 

— ¡Qué cambio el de Venturita! Es una joven 
preciosa. 

Por bajo que lo dijo la niña lo oyó: se puso 
seria con afectación, hizo un leve mohín de des- 
dén con los labios, y se fué derecha al comedor, 
ocultando el cosquilleo placentero que aquel re- 
quiebro tan espontáneo la había causado. 

La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal 
de provincia, abundante, limpia, sin flores ni los 
demás refinamientos elegantes que la civilización 
va introduciendo. Y al acercarse á ella, el emba- 
razo de Gonzalo había desaparecido; parecía que 
ayer había cenado allí también. Una ráfaga de 
alegría sopló sobre todos; cambiáronse palabras 
y risas; Gonzalo abrazaba á Pablito y le pregun- 
taba por sus caballos; Doña Paula arreglaba la 
distribución de los cubiertos; Venturita, sentada 
ya, se atracaba de aceitunas, tirando los huesos 
á su hermana y haciéndole guiños provocativos, 
mientras ésta, con las mejillas encendidas y los 
ojos brillantes, se llevaba el dedo á los labios pi- 
diéndole discreción. D. Rosendo había ido á po- 
nerse la bata y el gorro, sin los cuales le habría 
hecho daño la cena. Su esposa invitó al joven fo- 
rastero á sentarse en el puesto vecino al de Ce- 
cilia. Pero ésta se había pasado al otro extremo 
de la mesa, y allí se disponía á sentarse. 



EL CUARTO PODER 



ÓI 



— ¿Qué haces, chica? ¿Por qué no vienes á tu 
sitio? — le preguntó Doña Paula con sorpresa. 

La joven se levantó, sin contestar, ruborizada, 
y vino á sentarse al lado de su novio . 

La clásica sopa de manteca con huevos, hu- 
meaba ya en el centro de la mesa. 

— Mira, haz plato á Gonzalo... Comienza ya 
á servirle— le dijo después sonriendo bondado- 
samente, como mujer que profesaba ideas se- 
mejantes á las expresadas por San Pablo en su 
célebre epístola. 

Cecilia se apresuró á obedecer, colmando el 
plato de su futuro. Este poseía ordinariamente 
un apetito excelente, apropiado á su grande 
humanidad; ahora sobrexcitado por el aire del 
mar y algunas horas de ayuno, era voraz. Comió 
sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le 
ponían delante, y eso que Cecilia, como podrá 
suponerse, no tenía la mano corta en servirle. 
Cuando empezaba á comer, Gonzalo perdía la 
vergüenza; la necesidad apremiante de su or- 
ganismo giganteo se imponía. En cambio, Ce- 
cilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo 
en su plato dos pedacitos de jamón del tamaño 
de dos avellanas, preguntóle el joven: 

— ¿Para quién hace V. ese plato, para el 
loro? 

— No; es para mí. 

—¿Y no tiene V. miedo que se le indigeste? 



62 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Era la primer chanza, que se autorizaba con 
su futura. Esta contestó sonriendo: 
— Nunca cómo más. 

Doña Paula acercó la boca al oído de Ventu- 
rita, y le dijo: 

— ¿No reparas con qué ceremonia se tratan? 

Venturita se lo dijo al oído á Pablo, y éste á 
su padre. Todos cuatro soltaron á reir, mirando 
á los novios, mientras éstos, confusos, pregunta- 
ban con la vista la razón de aquella súbita ale- 
gría. 

— Mamá, ¿quieres que les diga de qué nos 
reímos? 
— Díselo. 

— Pues bien, señores, pensamos todos que 
podrían VV. ir apeándose el tratamiento. 

Los futuros esposos bajaron la cabeza son- 
riendo. 

La alegría de los comensales se expresaba rui- 
dosamente, se charlaba, se bromeaba. Pablito 
asaba á preguntas á su próximo cuñado, acerca 
de las carreras de caballos, skating-ring, y otros 
asuntos más ó menos transcendentales, relacio- 
nados con el sport. Sólo el gozo de Cecilia era 
concentrado y silencioso: advertíase en las me- 
jillas teñidas de vivo carmín: de vez en cuando 
ponía el dorso de la mano sobre ellas para en- 
friarlas, aunque sin lograrlo. Cuando creía que 
no la miraban, pasaba largos ratos con los ojos 



EL CUARTO PODER 



63 



fijos en su novio. Aquel bravo engullir, ince- 
sante, signo de vida y de fuerza, la sorprendía y 
la cautivaba á un mismo tiempo: contemplábale 
arrobada, adorando en él al símbolo del poder 
masculino. Estas largas miradas estáticas no se 
le escapaban á Venturita, quien hacía muecas 
á Pablo ó á su madre, para que las observasen. 
Gonzalo pagaba las atenciones de su novia con 
un «muchas gracias» rápido, sin volver el rostro 
hacia ella por temor de ruborizarse. Al levantar- 
lo para contestar á Pablo, sus ojos tropezaban 
siempre con los de Venturita, cuya mirada ri- 
sueña y maliciosa le turbaba momentáneamente. 

Levantáronse al fin de la mesa y se disemina- 
ron. Don Rosendo y Ventura desaparecieron: 
Pablo, después de charlar algunos instantes, con- 
cluyó por irse también. Quedaron solamente en 
el comedor Doña Paula y los novios; y todos tres 
fueron á sentarse en un rincón de la estancia en 
sillas bajas. Al poco rato no se oía más que un 
cuchicheo discreto, como si estuviesen confesan- 
do. Unidas las tres sillas, adelantando los cuer- 
pos hasta tocarse casi las cabezas, comenzaron á 
charlar animadamente. Doña Paula abordó al 
instante la magna cuestión. 

— Estamos á veintiocho de Abril... De aquí 
al primero de Septiembre no hay más que cuatro 
meses — dijo, echándoles una larga mirada entre 
risueña y enternecida. 



64 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Si fuese posible que Cecilia se pusiese más co- 
lorada, se hubiera puesto. El rostro de Gonzalo 
se contrajo con una sonrisa sin expresión, y bajó 
los ojos. 

Después de haberlos mirado otro rato, gozán- 
dose en su confusión, siguió Doña Paula: 

— Es necesario ir pensando en el equipo de 
ropa... 

— ¡Mamá, por Dios! Es muy pronto — exclamó 
la joven avergonzada, mientras el corazón que- 
ría salírsele del pecho. 

— No es pronto, Cecilia; tú no sabes el tiempo 
que aquí echan las bordadoras en cualquier cosa. 
Un mes ha empleado Nieves para bordar dos es- 
cudos á la chica de Doña Rosario... Y más pe- 
sada que ella todavía es Martina... 

— Nieves borda muy bien. 

— No, como bordar no hay en la villa quien le 
ponga el pie delante á Martina... Tiene manos 
de oro. 

— A mí me gustan más los bordados de Nieves. 

— Pues si quieres que ella te borde la ropa, por 
mí... — dijo Doña Paula mirando á su hija con 
una condescendencia maliciosa. 

— ¡No digo eso, mamá! —exclamó ésta toda 
apurada. — Sólo digo que me gusta más el borda- 
do de Nieves que el de Martina. 

Al poco rato ya había consentido en discutir 
la cuestión de la ropa. 



EL CUARTO PODER 



65 



Tratáronla en todos sus aspectos con la grave- 
dad y el cuidado que merecía. A quién se encar- 
garían los juegos de sábanas de batista, á quién 
los ordinarios, quién haría las camisas, dónde se 
comprarían los manteles, etc., etc., Todo fué tra- 
tado, medido y ponderado. Doña Paula emitía 
su opinión; Cecilia aparentaba contradecirla, pe- 
ro en el fondo ¿qué le importaba? Lo que embar- 
gaba su alma y hacía palpitar su corazón era 
aquella proximidad del matrimonio, reconocida 
expresamente. Así, que su voz salía temblorosa 
y algunas veces se le anudaba en la garganta sin 
querer salir, sus ojos soltaban efluvios de dicha, 
tenían el brillo suave y misterioso de los luceros 
en las noches serenas de invierno. 

— ¡Qué calor! — exclamaba de vez en cuando, y 
apoyaba las manos en sus mejillas encendidas. 

Gonzalo asentía con estúpida sonrisa á cuanto 
decían, y estiraba á menudo sus desmesuradas 
piernas que, por la escasa altura de la silla, se le 
dormían. 

Y cuando se concluyó con la ropa blanca, co- 
menzaron con la de color, y la conversación se 
enredaba, y Cecilia sin mirar á su novio le veía, 
y los ojos de Doña Paula, posados alternativa- 
mente en uno y en otro, se iban enterneciendo 
cada vez más, y los alientos se cruzaban; los 
hombros de los futuros esposos se tocaban. Aquel 
Suave cuchicheo, la dormida luz de la lámpara 

5 



66 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que apenas los envolvía, el contacto frecuente 
con el brazo de su amado, iban hinchendo el seno 
de Cecilia de una emoción voluptuosa que la desa- 
sosegaba. No pudiendo resistirla levantóse dos ó 
tres veces para besar con vehemencia á su madre. 
A la tercera vez ésta se hizo cargo de lo que 
aquello significaba, y exclamó mirándola con ojos 
risueños y compasivos: 

— ¡Pobrecita! ¡Pobrecita mía! 

Cecilia se tapó los suyos con las manos y estu- 
vo así un rato. 

— ¿Qué tienes? — le dijo al fin Doña Paula. 

—Nada, nada. 

Pero continuó cubriéndose los ojos. 

— Vamos, ¿qué tienes, hija mía? 

— No tengo nada — contestó destapándose al 
fin. Su cara sonreía; pero tenía los ojos húmedos. 

— Ya sé, ya sé — dijo la señora. — ¿Quieres el 
éter? ¿Sientes opresión? 

— No siento nada; estoy muy bien. 

La plática se enredó de nuevo. Doña Paula 
expresó la idea de que Gonzalo se viniese á vivir 
con ellos. Este se resistió un poco, porque com- 
prendía que esto iba á disgustar á su tío. No obs- 
tante, concluyó por ceder á los ruegos de ambas. 
¡Era tan natural que no quisieran separarse! 

— Pueden VV. tener independencia; yo me 
encargo de ello. Hay una sala grande, la sala 
amarilla... ya sabes, Cecilia... Tiene una al- 



EL CUARTO PODER 



6 7 



coba espaciosa... Sólo falta el despacho para 
Gonzalo; pero ya he pensado en eso. Al lado de 
la sala está el cuarto de la ropa, que aunque da al 
patio, tiene muy buena luz. Hoy está hecho un 
asco; pero haciendo obra en él puede quedar una 
habitación muy decente... ¿Quiere usted verlo, 
Gonzalo? 

El joven manifestó que no había necesidad; 
que pasaba por todo lo que ella dijese; que ya lo 
vería... Sin embargo, la señora insistió y toman- 
do una palmatoria los guió al otro extremo de la 
casa. 

— Esta es la sala... Grande ¿no es verdad? Dos 
balcones... La alcoba; caben muy bien dos ca- 
mas... cuanto más una — añadió mirando á su 
hija, que se hizo la distraída cerrando un balcón. 
— Vamos ahora á ver el cuarto de la plancha. 

Y salieron de la sala, y salvando un corredor y 
dando una vuelta, entraron en otro cuarto lleno 
de armarios y otros trastos. 

— No se asuste V. por la distancia. Este cuar- 
to está pegando á la sala; no hay más que abrir 
una puerta de comunicación. 

Gonzalo se inclinó hacia su novia y le dijo por 
lo bajo: 

— ¿Por qué no me tratará mamá de tú, como 
tu papá? Díselo de mi parte... yo no me atrevo. 

Cecilia entonces se acercó al oído de su madre 
y murmuró con voz apagada, llena de vergüenza: 



68 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Gonzalo se alegraría de que le tratases de tú. 

— ¿Qué dices, niña? — preguntó Doña Paula, 
poniendo la mano en la oreja. 

Cecilia levantó un poquito la voz, haciendo un 
terrible esfuerzo. 

— Dice Gonzalo que ¿por qué no le tratas de tú 
como papá? 

— Ah... me alegro que haya salido de él. No 
me atrevía... Bueno, pues en cuanto se abra una 
puerta aquí, en esta pared, ya puedes pasar de la 
sala al despacho sin cruzar el pasillo... ¿Te gusta 
la habitación? ¿Es bastante grande? 

— Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exi- 
gen tanto. 

A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregun- 
ta; estaba inquieta; varias veces estuvo por to- 
mar la palabra, pero el temor la retenía. Allá, al 
fin, en una pausa larga, se aventuró á decir: 

— Falta una cosa, mamá. 

—¿Qué falta? 

La joven se detuvo un instante, como para 
tomar arranque, y dijo al fin con voz temblorosa: 

— Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo. 

— Es verdad; no me había hecho cargo... 
¿Dónde tendría yo la cabeza? Pues ahora no en- 
cuentro sitio aquí cerca... Aguarda un poco... 
aguarda... Podríamos bajar la despensa al sóta- 
no y quedaba un cuartito, que bien arreglado, 
acaso serviría... Lo que hay es que no comunica 



EL CUARTO PODER 



6 9 



con estas habitaciones; tendrías que cruzar el pa- 
sillo. 

— ¡Qué importa eso! 

Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en 
el mismo rincón. Poco después de hacerlo apa- 
reció Venturita con un peinador blanco que deja- 
ba ver enteramente la garganta de alabastro y una 
parte de su hermoso seno virginal: traía sueltos 
por la espalda los cabellos, y calzaba unos lindos 
pantuflos bordados. Venía á despedirse para ir á 
la cama; acercóse á su madre y la dio un beso 
en la mejilla, haciendo, mientras tanto, muecas 
maliciosas á su hermana, que Gonzalo no po- 
día ver. 

— Vaya, buenas noches — dijo alargando á éste 
la mano. 

— Buenas noches — repuso él mirándola estáti- 
co, con cierta especie de embelesamiento que no 
pasó inadvertido para la niña. 

Iba á retirarse; pero un sentimiento de coque- 
tería la hizo volverse desde la puerta y preguntar 
á Cecilia: 

— ¿Dónde has colocado el calzador? He tenido 
que venir con chinelas por no hallarlo... 

Y al mismo tiempo mostró su lindo pie. 

— Pues allá está, en el cajón de la mesa de 
noche. 

— ¡Si supiérais qué sueño tengo! — dijo avan- 
zando más y colocando una mano sobre la cabe- 



JO ARMANDO PALACIO VALDÉS 



za de su hermana. — ¿Sabéis con qué se quita es- 
to? — añadió sonriendo. 

Gonzalo la examinaba con atención. Era real- 
mente una criatura perfecta: cuanto más de cer- 
ca se la observase, más se admiraban las singula- 
res partes de que estaba dotada: la epidermis era 
suave y brillante como el raso, de un color rosa 
desvanecido; la boca húmeda y fresca, de labios 
rojos un tanto grandes que descubrían al abrirse 
dos filas de dientes menudos é iguales; los cabe- 
llos dorados, sedosos, abundantes; un revistero 
de salones estaría en la obligación de decir que 
le caían por la espalda como una cascada de ra- 
yos de sol, ó cosa así. Su única imperfección 
consistía en la estatura; si tuviera la de su ma- 
dre nadie se atrevería á ponerle un reparo, ex- 
ceptuando, por supuesto, sus amigas. 

Notando que la examinaban, no acababa de 
marcharse; daba vueltas en redondo para que se 
la viese bien por todas partes, adoptaba posicio- 
nes caprichosas, afectadas, dirigía preguntas im- 
pertinentes á su hermana, reía sin motivo, la cu- 
bría de besos y la sobaba sin consideración. 

— Déjame, Ventura. ¡Qué retozona estás hoy! 
— exclamaba aquélla con su franca sonrisa bon- 
dadosa, procurando desasirse. 

— Vaya, vaya, á la cama — decía Doña Paula. 

—Voy. 

Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo á 



EL CUARTO PODER 



71 



Cecilia; la hacía cosquillas aprovechando cual- 
quier movimiento para decirla al oído: 

— ¡Cómo estás gozando, picarona! No le eches 
esos ojazos, mujer, que le vas á aturdir.— Adiós, 
adiós señores — concluyó por decir en voz alta... 
— -Y dejar algo para mañana, ¿eh? 

— ¡Qué tonta! — exclamó Cecilia ruborizán- 
dose. 

Doña Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en 
voz baja: 

— ¡Qué pelo tan hermoso! 

Ventura lo oyó, y dijo sacudiéndolo: 

— Es postizo. 

Todos se echaron á reir. 

— ¿No lo cree V.?— preguntó con seriedad y 
acercándose. — Tire V.; verá cómo se le queda en 
la mano. 

El joven no se atrevió, y continuó sonriendo. 

— Tire V., tire V. — insistió ella volviendo la 
espalda y metiéndole el pelo por la cara. 

Gonzalo llevó la mano á él, pero no hizo más 
que acariciarlo. 

— ¿Qué: no se le ha quedado? Es que está muy 
bien sujeto. 

Y salió corriendo de la estancia. 

Un rato todavía duró el cuchicheo secreto; se 
tocaron algunos puntos de la vida futura: Cecilia 
escuchaba á su madre disertar sobre lo que de- 
bían hacer una vez casados, sintiendo un cosqui- 



72 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Ileo en el alma que apenas era poderosa á ocul- 
tar. Le había cogido una mano y se la apretaba 
y acariciaba con intermitencias nerviosas; de vez 
en cuando la llevaba á los labios y se la besaba 
con fuerza. Doña Paula la miraba con enterneci- 
miento y sonreía gozándose en la felicidad que 
inundaba el corazón de su hija. 

El reloj del comedor vibró, dando las doce y 
media. Gonzalo levantóse apresuradamente. 

— ¡Oh, qué tarde! ¿Qué dirá D. Rosendo? 

— Nunca se acuesta antes de esta hora — repu- 
so Cecilia. 

— Sí; pero ya sabes que emplea mucho tiempo 
en cerrar las puertas — replicó Doña Paula. 

Cecilia calló. Gonzalo les dio la mano con efu- 
sión, prometiendo volver al día siguiente. Des- 
pués pasó al despacho del Sr. de Belinchón para 
despedirse. 

La madre y la hija siguieron charlando en el 
mismo rincón sobre el mismo tema, recibiendo 
la primera un sin número de abrazos y besos 
apretadísimos. 

— Esto no es para mí — decía con cierta expre- 
sión entre alegre y melancólica. 

— Sí, mamá, sí — replicaba la joven abrazándo- 
la con más fuerza. 

Mientras tanto D. Rosendo llevaba á feliz tér- 
mino la obra magna y complicadísima de cerrar 
las puertas y los balcones de la casa. No se con- 



EL CUARTO PODER 



73 



tentaba con cerrojos y barras de hierro. Para que 
en modo alguno se pudiese violar el santuario de 
su domicilio durante el sueño, el rico comercian- 
te tenía la costumbre de pegar papelitos de goma 
en todos los cierres. Por la mañana los examina- 
ba escrupulosamente y se cercioraba de que na- 
die había tocado en las puertas. Además, solía co- 
locar por los pasillos diferentes vasijas y cacha- 
rros con el objeto de que los ladrones tropezasen 
en ellos. 



Si 



CAP. IV 



Cómo los particulares de Sarrio se congre- 
gaban en un recinto nombrado el "Saloncillo," 
y lo que allí se platicaba 



Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque 
jamás hasta entonces se había autorizado el fu- 
mar delante de su tío; pero éste le retuvo el 
brazo. 

— Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado 
de ser grumete. 

El joven sacó un fósforo y se puso á dar chu- 
petones al cigarro con emoción. 




on Melchor de las Cuevas se levantó de 
la mesa, encendió un cigarro, y dijo, 
ofreciendo otro á su sobrino: 



— Vámonos á tomar café. 



7 6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Salieron de la casa emparejados y bajaron len- 
tamente por la calle disfrutando del bienestar vo- 
luptuoso que siéntenlas naturalezas poderosas des- 
pués de una comida abundante. Parecían dos ce- 
dros gigantes, majestuosos, orgullosos de su altu- 
ra; y guardaban el mismo silencio que ellos cuando 
no les sopla el viento. Las mujeres que traba- 
jaban á las puertas de sus casas fijaban los ojos 
en ambos con curiosidad tocada de admiración. 

— ¿Quién es el señorito que va con D. Melchor? 

— Mujer, ¿no le conoces? El sobrino; el señori- 
to Gonzalo, que llegó ayer en la Bella-Paula. 

— ¡Vaya un real mozo! 

— Como su padre D. Marcos, que en paz des- 
canse. 

— Y como su abuelo D. Benito — añadió una 
vieja. — ¡Qué familia tan noble y tan carnal! 

En las boca-calles por donde se descubría un 
cacho de mar, el señor de las Cuevas solía de- 
tenerse un momento para echar una ojeada es- 
crutadora. 

— Por ahora bonanza. Dentro de poco terral. 
— ¿Las ves? — dijo con expresión de triunfo al 
cabo de un instante. 
-¿Qué? 

— Las lanchas, hombre, las lanchas. ¡Cómo 
lo han olido! 

— No veo nada — repuso Gonzalo sacándose los 
ojos por columbrarlas en el horizonte. 



EL CUARTO PODER 



77 



— Continúas como antes; no ves más que la 
sopa en el plato — manifestó el tío sonriendo con 
lástima. 

El café de la Marina hervía ya de gente. El 
rumor de las conversaciones y disputas, el cam- 
paneo de las copas, el choque de las fichas de 
dominó contra el mármol de las mesas, formaba 
un ruido ensordecedor. Estaba situado en una 
plazoleta que formaba la Rúa Nueva al desem- 
bocar en el muelle, y una de sus fachadas miraba 
al mar. Reuníanse en él la mayor parte de los 
capitanes y pilotos que estaban en Sarrio de paso, 
y casi todos los que sin ejercer el oficio habitaban 
en la villa, con más los vecinos que sentían de 
un modo ó de otro inclinaciones marítimas. Al 
atravesar por medio fueron llamados á gritos de 
diferentes mesas. D. Melchor era el hombre más 
popular, el más querido y respetado que entraba 
en aquel café. Fué necesario acercarse á saludar 
á unos y á otros, y presentarles á Gonzalo. 
Aquellos lobos se extasiaron mirándole; le apre- 
taban la mano hasta descoyuntársela, y le ofre- 
cían con todas las veras de su corazón una copa 
de ron y marrasquino. Cuando la rehusaban ha- 
blando de subir á tomar café arriba, la tristeza 
más honda se pintaba en sus rostros curtidos. 

D. Melchor tenía, en efecto, la costumbre de 
tomarlo en el Saloncillo. Este era un aposen- 
to del piso principal de aquella casa, que tenía 



7 8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



comunicación con el café por medio de una esca- 
lerilla de hierro. Por ella subieron al cabo tío 
y sobrino. Ya estaban reunidos los notables del 
pueblo, sentados en un diván corrido, con sendas 
mesillas japonesas delante, donde cada cual to- 
maba su café. Por una de las puertas, que gene- 
ralmente estaba abierta, se veía la sala del billar 
donde jugaban siempre las mismas personas ro- 
deadas de los mismos mirones. Cuando D. Mel- 
chor y su sobrino entraron, se hablaba de un pro- 
yecto de mercado cubierto para preservar de la 
intemperie á las pobres mujeres que vendían al 
raso legumbres y leche. Y Gonzalo recordó que 
en cierta ocasión que subió á buscar á su tío an- 
tes de irse á Inglaterra, se estaba debatiendo el 
mismo asunto. Los temas variaban poco en aque- 
lla asamblea. La existencia de la villa se desliza- 
ba tranquila y serena en medio del trabajo coti- 
diano. Los únicos acontecimientos que sacudían 
de vez en cuando su letargo, eran la entrada ó 
salida de cualquier barco importante, la muerte 
de una persona conocida, una letra protestada, 
el empedrado de algunas calles, la avería de al- 
gún cargamento, el alijo de un contrabando, la 
limpieza del muelle. Las mujeres y los mucha- 
chos estaban más socorridos de asuntos para sa- 
ciar el humano afán de novedades: la llegada de 
un forastero guapo y elegante (gran sensación 
entre las niñas casaderas), que fulanito acom- 



EL CUARTO PODER 



79 



paño á Margarita en el paseo por primera vez 
(¿por lo visto es cosa hecha ya?), que Severino el 
de la tienda de quincalla deslomó á su mujer de 
una paliza (¡bien empleado la está por haberse 
casado con ese burro!...), el traje que Fulanita 
sacó el día de Nuestra Señora (dicen que vino de 
Madrid... ¡Qué Madrid, mujer, sí yo misma se lo 
he visto cortar á Martina!), el baile de confianza 
que se dará el jueves en el Liceo. (No toca baile 
ese día. — Pagan los gastos los pollos á escote.) 
Los graves varones que se reunían en el Salonci- 
11o desdeñaban estos temas, aunque de vez en 
cuando, por excepción, picaban en ellos. 

A algunos, á D. Rosendo, á D. Mateo, á don 
Pedro Miranda y al alcalde D. Roque, ya Gon- 
zalo les había saludado la noche anterior. Pero 
estaban allí además Gabino Maza, D. Feliciano 
Gómez, el ingeniero francés M. Delaunay, Al- 
varo Peña, Marín, D. Lorenzo, D. Agapito y 
otros cinco ó seis señores, que se levantaron para 
abrazarle. 

D. Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho 
mención, era un hombre que pasaba bien de los 
sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillas 
rasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos 
grandes y apagados, los ademanes tímidos. Era 
el propietario territorial más rico de la población 
y el representante genuino de la aristocracia por 
.venir de una antigua familia de terratenientes y 



80 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



no haber én la villa persona titulada que mejor la 
representase. No daba, sin embargo, importan- 
cia á este privilegio. Era hombre afable, modes- 
to, que con todos los vecinos alternaba sin aten- 
der á su condición social, extremadamente servi- 
cial siempre que no se tratase de dinero, y po- 
co amigo de imponer su voluntad ni contradecir 
á nadie. Pero si declinaba enteramente las pre- 
eminencias del nacimiento, en cambio era celosí- 
simo de sus derechos de propiedad. Jamás se ha- 
bía conocido ni se conocerá un propietario más 
propietario que D. Pedro Miranda. Las institu- 
ciones de derecho vigente, las del derecho anti- 
guo, las universidades, el ejército, la marina, la 
constitución política y hasta la religión, no tenían 
razón de ser á sus ojos sino como elementos que 
de un modo directo ó indirecto afianzaban aque- 
llos derechos. La máquina asombrosa del Uni- 
verso estaba formada para sustentar sus títulos 
indiscutibles al dominio pleno de los Praducos, 
caserío situado á media legua de la villa, y al di- 
recto que poseía sobre el de las Meanas, con un 
canon anual de ciento quince ducados. Esta con- 
ciencia clarísima de su derecho engendraba, no 
obstante, por exceso de claridad, algunos conflic- 
tos. Venía un colono y le decía: — Señor, Joaquín 
el martinetero, ha cortado ayer las cañas del no- 
gal que colgaban sobre su huerta. — ¡Pero el no- 
gal era mío! — exclamaba D. Pedro enrojecido su- 



EL CUARTO PODER 



8l 



bito por la cólera y sorpresa. — Sí señor... pero 
como colgaban sobre su huerta... — ¿Cómo se 
ha atrevido ese pillo á tocar en una cosa que es 
mía, mía? — Inmediatamente entablaban un inter- 
dicto, y como es natural, lo perdía. De estos in- 
terdictos había perdido ya algunas docenas en su 
vida, sin escarmentar jamás. 

D. Roque de la Riva, alcalde constitucional 
de Sarrio, á quien hemos tenido el honor de com- 
parar, cuando por primera vez le vimos en el 
teatro, á un cortesano de Luis XV, ó á un co- 
chero de casa grande, no se distinguía por la pu- 
reza de la dicción; antes era ésta tan atropellada 
y confusa, que al interlocutor le costaba gran tra- 
bajo entenderle. No sabemos si era en la boca ó 
en la garganta ó en la región de las fosas nasa- 
les, donde el señor de la Riva tenía á bien ma- 
chacar y atormentar las palabras; lo cierto es, 
que salían casi siempre transformadas en sonidos 
oscuros, huecos, caóticos, completamente ininte- 
ligibles. Particularmente, después de comer, se 
hacía imposible conversar con él; y esto, no por 
otra razón, según decían, sino porque D. Roque 
solía encargar á los pilotos amigos un vino del 
Rivero, tan exquisito, que nadie dejaría de be- 
berlo, aun á riesgo de quedarse mudo. El jefe 
superior civil de la villa salía todas las tardes de 
su casa solo, en la apariencia, en realidad gra- 
tamente acompañado. Su enorme faz rasurada 



82 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



quería echar la sangre por los poros, concentrán- 
dose con preferencia en el lomo gigantesco de su 
nariz borbónica; los ojos, con ramos de sangre 
también, medio velados por no poder sufrir la 
gran pesadumbre de los párpados, se espaciaban 
lentamente por todo el ancho de la calle, expre- 
sando un grado envidiable de bienestar físico; el 
paso grave, lento, vacilante, acusaba de igual 
modo una armonía perfecta entre sus facultades 
psíquicas y corporales. No le faltaba á D. Roque 
para alcanzar la bienaventuranza más que tro- 
pezar con un alguacil, ó barrendero, ó sereno, ó 
picapedrero, con cualquier empleado, en fin, del 
municipio. Desde lejos lo columbraba, y sus pár- 
pados se levantaban repentinamente, y las ven- 
tanas de la nariz se le abrían al olor de la presa. 
Si ésta, olfateando al tigre, se pasaba á la otra 
acera, ó trataba de esconderse, D. Roque le Ha* 
maba con voz de trueno. 

— ¡Juan, Juaan, Juaaaan! 

La víctima acudía bajando la cabeza. 

— ¿Has llevado el oficio á D. Lorenzo? 

— Sí señor. 

— ¿Has dicho al secretario que dejase aparta- 
do el expediente del cementerio? 
— Sí señor. 

— ¿Has llevado las cédulas al pedáneo de San 
Martín? 
— Sí señor. 



EL CUARTO PODER 



83 



—¿Has ido á avisar á D. Manuel que quite los 
escombros que tiene delante de su casa? 

En fin, iba preguntando, hasta que el pobre 
alguacil contestaba negativamente. 

Entonces, la voz de sochantre del alcalde se 
dejaba oir en toda la calle, y aun en los confines 
de la villa; sus ojos se inyectaban, y su rostro 
apoplético llegaba á ponerse morado. Imposible 
entender lo que decía, si no eran los ajos con que 
salpicaba el discurso, y aun éstos los ahuecaba 
de tal modo, que sólo la jota se percibía con cla- 
ridad. La reprensión nunca duraba menos de 
quince ó veinte minutos, el tiempo indispensable 
para desalojar la inmensa cantidad de ajos que 
se le habían acumulado en el cuerpo desde la 
noche anterior. Así como hay personas que por 
la mañana se meten los dedos en la boca para 
provocar la bilis, D. Roque necesitaba indefecti- 
blemente este desahogo para quedar á gusto. No 
se le había oído jamás otra interjección, pero, 
en cambio, de ésta poseía tal abundancia, que 
no le bastaba poner una á cada palabra; á veces 
ponía dos ó tres. 

Los tenderos salían á la puerta á escucharle; 
pero sonriendo, sin sorpresa alguna, como acos- 
tumbrados de antiguo á este espectáculo. 

— Don Roque hoy ha tirado de firme á los ven- 
cejos — le decía uno á otro en voz alta. 

— Mira qué caso le hace Juan. 



«4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



En efecto, el alguacil á cada vuelta en redondo 
que daba el alcalde, se llevaba el dedo pulgar á 
la boca y hacía la seña de empinar. 

Don Roque prefería encontrar á un barrende- 
ro ó picapedrero en el ejercicio de sus funciones. 
Se acercaba á él cautelosamente por detrás, y le 
hincaba sus dedazos en el cuello. 

— ¡...ajo! so tuno, ¿qué modo de barrer es ese? 
¿Te parece ¡...ajo! que yo te pago para que me 
dejes la mitad de la porquería entre las piedras? 
¡...ajo! ¿Es esto gratitud? ¡...ajo! ¿Es esto ver- 
güenza? ¡...ajo! 

A veces él mismo en el entusiasmo del discur- 
so empuñaba la escoba y se ponía á dar al ba- 
rrendero una lección de su oficio. Los tenderos, 
los pocos transeúntes que cruzaban por la calle 
y alguna señora que se asomaba al balcón con el 
ruido, soltaban á reir alegremente; el barrendero 
mismo, á pesar de su crítica situación, no podía 
reprimir una sonrisa viendo á aquel energúmeno 
con la levita remangada dando furiosos y descon- 
certados limpiones al suelo. 

—¡Así se barre!... ¡...ajo! (Golpe terrible de 
escoba.) ¡Así se barre!.,, ¡...ajo! (Otro golpe.) 
¡Así se barre!... ¡...ajo! (Otro golpe.) ¡Así se 
barre!... ¡...ajo! 

Hasta que fatigado, sudoroso y á punto de caer 
á tierra con un derrame, le entregaba la escoba 
y recogía el bastón con borlas. 



EL CUARTO PODER 



85 



Desahogado de este modo su noble pecho de 
la copia de ajos que le embargaba, emprendía de 
nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en una 
felicísima disposición de cuerpo y espíritu. 

Gabino Maza, era hombre de unos cuarenta y 
cinco años de edad, oficial de la Armada, retira- 
do antes de tiempo porque su carácter díscolo no 
podía sufrir la disciplina militar; de rostro more- 
no aceitunado, ojos pequeños y vivos con ojeras 
constantes que testimoniaban su temperamento 
excesivamente bilioso; alto, seco, musculoso, la 
barba y el pelo de un color negro que daba en 
azul; los ademanes descompuestos siempre y vio- 
lentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, 
cuando se enfadaba, que era casi siempre que se 
ponía á hablar, chillona y aguda, de un falsete 
tan estridente que rompía los oídos. Disfrutaba 
de una pequeña renta y de un pequeñísimo reti- 
ro, con los cuales podía vivir y alimentar á su fa- 
milia en Sarrio con el respeto de un caballero 
acomodado: en la capital de la provincia le sería 
ya imposible. Disputador eterno, poniendo en ca- 
da disputa, por nimia que fuese, una cantidad de 
pasión y de violencia verdaderamente asombro- 
sas, ganoso siempre de llevar la contraria á cuan- 
to se decía aunque fuese más claro que la luz del 
mediodía, de un pesimismo feroz y antipático pa- 
ra juzgar á los hombres, á tal punto que no se dio 
el caso jamás de que creyese puros los móviles de 



86 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



una acción humana, por noble y honrada que 
apareciese, rencoroso y vengativo hasta la locu- 
ra. Este hombre, sin embargo, no concitaba los 
odios del vecindario contra sí, como podía supo- 
nerse. En las aldeas y villas, por el trato íntimo, 
largo y constante de las personas, se penetra más 
en el alma de cada uno que en las grandes pobla- 
ciones. Un trato superficial, hace, en éstas, sim- 
páticos á muchos hombres fríos, egoístas y hasta 
perversos; los modales corteses, las palabras afa- 
bles, la sonrisa insinuante, proporcionan en segui- 
da opinión de «persona agradable y decente.» En 
provincia no vale nada de esto; al contrario, se 
desconfía de la amabilidad excesiva y, sobre todo, 
de la sonrisa dulzona; se le buscan á cada hombre 
los pliegues y repliegues del alma con el mismo 
cuidado y atención con que un disecador va pal- 
pando y poniendo á la vista con el bisturí todas 
las fibras de la máquina corporal. Por donde son 
generalmente aborrecidos algunos hombres que al 
forastero le seducen, mientras otros duros, vio- 
lentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disi- 
mulo, que es el talento de las naturalezas rudas y 
vulgares, no se perdona jamás en provincia, quizá 
por ser el vicio predominante en todas las relacio- 
nes sociales. Los genios vivos, los temperamentos 
exaltados, no causan temor como los «toros cla- 
ros»; hay casi siempre en ellos un espíritu justicie- 
ro, que aunque exagerado y adulterado por la pa- 



EL CUARTO PODER 



«7 



sión, no acaba de hacerles antipáticos. Además, 
como la violencia y la exaltación son causa cons- 
tante de sufrimiento, de malestar físico y moral, 
se juzga con razón que los hombres de tal tempe- 
ramento llevan en sí mismos el castigo de sus 
demasías. 

Gabino Maza no era aborrecido, ni excesiva- 
mente amado; los que tenían de él agravios, le 
murmuraban y evitaban su encuentro llamándole 
«envidioso» y «mala lengua»; los que no, se reían 
de sus exageraciones y le abocaban con gusto, 
sin profesarle gran afecto tampoco. 

Otro de los personajes allí congregados, era 
D. Feliciano Gómez, comerciante en géneros úl- 
tramarinos al por menor, poseedor al mismo 
tiempo de tres ó cuatro pataches y algunos que- 
chemarines que hacían el comercio de cabotaje 
por la costa cantábrica, aventurándose una que 
otra vez los de más porte á llegar hasta Sevilla. 
De mediana estatura, la cabeza desnuda de cabe- 
llos en forma de pirámide, patillas que le llega- 
ban hasta la nariz, la voz casi siempre enronque- 
cida. Era hombre divertido, bondadoso, optimis- 
ta; estaba soltero y vivía con tres hermanas de 
más edad, á quienes había hecho verdaderas se- 
ñoras á fuerza de trabajo y economía. El pago 
que ellas le daban según pública voz, era tenerle 
dominado y sujeto como un niño, reprenderle 
agriamente las faltas más ligeras, y mortificarle y 



88 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



aburrirle por todos los medios imaginables. No 
obstante, á él nunca se le oyó una queja de ellas. 

El ingeniero belga, M. Delaunay, había llega- 
do á Sarrio años atrás, con el objeto de benefi- 
ciar un coto minero de una poderosa compañía 
inglesa. La explotación no dio resultado; la com- 
pañía le retiró su comisión y el sueldo. Pero De- 
launay, que poseía genio emprendedor y algún 
dinero, se metió sucesivamente en seis ú ocho 
empresas industriales. Primero montó una fábrica 
de papel, después otra de puntas de París, más 
tarde intentó formar un criadero de ostras, des- 
pués fábrica de quesos y de hielo, por último qui- 
so aprovechar unas grandes marismas que había 
cerca de Sarrio. Todas estas empresas habían 
fracasado, sin saber nadie por qué. Delaunay era 
inteligente, ilustrado, laborioso; conocía cada in- 
dustria que iba á ejercitar como el más compe- 
tente maestro, encargaba los aparatos á Inglate- 
rra, los montaba y los hacía funcionar felizmen- 
te, obteniendo productos muy aceptables. El 
achacaba sus caídas á la falta de vías de comuni- 
cación. La última de sus grandes empresas, abor- 
tada antes de nacer, le desacreditó más que nin- 
guna otra. En una de sus excursiones por los al- 
rededores de la villa, había visto próximos á una 
pequeña ría ciertos terrenos incultos que con 
poco esfuerzo podían reducirse á cultivo: túvolo 
en cuenta; levantó el plano: pocos meses después, 



EL CUARTO PODER 



8 9 



cuando se vio forzado á cerrar la fábrica de hie- 
lo y despedir á los obreros, acordóse de las ma- 
rismas y habló de ellas á D. Rosendo Belinchón, 
á D. Feliciano Gómez y á dos indianos más para 
que le ayudasen en su magna empresa: replica- 
ron ellos que era necesario verlas, y concertóse 
la excursión. Una mañana montados en sendos 
caballos, emprendieron secretamente la marcha 
hacia la ría de Orleo, distante cuatro leguas de 
Sarrio: al llegar cerca de ella dejaron los caba- 
llos y subieron á pie una colina, desde la cual se 
oteaban las marismas. ¡Cuál sería la vergüenza y 
confusión de Delaunay al ver los terrenos que in- 
tentaba robar al mar, cubiertos de maíz, verdes 
y florecientes que era una bendición de Dios! En 
efecto, hacía más de seis años que estaban culti- 
vados: su equivocación nació de haberlos visto en 
Diciembre cuando estaban descansando. Dieron 
la vuelta para la villa, y el suceso produjo en ella 
la risa que debe suponerse. 

Quedó al cabo arruinado. Vióse obligado á vi- 
vir miserablemente. Pero lejos de apagarse en su 
espíritu el furor de las empresas^ encendióse en 
la pobreza con más ímpetu, de tal modo que no 
dejó un solo capitalista en Sarrio á quien no tan- 
tease con el fin de embarcarle en alguna; unas 
veces era un tranvía á la capital, otras un puer- 
to de refugio ó unos muelles de madera, otras 
una gran fonda. Algunos indianos, pocos por 



9 o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cierto, por él seducidos, pagaron con algunos 
miles de duros su inocencia. El caso es que De- 
launay era hombre de talento, estudioso, entera- 
do muy bien de todos los adelantos de la ciencia 
y la industria: imposible despreciarle sin come- 
ter una injusticia. 

El ayudante de Marina del puerto, Alvaro 
Peña, joven de treinta años, moreno, con grandes 
ojos negros y bigotes á lo Víctor Manuel, se ca- 
racterizaba por un odio profundo, implacable, al 
estado eclesiástico y á todo el que lo representa- 
se, aunque fuese su mismo hermano. Sin ser afi- 
cionado en modo alguno á la ciencia ó la litera- 
tura, poseía una biblioteca bastante numerosa, 
compuesta exclusivamente de libros contra la 
religión y sus ministros; estaba suscripto á tres ó 
cuatro periódicos conocidos por sus opiniones 
anti-clericales, y se decía que desde hacía algu- 
nos años venía ocupándose en acumular datos 
para un libro que pensaba publicar con el título 
de La religión al alcance de todas las fortunas, del 
cual varios vecinos conocían ya algunos fragmen- 
tos. Era alegre, valiente, aficionado á cuentos y 
chascarrillos, donde siempre jugaba papel princi- 
palísimo algún cura ó monja. No pronunciaba 
bien las erres. 

Don Jaime Marín, propietario de cuatrocien- 
tas fanegas de pan, que con la contribución equi- 
valían á unas seis mil pesetas, sería un gran ca- 



EL CUARTO PODER 



9 1 



lavera, un licencioso, un monstruo de corrupción 
si no tuviese por mujer á Doña Brígida. Esta emi- 
nente señora había conseguido con una saludable 
energía que su marido no arruinase á la familia 
y los echase á todos por puertas. Antes que des- 
baratase su hacienda logró que se le privase ju- 
dicialmente de la administración de los bienes y 
se le encomendase á ella. No es fácil represen- 
tarse la firmeza con que Doña Brígida empuñó 
las riendas de la casa. Ningún patricio romano 
tuvo jamás una idea más perfecta del sui juris, 
de los sagrados derechos que «la ciudad» había 
depositado en sus manos. Desde que esto acae- 
ció, D. Jaime, á pesar de sus cincuenta y pico de 
años, pasó á ser en sus manos una verdadera cosa 
como previene la Instituía. En su condición de 
alieni juris hubo de sufrir la acción directa y cons- 
tante de su dueño y señor, y sujetarse en un todo 
á su omnímoda voluntad. ¡Adiós cenas opíparas 
con mariscos y vino de Rueda en el café de la 
Marina! ¡Adiós caza de la liebre con Fermo el 
carnicero y Marcelino el tallista! ¡Adiós noches 
seductoras de tresillo! ¡Tardes de paz y de dicha 
en el lago de Sebastián de la Puente, adiós! La 
inflexible señora depositaba en sus manos cada 
domingo tres pesetas; ni más, ni menos. Era todo 
el caudal de que disponía durante la semana para 
sus vicios, salvo el fumar, que ella subvenciona- 
ba, comprando los cigarros por sí misma. Cuan- 



9 2 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



do necesitaba un sombrero, ella se lo compraba, 
cuando un traje ó unas botas, se avisaba al sastre 
ó zapatero para que viniese á tomar las medidas: 
hasta se le impedía ir á la barbería, por temor 
de que se gastase los dos reales: venía el barbe- 
ro á afeitarle los sábados. Por cierto, que con 
poca ó ninguna consideración, el rapador de bar- 
bas llegaba algunas veces á las nueve de la ma- 
ñana, cuando D. Jaime estaba durmiendo. 

— ¿Qué hago?— preguntaba á Doña Brígida. 

— Aféitele V. — contestaba la severísima se- 
ñora. 

El barbero, obedeciendo la consigna, se acer- 
caba al lecho, le embadurnaba la cara de jabón 
y le despojaba bonitamente de las barbas sin que 
D. Jaime se despertase más que á medias. Echa- 
ba otro sueño, y al despertarse de veras solía de- 
cir á la criada que le servía el chocolate: 

— Hoy es sábado; que llamen al barbero. 

— ¡Bobote, borricote, incapaz de sacramentos! 
— contestaba su dulce consorte desde el gabinete. 
— ¿No ves que estás afeitado ya? 

— ¡Pues es verdad! — decía el buen señor pal- 
pándose la cara. 

En un principio solía pedir á sus amigos ó co- 
nocidos del café algún dinero para jugar al tre- 
sillo, y bebía al fiado en el café; pero al poco 
tiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el 
dueño del establecimiento le fiaba ya por valor 



EL CUARTO PODER 



93 



de dos cuartos; faltó poco para que Doña Brígida 
le echase á rodar por las escaleras cierto día que 
le llevó una cuenta de ciento veinte reales . 

D. Jaime quedó, pues, reducido á pasar las ho- 
ras mirando jugar al tresillo y dando á los juga- 
dores consejos que no le agradecían. Los ganan- 
ciosos solían pagarle la copa de ron. Una que 
otra vez jugaba á las damas con D. Lorenzo, y 
como éste se negaba rotundamente á seguir la 
partida sin interés, preciso era que Marín arbi- 
trase alguno que no fuese metal precioso. Dis- 
currió exponer uno de los dos cigarros puros que 
su mujer le daba por la mañana; cuando lo per- 
día, aquella tarde se quedaba sin fumar; á veces 
buscando el desquite, perdía dos y tres que iba 
entregando uno á uno á su adversario en los días 
sucesivos. Entonces se dedicaba, como sus ami- 
gos decían, á la gramática, esto es, á pedir aquí 
y allí un pitillo para calmar el insufrible prurito 
de chupar. ¡Pobre Marín! 

Lo que Doña Brígida no pudo jamás, fué hacer- 
le acostarse á una hora regular. Tantos años de 
trasnochar hasta las cuatro ó las cinco de la ma- 
ñana, habían formado un hábito imposible de 
vencer. Como reteniéndole en casa no se iba de 
todos modos á la cama hasta que rayaba el alba, 
y pasaba la noche trasteando por las habitaciones, 
y como el vicio de trasnochar por sí sólo es de 
los más baratos que se conocen, la ingeniosa se- 



94 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ñora le dejaba retirarse á la hora que quisiera. 
Permanecía en el café de la Marina con los últi- 
mos parroquianos; después que éstos se retiraban, 
todavía se quedaba mientras los mozos colocaban 
en su sitio la vajilla y el dueño apuntaba las úl- 
timas partidas. Cuando materialmente le echaban 
del establecimiento se iba á hacer compañía al 
sereno de la Rúa Nueva, muy su amigo, y char- 
lando con él mataba las horas que aún faltaban 
para el amanecer. 

D. Lorenzo, D. Agapito, D. Pancho, D. Aqui- 
lino, D. Germán y D. Justo, eran indianos, esto 
es, gente á quien sus padres habían enviado á 
América de niños á ganarse la vida y habían 
vuelto entre los cincuenta y sesenta años con un 
capital que variaba de treinta á cien mil duros. 
Había de éstos más de cincuenta en Sarrio. El 
duro trabajo y la sujeción en que habían vivido 
muchos años, les hacía tener de la felicidad una 
idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la 
dicha consiste en gozar un placer nuevo cada día, 
agitarse, viajar, gozar con el cuerpo y el espíritu 
de la hermosa variedad de cosas que la naturale- 
za nos ofrece; para ellos se cifraba única y exclu- 
sivamente en no trabajar, pasar un día y otro re- 
dimidos de la dura ley impuesta por Dios á Adán 
después del pecado. Y la verdad es que se cebaban 
ferozmente en este goce singular. La mayor par- 
te de ellos tenían su capital en papel del Estado, 



EL CUARTO PODER 



95 



cuya renta, cuando se cobra, no origina moles- 
tia alguna: levantábanse temprano por el hábito 
de madrugar, y andaban toda la mañana por las 
calles ó por el muelle en pandillas de seis ú ocho 
mirando la entrada y salida, la carga y descarga 
de los barcos. Después de comer se iban al entre- 
suelo del café de la Marina ó al de la Amistad, y 
pasaban tres ó cuatro horas jugando ó mirando 
jugar al billar. 

«¡Anda bolita de hueso, anda, entra en caba* 
ña! — Déjela, déjela, D. Pancho, que va herida. 
— Sal niña, sal de la manigüita. — ¡Ah, ah, qué 
bien mete uté, D. Lorenso! — No se ponga bra- 
vo, D. Pancho.» 

El juego siempre iba salpicado de estas frases 
que olían á plátano y cocotero. Cuando los días 
eran largos, veíaseles allá á la tarde por las cer- 
canías de la villa paseando también en pandilla 
ó sentados sobre el césped á orillas de una fuen- 
te. Era la hora de los recuerdos tropicales. 

«¿Se acuerda uté, D. Agapito, se acuerda 
uté de aqueya mulatica perra que le venía á dar 
plasé á la tienda?-— ¡Y qué bien que cantaba la 
guaracha, la sinvergüensa! — Disen que uté al- 
guna vese la sobaba, D. Agapito, la sobaba duro. 
— ¿Y cómo no, D. Pancho, si á lo mejó se me 
iba al baile de la gente de coló con el negro de 
mi compare D. Justo? — ¡Vaya, hombre, no diga 
eso que me enoha! el que se iba al baile era uté. 



9 6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



¡Poquita vese que le he visto trabao con eya bai- 
lando el «chiquita abajo, chiquita abajo!» 

No había que contar con ellos para subvencio- 
nar la orquesta, ni el teatro, ni otro recreo pú- 
blico. Los jóvenes indígenas si querían divertirse 
necesitaban apelar al bolsillo de sus papás; ya 
sabían que era inútil solicitar el auxilio del oro 
americano. Esto les indignaba; por la espalda, 
y aun de frente, les llamaban roñosos, aldeanos, 
burros cargados de dinero. Pero los indianos te- 
nían la piel muy dura y despreciaban tales des- 
ahogos. El que les tenía un odio declarado (¿á 
quién no lo tenía?) era Gabino Maza. — «¿Para qué 
sirven esos cincuenta vagos tirados todo el día 
por la calle, abriendo la boca y estirándose como 
los perros? ¡Si destinaran siquiera su dinero á 
alguna industria útil á la población! 

Cuando D. Melchor de las Cuevas y su sobrino 
entraron en el Saloncillo, el único que semantema 
en pie en medio del corro gesticulando era este 
mismo Gabino Maza. No podía permanecer dos 
minutos sentado: la continua exaltación de su or- 
ganismo, la vehemencia con que trataba de per- 
suadir á sus oyentes, le obligaba á alzarse en se- 
guida del asiento, lanzarse al medio del salón y 
gritar y manotear hasta que se le concluía el 
aliento y las fuerzas. Se hablaba de la compañía 
del teatro que había anunciado su marcha por 
haber experimentado pérdidas en el primer abo- 



ÉL CUARTO PODER 



97 



no de treinta funciones. Maza trataba de conven- 
cerles de que no había habido semejantes pérdi- 
das, que todo era una superchería. 

— ¡No es verdad, no es verdad! El que diga 
que han perdido un céntimo ¡miente!... (Bajando 
la. voz y dando la mano á Gonzalo,) — ¿Cómo es- 
tás, Gonzalo? Ya sé que has llegado ayer. Vie- 
nes bueno: me alegro... ¡Repito que miente! ¿A 
que no se atreven á decírmelo á mí? 

— Seis mil reales han perdido en las treinta 
funciones, según los datos que me presentó el 
barítono — apuntó D. Mateo. 

Maza rechina los dientes. La indignación no 
le permite hablar. Al fin rompe. 

— ¿Y V. hace caso de ese borracho, D. Ma- 
teo?... Vaya, vaya (con afectado desdén), á fuerza 
de tratar con cómicos se le ha olvidado el oficio, 
como al herrero de marras. 

— Oye tú, botarate, yo no he dicho que lo cre- 
yese; lo único que digo, es que así resulta de los 
datos que me presentó el barítono. 

Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra 
vez en medio del salón, arranca violentamente 
el sombrero de la cabeza con ambas manos, y 
agitándolo vocifera frenético: 

— ¡Pero, señor! ¡pero, señor! ¡no parece más 
que aquí nos hemos caído de un nido!... ¿Quie- 
ren VV. decirme qué han hecho de veinte mil 
y pico de reales que ha importado el abono, 5' 



98 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



casi otro tanto que habrá entrado en la taquilla? 

— Los sueldos son muy crecidos — apuntó el 
ayudante del puerto. 

— ¡No seas borrico, por la Virgen Santísima, 
Alvaro! ¡No seas borrico... Te diré en seguida 
los sueldos (contando por los dedos). El tenor, 
seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, 
cuatro, son dieciséis; la contralto, tres, son diez 
y nueve; el barítono, cuatro... 

— El barítono, cinco— apuntó Peña. 

— El barítono, cuatro — insistió furibundo Maza. 

— A mí me consta que son cinco. 

— El barítono, cuatro — rugió de nuevo Maza. 

Alvaro Peña se levanta exaltado á su vez, ar- 
diendo en noble deseo de llevar el convencimien- 
to á su adversario, y se entabla una contienda 
furiosa, descomunal, que dura cerca de una hora, 
en la que toman parte todos ó casi todos los so- 
cios de aquella ilustre reunión de notables. Nada 
más semejante á las famosas reyertas que entre 
los griegos pasaban delante de los muros de 
Ilion; el mismo fragor y cólera; la misma sen- 
cillez primitiva en los argumentos; la misma vio- 
lencia candorosa y bárbara en los dictados. 

«¡Habrá hombre más pollino! — ¡Calla, calla 
cabeza de alcornoque! — ¡Habló el buey, y dijo 
mú! — Te digo que faltas á la verdad, y si lo quie- 
res más claro, te digo que mientes. — ¡Jesús qué 
gansada! — Parece V. una mala mujer.» 



EL CUARTO PODER 



99 



Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales 
altercados en el Saloncillo. Como todos los que 
tomaban parte tenían un modo directo, entera- 
mente primitivo de apreciar las cuestiones, pare- 
cido, por no decir igual al de los héroes de 
Homero, la argumentación establecida al co- 
mienzo de la disputa, seguía invariablemente has- 
ta el fin. Había hombre que pasaba una hora re- 
pitiendo sin cesar: «¡No hay derecho á meterse 
en la vida privada de nadie!» ó bien: «Eso suce- 
derá en Alemania, ¡pero como estamos en Es- 
paña!...» Alguno era todavía más breve, y gri- 
taba siempre que le dejaban un hueco: — «¡Chi- 
flos de gaita! ¿sabéis? ¡chiflos de gaita!» hasta 
que caía exánime en el diván. 

Pero lo que perdían en amplitud los argumen- 
tos, ganábanlo en intensidad; cada vez eran 
expresados con mayor y contundente energía, 
y con más descompasadas voces, de tal modo, 
que raro era el día que no saliese de allí alguno 
ronco; generalmente eran Alvaro Peña y D. Fe- 
liciano; los más débiles de laringe, no los más 
voceadores. Que el Ayuntamiento había manda- 
do podar los árboles del paseo de Riego: disputa 
en el Saloncillo. Que el dependiente de la casa 
González Hijos, se había escapado con catorce 
mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia 
se negaba á dar certificado de buena conducta 
al piloto Velasco: Alvaro Peña tuvo un vó- 



100 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mito de sangre á consecuencia de esta disputa. 

Ningún desabrimiento quedaba jamás después 
de ellas, ni había memoria de que hubiesen origi- 
nado cuestión personal alguna. ¿Cómo podía ha- 
berla cuando todos habían convenido tácitamen- 
te en aceptar sin enojarse los graciosos epítetos 
de que hemos hecho mención? El carácter local 
de los temas, era perfecto. La política tenía en 
Sarrio muy pocos cultivadores; sólo cuando los 
periódicos noticiaban algún suceso de mucho bul- 
to, se preocupaban momentáneamente con ella 
sus habitantes. Hacía cerca de veinte años que 
la representación del distrito en el Congreso esta- 
ba encomendada al opulento banquero Rojas Sal- 
cedo, el cual sólo una vez en su vida había esta- 
do en Sarrio á tomar leche de burra. Nadie pen- 
saba en disputarle la elección: generalmente se 
hacía reuniéndose los presidentes y secretarios 
de los colegios, y apuntando en las actas el nú- 
mero de votos que se les antojaba. La razón de 
esto, era que Sarrio siempre había sido una vi- 
lla comercial donde cada uno podía ganarse 
la subsistencia sin recurrir á los empleos del 
Estado. La mayoría de los jóvenes, después de 
haber pasado dos ó tres años en algún colegio 
de Inglaterra ó Bélgica, se empleaban en los es- 
critorios de sus padres y eran sus sucesores en 
ellos; otros, los menos, seguían alguna carre- 
ra militar ó civil de sueldo fijo, y sólo venían de 



EL CUARTO PO^ER 



IOI 



tarde en tarde á pasar unos días con su familia. 

Sarrio, hay que confesarlo de una vez, era una 
población dormida para todas las grandes mani- 
festaciones del espíritu, para todas las luchas re- 
generadoras de la sociedad contemporánea: na- 
die estudiaba los altos problemas de la política, 
ni las terribles batallas que los diversos bandos 
libran en otras partes para conseguir la victoria 
y el poder apasionaban en modo alguno los áni- 
mos. En una palabra, en Sarrio el año de gracia 
de 1860, no existía la vida pública. Se comía, se 
dormía, se trabajaba, se bailaba, se jugaba, se 
pagaba la contribución; pero todo de un modo 
absolutamente privado. 

Cuando se cansaron de disputar los del Salon- 
cillo y llevaban de vencida la digestión, D. Ma- 
teo les anunció, relamiéndose de gusto, que le te- 
nía sin cuidado la marcha de la compañía; dentro 
de pocos días preparaba una sorpresa á los sa- 
rrienses. Después de muchos trabajos, se consi- 
guió que desembuchara. Estaba en tratos con el 
célebre Marabini, frenólogo, prestidigitador; aca- 
so el martes... sí, el martes ó el miércoles po- 
drían admirar sus habilidades en el teatro: traía 
además cuadros disolventes y un lobo domesti- 
cado. 

Gonzalo se había ido á la sala de billar y veía 
jugar el chapó á media docena de indianos, los 
cuales al dar el tacazo, hacían sonar como un re- 



102 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pique de campanas todos los diges de oro que pen- 
dían de sus enormes cadenas de reloj. Estas ca- 
denas y estos diges eran el atractivo más podero- 
so, la tentación suprema que presentaban á sus 
hijos los artesanos de Sarrio para decidirles á ir 
á Cuba. — «¡Tonto, quién te verá venir dentro de 
pocos años con levita de paño fino, gran camiso- 
la planchada, bota de charol y mucha cadena de 
reíos, como D. Pancho!» A este último embite 
casi ningún muchacho resistía. — «¿Que me dé 
siete vueltas al cuello, padre? — Sí hombre, sí, y 
con una porción de lapiceros de oro y guardape- 
los colgando.» Y allá se iban de cabeza los po- 
bres chicos en la Bella-Paula, en la Carmen, en 
la Villa de Sarrio ó en otro barcucho de vela cual- 
quiera, á perecer del vómito negro ó del hambre, 
más negra aún, fascinados por el brillo de aque- 
llas joyas cursis que representaban los ojos de la 
terrible Loreley. 

Las actitudes de algunos indianos jugando, 
como gente que no está avezada á reprimir sus 
ademanes y componerlos, eran extrañas y gra- 
ciosas y servían de regocijo á los jóvenes del pue- 
blo, cuya antipatía á los americanos se manifes- 
taba siempre por la burla. Quién como D. Beni- 
to daba fuertes taconazos en el suelo mientras 
las bolas corrían; quién, como D. Lorenzo, se 
inclinaba á un lado y á otro, se torcía y se retor- 
cía como si de sus movimientos dependiese que 



EL CUARTO PODER 



IO3 



la bola se inclinase á un sitio ú otro; quién, por 
fin, como D. Pancho, que era pequeño y gordo, 
casi cuadrado, se subía de un brinco al diván 
después de haber empujado la bola, para mejor 
ver los estragos que había hecho en los palos. 
De vez en cuando se oía el grito de impaciencia 
de alguno de ellos dirigiéndose al chico: — «¡Apun- 
te, niño, no se distraiga!» 

Al lado de Gonzalo vino á sentarse D. Feli- 
ciano Gómez, que comenzó á marearle con su 
charla bondadosa é insustancial, dándole á cada 
instante palmaditas afectuosas en el muslo como 
tenía por costumbre. 

—¿Cuándo es el gran día, Gonzalín? ¿Pronto, eh? 
¡Vaya, que tengo ya ganas de verte con tu seño- 
ra del brazo yendo á misa de doce!... Bien, mi 
queridín, bien; vas á ser feliz. En casa las nenas 
(así llamaba d sus ancianas hermanas siempre) no 
me dejan vivir desde ayer: ¿Cuándo se casa Gon- 
zalín? no dejes de preguntárselo. ¡Como te han 
visto nacer las pobres!... No hay nada como el 
matrimonio para vivir contento y tranquilo. Tú 
me dirás: y siendo así, ¿por qué no se ha casa- 
do V., D. Feliciano? Oyes, mi queridín, ¿por qué 
me había de casar si vivo feliz soltero? ¿Qué me 
hace falta á mí? Tengo en casa á las nenas que 
me cuidan á qué quieres boca, que me adoran... 
(¡Pobre, hombre! otra cosa muy distinta se decía 
en el pueblo.) Y para otras cosas... nunca falta 



104 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Dios; ¿verdad, mi queridín?... Además, mientras 
uno es mozo se padece mucho; todo se vuelve 
apetecer y rabiar... Hay aquí dentro un fuego 
que no le deja á uno sosiego... Pero cuando vie- 
nen los años y cesa el calor amante y se queda 
uno fresco como una lechuga, entonces, ¡al pelo, 
mi queridín!... Mira, si me dijesen ahora: «Feli- 
ciano, ¿quieres volverte á los veinte años?» ¡Cá! 
á otro perro con ese hueso. La gran edad del 
hombre, los cincuenta años. No lo dudes, Gon- 
zalín. Ahora es cuando se sabe lo que es comer 
y dormir con tranquilidad. ¿Hay ninguna Fulana 
que valga una fuente de sardinas frescas acaba- 
das de freir?... Pero han de ser fritas mientras 
se come el cocido, entendámonos; si las fríen 
mientras comes la sopa, no valen un maravedí. 
¿Y una langosta con sidra sacada por el espichón? 
¿No se te hace la boca agua, mi queridín del 
alma?... Tú ahora casarte y besuqueo y «mi vi- 
da» para aquí y «alma mía» para allá, ¿verdad?... 
Bien, bien, descuida que todo se andará. Esto es 
bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es 
de buena familia... D. Rosendo está rico... vas 
bien, vas bien, mi queridín... Pero oyes, ¿por 
qué no te casas con la pequeña, con Venturita 
que es más guapa? Yo no digo que la primera 
sea fea; pero no hay duda que la segunda es más 
linda; es talmente un botón de rosa. ¡Qué ojos 
tan picaros! ¡qué pelo! ¡qué dentadura! ¡qué gar- 



EL CUARTO PODER 



*°5 



bo! En fin, si estás comprometido con la otra no 
digo nada.,. ¡Pero lo que es como guapa!... Y 
la familia, la misma... 

Estas palabras hicieron una impresión extraña 
en Gonzalo. El pensamiento así expresado era 
la fórmula brutal, pero exacta y precisa de su 
vago imaginar, de cierto desasosiego que le ha- 
bía quedado desde la noche anterior. Efecti- 
vamente, ¡qué ojos tan hermosos, tan Cándidos 
y maliciosos á la vez! ¡Qué cutis de alabastro! 
¡Qué labios, qué dientes, qué dorada madeja de 
cabellos! Cecilia, la pobre, estaba aún más del- 
gada que cuando se había ido y más desgarba- 
da. ¿Cómo le había gustado aquella chica? Gon- 
zalo se confesó con sencillez que gustar... lo que 
se llama gustar de veras... como ahora Venturi- 
ta, por ejemplo, nunca le había gustado. ¿Enton- 
ces por qué?.. ¡Vaya V. á saber lo que son estas 
cuestiones! Era un niño, no hablaba con señori- 
tas; la amabilidad de aquella le impresionó... Lue- 
go cierta vanidad de tener novia... Después la 
distancia que agranda y mejora los objetos... En 
fin, todo se había combinado para ligarle á aque- 
lla muchacha... ¡Pero si él hubiera visto antes á 
Venturita!.. Más valía no pensar en ello. El asun- 
to estaba ya demasiado adelantado para volverse 
atrás. 

Contra su costumbre, quedóse un buen cuarto 
de hora pensativo mirando rodar las bolas de 



106 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



marfil sin verlas. D. Feliciano se había ido. Al 
fin su robusto temperamento sanguíneo se sobre- 
puso á aquellas nerviosidades insanas que preten- 
dían turbarle. Alzóse del asiento; los rasgos de 
su fisonomía, contraídos momentáneamente, se 
dilataron, y se esparció por ella la sonrisa serena 
que la caracterizaba. Al mismo tiempo se enco- 
gió de hombros con un supremo desdén. Con 
aqüel gesto parecía decir: — «Me caso con la más 
fea de las chicas de Belinchón... bueno ¿y qué? 
De todos modos, sea con una ó con otra, ¡aun- 
que no me case con ninguna! yo he de ser feliz. 
No necesito que la felicidad me venga de fuera; 
la llevo dentro de mí, en este humor de ángel que 
Dios me dio, en el dinero que mis padres me de- 
jaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza 
de toro...» 

Cuando entró de nuevo en el Saloncillo, gran- 
demente perturbados halló á sus cotidianos ter- 
tulios con la nueva que acababa de traer Severi- 
no el de la tienda de quincalla: — «¿No saben us- 
tedes lo que pasa, señores?» — Todos se levantan y 
le cercan. El comerciante habla visiblemente con- 
movido. — Esta noche han robado y asesinado á 
D. Laureano. — ¿Qué D. Laureano, el de la quin- 
ta? — Sí, el de las Aceñas... Dicen que á las dos 
y media, poco más ó menos, entraron nueve 
hombres enmascarados en su casa, molieron á 
palos al criado, amarraron á la señora y á la cria- 



EL CUARTO PODER 



107 



da y á D. Laureano lo degollaron... Antes creo 
que le hicieron sufrir mucho para obligarle á sol- 
tar el dinero... El buen señor no tenía más que 
doce mil reales, y ellos empeñados en que había 
gato escondido... Le amarraron por aquí, salva 
sea la parte, y tira que tira para hacerle cantar... 

Un estremecimiento de horror agitó á los no- 
tables de Sarrio. Quedáronse pálidos como si se 
les hubiese aparejado ya á todos aquel espantoso 
tormento. La quinta de las Aceñas estaba á una 
legua de la villa, en la soledad de un bosque de 
pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta; veíanse ya 
asaltados en sus casas de la Rúa Nueva ó de Ca- 
borana y asesinados crudelísimamente. ¡Sobre 
todo aquellos tirones! ¡Santo Cristo, qué atro- 
cidad! 

Pasados los primeros momentos de sorpresa, 
comenzaron los comentarios en voz baja. Los 
ladrones no serían de muy lejos. Sin embargo, 
no se recordaba que en Sarrio ni en sus alrede- 
dores, hubiera pasado jamás una cosa semejante. 
Marín afirmó que hacía ya días que veía algunos 
hombres sospechosos de noche. Esta noticia pro- 
dujo en los circunstantes un saludable terror que 
no llegó á manifestarse. Todos se propusieron 
no salir de casa por la noche, sin comunicarse, 
no obstante, tan acertada resolución. El alcalde 
manifestó que, en su opinión, los ladrones debían 
haber venido de Castilla.— ;De Castilla? — Sí se- 



108 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ñor, de Castilla... Oí contar á mi padre (que en 
gloria esté), que el año de cinco se presentaron 
diez y siete hombres á caballo y armados en Sa- 
riego, rodearon el pueblo y robaron á D. José 
María Herrero sesenta mil duros que tenía escon- 
didos debajo de uno de los ladrillos del hogar. 

En cualquiera otra ocasión, los tertulios ha- 
brían observado que el que hubiera acaecido tal 
suceso en Sariego el año de cinco, no implicaba 
necesariamente que sucediese lo mismo en las 
Aceñas el año de sesenta; pero ahora nadie se 
atrevió á contradecir la aventurada proposición. 
Y siguieron comentando en voz baja el suceso, 
y parecían estar todos de acuerdo en las opinio- 
nes más extravagantes y contradictorias. Mas 
como no se había dado jamás el caso de que Ga- 
bino Maza asintiese por más de diez minutos á 
lo que en su presencia se hablase, tomó pretexto 
de una sencillísima indicación, hecha por D. Fe- 
liciano Gómez, con la perfecta naturalidad y mo- 
destia que caracterizaban los discursos de este 
distinguido comerciante, para caer sobre él de 
un modo tan violento como injustificado. 

— ¡Ya me extrañaba que no soltases alguna 
coz! ¿Para qué quieres que se registren las casas 
de los vecinos? Te figuras que te vas á encontrar 
allí muy apiladito el dinero de D. Laureano. 

— Si no se halla el dinero, se hallará algún 
indicio... 



EL CUARTO PODER 



IO9 



— ¿De qué, cabeza, de chorlito, de qué? 

Armóse la disputa consabida. Se chilló, se al- 
borotó lo indecible. Al fin, nadie pudo entender- 
se, como siempre. Las voces se oían perfecta- 
mente en toda la plazoleta de la Marina; pero los 
transeúntes estaban acostumbrados, y no se pa- 
raban á escucharlas. 




CAP. V 



¡¡¡Ladrones!!! 



44 (Ks desde entonces los notables de Sarrio, 
iS^C no pusieron el pie en la calle de noche, 
^ como discretamente se lo habían pro- 
puesto. La tertulia del Saloncillo de úl- 
ma hora, la de la tienda de Graells, la de la Mora- 
na misma, quedaron abandonadas. Los cuatro ó 
seis herreros establecidos en la villa, no daban 
ni podían dar cumplimiento á los numerosos pe- 
didos de cerraduras, pasadores, trancas de hierro 
y llaves maestras que de todas las casas les ha- 
cían. Los ladrones de las Aceñas no habían si- 
do habidos, y todos preveían, con más ó menos 
fundamento, que andaban rondando la población 
para caer sobre ella á saco en un plazo perentorio. 



112 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



No obstante, como el hombre se habitúa á to- 
do, hasta á la enfermedad, hasta á las conferen- 
cias del Ateneo, los vecinos de Sarrio, al cabo 
de algunos días se habituaron al peligro y comen- 
zaron á salir de sus casas, cerrada ya la noche, 
si bien con las debidas precauciones. El prime- 
ro que se aventuró fué Marín. Siendo inútiles to- 
dos los esfuerzos que Doña Brígida hizo para que 
se durmiese á una hora racional, le arrojó de ca- 
sa sin conmiseración. D. Jaime pidió permiso 
para sacar debajo de la taima azul gendarme que 
usaba por las noches, un viejo fusil de chispa que 
había en el desván, y la magnánima señora se lo 
otorgó á condición de llevarlo descargado. Salió 
después Alvaro Peña, que, como autoridad mili- 
tar hasta cierto punto y hombre que gozaba fa- 
ma de enérgico, estaba obligado á mostrar valor 
en aquellas críticas circunstancias: llevaba dos 
pistolas de arzón en los bolsillos, y bastón de 
estoque. El alcalde D. Roque, que desde tiempo 
inmemorial venía asistiendo á la tienda de la 
Morana en compañía de D. Segis el capellán 
de las monjas Agustinas y D. Benigno el coad- 
jutor de la parroquia, y se bebía en el trans- 
curso de la noche, de cuatro á ocho cuartero- 
nes de vino de Rueda, según las circunstancias, 
no pudo sufrir el hogar doméstico más de tres 
días y salió también á la calle. Le acompaña- 
ba el octogenario alguacil Marcones con tercero- 



EL CUARTO PODER 



"3 



la y sable: él iba armado de revólver y estoque. 

Después, y sucesivamente, fueron saliendo y di- 
seminándose por las tertulias nocturnas D. Mel- 
chor, Gabino Maza, D. Pedro Miranda, Delau- 
nay, D. Mateo, y todos los demás. Los ameri- 
canos tardaron más tiempo. Lo mismo la tienda 
de Graells que la de la Morana y el Saloncillo, 
se transformaban al llegar la noche en verdade- 
ros arsenales. Cada uno de los que iban llegando 
dejaba arrimadas á la pared sus armas y pertre- 
chos de guerra, y al salir tornaban á empuñarlas 
con un valor impávido, digno de la sangre cánta- 
bra que casi todos llevaban en las venas. Allí el 
antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual á 
igual con el moderno rifle americano de doce 
tiros, el estoque cilindrico de hierro con el espa- 
dín pavonado que guardan los nuevos bastones, 
el cachorro tosco de bronce con el revólver nie- 
lado. Y esta misma diversidad de armas mortífe- 
ras contribuía poderosamente á mantener en to- 
dos los pechos el espíritu bélico tan necesario en 
aquella ocasión. 

Se habían tomado algunas medidas acertadí- 
simas; de gran utilidad. Hasta las doce de la no- 
che los serenos tenían orden de no apagar ningún 
farol. Á aquéllos se les había provisto de nuevos 
pitos infinitamente más sonoros que los antiguos; 
además tenían prevención para vigilar á cual- 
quier persona desconocida que transitase por las 

8 



ii 4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



calles. Entre los vecinos se había convenido jui- 
ciosamente no dejar la acera á nadie desde las 
diez en adelante como no fuese á un amigo. Sa- 
bida es de todos la enorme influencia que tiene 
en la criminalidad esta costumbre de dejar la 
acera. Con tal motivo, encontrándose una noche 
en la calle de San Florencio D. Pedro Miranda 
y D. Feliciano Gómez, ambos embozados en sus 
carriks, con los estoques desenvainados, preve- 
nidos para cualquier evento, D. Feliciano le gri- 
tó á D. Pedro desde lejos: 

— ¡Eh, amigo, al arroyo! 

— Phs, phs; sepárese V. — contesta D. Pedro. 

— Quien debe apartarse es V. — replica el co- 
merciante. — ¡Al arroyo, al arroyo! 

— Phs, phs, haga V. el favor de dejar franco 
el paso — responde el Sr. Miranda. 

Ninguno de los dos se movía de su sitio: ha- 
bíanse desembozado y mostraban ya la punta 
aguzada de sus floretes. 

— Tenga V. la bondad... 

— Haga V. el obsequio... 

¿Quién sabe la horrible tragedia que hubiera 
acaecido en Sarrio, si al cabo de un rato bastan- 
te largo de hallarse estos varones así detenidos 
en su camino, no se hubiesen reconocido? 

— ¿Sería V. tal vez D. Feliciano?... 

—¿Sería V. D. Pedro? 

— ¡D. Feliciano! 



EL CUARTO PODER 



— ¡D. Pedro! 

Y se acercaron corriendo y se estrecharon las 
manos con efusión. 

— ¡Qué suerte ha tenido V. en que le hubiese 
reconocido, D. Feliciano! — exclamó el señor Mi- 
randa mostrando su ancho estoque de ^hierro con 
puño de hueso. 

— ¡Pues la de V. no ha sido pequeña, D. Pe- 
dro! — contesta el comerciante esgrimiendo en el 
aire una hoja fina y pavonada de Toledo. 

Para entrar en la tienda de la Morana era pre- 
ciso bajar dos escalones. La tienda era una con- 
fitería, aunque no lo pareciese; la única confitería 
que había entonces en Sarrio. Hoy, si no me en- 
gaño, cuenta ya con tres. Y digo que no lo pa- 
recía, porque se vendían cirios de iglesia, piés y 
manos y cabezas y troncos de cera para ofertas, 
los cuales, poco á poco habían ido llenando todo 
su ámbito, pasando de comercio suplementario á 
principal, en virtud de lo nada golosos que eran 
los vecinos de aquella villa. Y este es uno de los 
rasgos característicos que reclamo para ella. En 
España es muy general que los habitantes de las 
villas y ciudades pequeñas sean dados con pasión 
á los confites: no gozando de los placeres de toda 
laya con que brindan las grandes capitales, la 
sensualidad se escapa por ahí. Porque digan al- 
gunos lo que quieran, los placeres mismos de la 
mesa no se gustan en los pueblos secundarios 



Il6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



como en los principales: primero, faltan cocine- 
ros sensatos; segundo, los alimentos no tienen la 
hermosa variedad que previenen las leyes bioló- 
gicas; tercero, los paladares no han alcanzado 
aquel grado de cultura indispensable para for- 
mular juicio recto y desapasionado del objeto del 
conocimiento. 

Acaso se arguya que en Sarrio las monjas 
Agustinas también fabricaban dulces;' pero debe- 
mos advertir que esta fabricación estaba limitada 
exclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, 
pera y albaricoque, alguna que otra tarta de al- 
mendra y borraja, y un dulce especialísimo pare- 
cido á las escamas de los peces llamado flor de 
azahar. No hay que darle vueltas; en Sarrio ha- 
bía pocos golosos. Después de todo, esta virtud 
rara en la£ villas de lo interior, no lo es tanto en 
las poblaciones marítimas menos sometidas, como 
es sabido, á la influencia clerical. Porque según 
la observación que puede hacerse viajando por 
los pueblos de lo interior de España, allí se comen 
más dulces donde el culto y las prácticas de la 
religión absorben más parte de la vida, y la mayor 
energía del sentimiento religioso se traduce en 
novenas, rosarios cantados, cofradías y canóni- 
gos; lo cual demuestra que debe de existir cierta 
misteriosa afinidad entre el misticismo y la con- 
fitería. 

Ésta se hallaba representada en la tienda de 



EL CUARTO PODER 



117 



la Morana por dos armarios de pino pintado de 
azul con puertas de cristales, situados á entram- 
bos lados del mostrador. En estos armarios se 
guardaba una razonable cantidad de caramelos, 
rosquillas bañadas, suspiros, magdalenas, almen- 
drados, y sobre todo, las alabadas crucetas y fa- 
mosísimas tabletas cuyo renombre habrá alcan- 
zado seguramente los oídos de nuestros lectores. 
Todo de la más remota antigüedad. Las'tabletas, 
cuya mágica composición nunca hemos podido 
averiguar, tenían un atractivo irresistible, basado, 
¡caso extraño! en su extraordinaria dureza. A la 
edad en que se comían las tabletas de la Morana 
lo importante no era que los dulces fuesen delica- 
dos, sabrosos, exquisitos, sino que durasen mu- 
cho. Para lograr que los dientes se hincasen en 
ellas, era forzoso impregnarlas previamente de 
una cantidad fabulosa de saliva: y una vez hinca- 
dos en su pasta pegajosa en alto grado, el se- 
pararlos de nuevo llegaba á constituir un verdade- 
ro problema. Permítaseme dedicar un delicado 
recuerdo de simpatía y reconocimiento á estas 
tabletas que desde los cuatro hasta los ocho años 
van unidas á los momentos más dichosos de mi 
existencia. A su azucarado influjo quizá deba eí 
autor de este libro la flor de optimismo, que, al 
decir de los críticos, resplandece en sus obras. 

La Morana, hija y heredera de otra Morana 
que ya había muerto, era una mujer de cuarenta 



Il8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



años, pálida, con parches de gutapercha en las 
sienes para los dolores de cabeza. Estaba casada 
con un Juan Crisóstomo, que al decir de D. Se- 
gis, el capellán, no era de ios Crisóstomos. Sin 
embargo, cuando administraba alguna paliza á 
su mujer, solía mostrar cierta erudición poco 
común. 

— «Yo que amaba á esta mujer — exclamaba 
con enternecimiento, arrimando el garrote á la 
pared. — ¡Yo que amaba á esta mujer como espo- 
sa y no como sierva, según manda el apóstol San 
Pablo!... ¿Tú has leído al apóstol San Pablo?... 
¡Qué habías de leer tú, gran vaca!...» 

El vino era muy bueno, casi puede decirse que 
era lo único bueno en este establecimiento, y eso 
que no paraba mucho en la bodega, porque don 
Roque, D. Segis, D. Benigno, D. Juan el Sala- 
do y el Sr. Anselmo el ebanista, se encargaban 
á plazo fijo de hacerlo pasar á la suya. Era un 
vino blanco, fuerte, superior, que se subía á la 
cabeza con una facilidad asombrosa. Los tertu- 
lios de la tienda, todas las noches, entre once y 
doce, salían dando tumbos para sus casas; pero 
silenciosos, graves, sin dar jamás el menor es- 
cándalo. Solían salir los cinco cogidos del brazo, 
apoyándose los unos en los otros: al llegar á las 
tapias de la huerta del convento de las Agusti- 
nas, orinaban; después proseguían su camino sin 
decirse una palabra, aunque bufando y soplando 



EL CUARTO PODER 



119 



mucho. El instinto, que nunca les abandonaba 
por completo, les sugería esta prudente conduc- 
ta; comprendían que si hablaban poco ó mucho, 
podían enredarse en alguna disputa; de ahí las 
voces y el escándalo consiguiente... Nada, nada, 
lo mejor era no chistar; al llegar á sus casas se 
soltaban murmurando con torpe lengua «buenas 
noches;» el último era D. Roque por vivir más 
lejos que ninguno. 

De este modo serio, modesto, patriarcal, se 
emborrachaban aquellos venerables ancianos to- 
das las noches del año. Dos de ellos, D. Juan el 
Salado, escribiente del Ayuntamiento, y D. Se- 
gis, experimentaban ya las consecuencias de 
aquella vida. El Salado tenía una nariz que daba 
miedo verla; el día menos pensado se le caía so- 
bre el libro de actas. D. Segis había padecido un 
ataque apoplético, de resultas del cual arrastraba 
la pierna derecha cual si llevase en ella un peso 
de seis arrobas. Verdad que el insaciable cape- 
llán no se contentaba con los cuarterones de vino 
de la confitería; por cada uno que se tragaba era 
preciso que la Morana le sirviese una copa de gi- 
nebra, la cual vertía cuidadosamente en un fras- 
co que llevaba al efecto en el bolsillo: si eran seis 
cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta 
ginebra pasaba delicadamente á su estómago en 
pequeños sorbos después que se había metido en 
la cama. «¿Pero D. Segis, cómo se bebe V. tanta 



120 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ginebra de una vez? — No tengo más remedio — 
contestaba en un tono resignado y humilde que 
partía el corazón. — ¿Si no bebiese una copa por 
cada cuarterón, que sería de mí, hijo del alma?... 
¡Pasaría la noche como un caballo!» 

Las conversaciones de la tienda de la Morana 
eran menos interesantes y movidas que las del 
Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesa- 
ban ya poquísimas cosas en el mundo; los asun- 
tos más graves de la villa, los que promovían 
tempestades en el Saloncillo, se trataban, ó por 
mejor decir, se tocaban ligeramente sin apasio- 
namiento alguno. Que los González habían des- 
pedido al capitán de la Carmen y nombrado en 
su lugar un andaluz. 

— Cuando los González lo han hecho— afirmaba 
uno lenta y sordamente, — sus razones tendrían. 

—Es verdad — contestaba otro al cabo de un 
rato, llevándose el vaso á los labios. 

— Ripalda parecía un buen sujeto — afirmaba 
un tercero, después de cinco minutos, dejando el 
vaso sobre el mostrador y eruptando. 

— Sí lo parecía — replicaba otro gravemente. 

Transcurrían diez minutos de meditación. Los 
tertulios daban algunos cariñosos besos al vaso, 
que parecía de topacio. D. Roque rompe el si- 
lencio: 

— De todos modos, no hay duda que D. Anto- 
nio le abrasó. 



EL CUARTO PODER 



121 



— Le abrasó — dice D. Juan el Salado. 

— Le abrasó — confirma D. Benigno. 

— Le abrasó — corrobora el Sr. Anselmo. 

— Le abrasó completamente —resume, por fin, 
D. Segis lúgubremente. 

Lo que alteraba los ánimos una que otra vez, 
era la cuestión de pichones. El Sr. Anselmo y 
D. Benigno alimentaban pasión inextinguible por 
estos animalitos: cada cual tenía su palomar, sus 
castas, sus procedimientos de cría, y sobre tales 
extremos se enredaban á menudo en largas y vi- 
vas discusiones. Los demás escuchaban grave- 
mente sin atreverse á decidir, subiendo y bajan- 
do el vaso del mostrador á los labios con religioso 
silencio. El crimen de las Aceñas les disgustó, 
pero no causó en ellos la profunda desazón que 
en el resto del vecindario. Al cabo de cinco ó 
seis días tornaron á sus patriarcales costumbres; 
y era tal su valor, que la mayor parte de las no- 
ches dejaban olvidadas las armas en la tienda. 

Serían las doce por filo de una, en que D. Ro- 
que había rebasado con tres cuarterones más la 
tasa de seis que ordinariamente se imponía, cuan- 
do las cinco columnas de la confitería de la Mo- 
rana salieron en apretada cadena hacia sus do- 
micilios. Cerraba la marcha Marcones, con el 
fusil al hombro. El primero que se soltó fué don 
Segis, que vivía en una casita de dos balcones, 
pegada al convento de las Agustinas; después 



122 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



fué D. Juan el Salado; después el coadjutor; por 
último, el Sr. Anselmo, sacando la enorme llave 
lustrosa que le servía de batuta cuando dirigía la 
orquesta, abrió el taller donde dormía. 

Quedó el alcalde solo con la fuerza de su man- 
do. Dijo algo: pero la fuerza no le entendió. Co- 
menzaron á caminar hacia casa, que ya no esta- 
ba lejos. Mas antes de llegar á ella, D. Roque, 
que soplaba y bufaba como una ballena, é imita- 
ba en lo posible la marcha jadeante y arremoli- 
nada de este cetáceo, se paró de repente, y pro- 
nunció en alta voz un largo discurso, del cual no 
entendió Marcones más que la palabra ladrones, 
repetida bastantes veces. Miró el alguacil con 
sobresalto á todas partes por ver si veía alguno, 
preparando el fusil al mismo tiempo; pero nada 
observó que le hiciese sospechar la presencia de 
los foragidos. Tornó D. Roque á usar de la pa- 
labra, si tal nombre merecía la regurgitación in- 
termitente de una porción de sonidos extraños, 
bárbaros, lamentables, que infundían tristeza y 
horror al mismo tiempo, y Marcones pudo cole- 
gir entonces que su jefe deseaba que hiciesen una 
batida por la villa, en busca de los criminales de 
las Aceñas. 

Marcones meditó que la fuerza era escasa y 
mal prevenida para aquella empresa; pero la 
disciplina no le permitió hacer objeciones. Ade- 
más, nació en su pecho la esperanza de que los 



EL CUARTO PODER 



123 



asesinos fuesen poco aficionados á tomar el fres- 
co á tales horas. Y después de haber examinado 
cuidadosamente las armas, emprendieron una 
marcha peligrosa al través de todas las calles y 
callejas de la villa. En honor de la verdad, hay 
que advertir que D. Roque marchaba delante 
como cumple á un valeroso caudillo, con su re- 
vólver en la mano izquierda y el bastón de esto- 
que en la derecha, exponiendo el primero su nt)- 
ble pecho al plomo enemigo. Marcones, agobia- 
do bajo el peso del fusil y de los ochenta y dos 
años que tenía, marchaba detrás á una distancia 
de seis pasos próximamente. 

La noche era de luna, pero negros y grandes 
nubarrones la ocultaban á menudo por largo rato, 
y entonces la escasa claridad de los faroles de 
petróleo que ardían en las esquinas de las calles no 
bastaba á deshacer las sombras que se amontona- 
ban hacia el medio de ellas. Sarrio consta de cin- 
co principales, á saber: la Rúa Nueva, que des- 
emboca en el muelle; la de Caborana, la de San 
Florencio, la de la Herrería y la de Atrás. Estas 
calles son largas, bastante anchas y paralelas en- 
tre sí: los edificios en general son bajos y pobres. 
Otras calles secundarias, en número considera- 
ble, las cruzan y las comunican. Además, en las 
afueras le salen algunos rabos á la villa, donde 
han edificado suntuosas casas los indianos: son lo 
que pudiera llamarse el ensanche de la población. 



124 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Al llegar la columna caminando por la calle de 
Atrás, cerca de la de Santa Brígida, oyó gritos 
y lamentos que la obligó á hacer alto. 

— ¿Qué es eso, Marcones? — preguntó el al- 
calde. 

El anciano alguacil se encogió de hombros filo- 
sóficamente. 

— Nada, señor; será en casa de Patina Santa. 

— ¿Y cómo se atreven esas pendangas?... Va- 
mos allá, Marcones, vamos acto continuo. 

«Acto continuo» era una frase de la que usaba 
y abusaba D. Roque: simbolizaba para él la ener- 
gía, la decisión, la rapidez de la autoridad para 
remediar todos los daños. 

Patina Santa era el gran sacerdote de uno de 
los dos templos del placer que existían en Sarrio. 
De vez en cuando salía por las aldeas comarca- 
nas y traía las sacerdotisas que le hacían falta, 
que nunca pasaban de cuatro: no había más ga- 
binetes, y eso que dormían de dos en dos. Ves- 
tían el mismo refajo de bayeta verde ó encarna- 
da, la misma cotilla sin ballenas, la misma ca- 
misa de lienzo gordo, el mismo pañuelo de per- 
cal que cuando triscaban allá por los prados y los 
montes con los vaqueros vecinos. Patina Santa, 
como únicos símbolos del nuevo y elevado desti- 
no á que la suerte les había llamado, colgaba de 
sus orejas pendientes de perlas y aprisionaba sus 
piés con zapatos descotados de sarga, los cuales 



EL CUARTO PODER 



125 



eran bienes adheridos á la casa y servían para 
todas las que iban llegando. Más adelante Pati- 
na, haciéndose cargo de que el mundo marcha y 
que las leyes del progreso son indeclinables, tuvo 
la audacia de introducir en su templo los polvos 
de arroz; después compró unos medallones de 
doublé para colgar al cuello con un terciopelito 
negro. Verdad que á todas estas reformas le es- 
timulaba la competencia desastrosa que le hacía 
Poca Ropa, el cual tenía su instituto en la calle 
del Reloj, al otro extremo de la villa. 

— ¿Qué escándalo es este? — gritó D. Roque con 
voz estentórea acercándose ála inmunda casucha. 

Tres ó cuatro muchachos que había en la ca- 
lle huyeron como pajarillos á la vista del gavilán. 
Pero quedaban las palomas: dos de ellas esta- 
ban á la puerta en camisa, las otras dos asoma- 
das á las ventanas en el mismo traje. Las de la 
puerta quisieron retirarse á la vista del alcalde, 
pero éste las agarró con sus manazas. 

— ¿Qué escándalo es este, ...ajo? — repitió. 

— Señor alcalde, nos han dado dos piezas fal- 
sas... — dijo una de ellas. 

— No estáis vosotras malas piezas... ¡A la 
cárcel! 

— ¡Pero señor alcalde! 

— ¡A la cárcel, ajo, ála cárcel! — rugió D. Ro- 
que. — Y vosotras lo mismo. Todo el mundo aba- 
jo. ¿Dónde está ese maricón de Patina? 



126 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



¡Santo cielo, qué alboroto se armó allí en un 
momento! 

Las niñas de la ventana no tuvieron más re- 
medio que bajar, y Patina lo mismo, todos en 
camisa, porque D. Roque no admitió término 
dilatorio. No se oían más que gemidos y lamen- 
tos, y por encima de ellos la voz horripilante del 
alcalde, repitiendo sin cesar: 

— ¡A la cárcel ...ajo! ¡A la cárcel ...ajo! 

Las infelices pedían por Dios y por la Virgen 
que las dejasen vestirse; pero el alcalde, con la 
faz arrebatada por la cólera y los ojos inyectados, 
cada vez gritaba con más fuerza, aturdiéndose 
con su propia voz: 

— ¡A la cárcel ...ajo! ¡A la cárcel ...ajo! 

Y no hubo otro remedio. El sereno, que se ha- 
bía acercado al escuchar los primeros ajos, las 
condujo en aquella disposición á la cárcel muni- 
cipal, en compañía de su digno jefe, mientras los 
vecinos, entre risueños y compasivos, contempla- 
ban la escena por detrás de los cristales de sus 
ventanas. 

La autoridad de D. Roque, cerró por sí misma 
la puerta del palomar, y puso la llave «acto con- 
tinuo», bajo la custodia de Marcones. Después 
continuaron su marcha peligrosa. 

No habían caminado mucho espacio, cuando 
en una de las calles más estrechas y lóbregas, 
acertaron á ver el bulto de una persona que se 



EL CUARTO PODER 



127 



acercaba cautelosamente á la puerta de una casa 
y trataba de abrirla. 

— ¡Alto! — murmuró D. Roque al oído de su 
subordinado. — Ya hemos tropezado con uno de 
los ladrones. 

El alguacil no entendió más que la última pa- 
labra: fué bastante para que se le cayese el fusil 
de las manos. 

— No tiembles, Marcones, que por ahora no es 
más que uno — dijo el alcalde cogiéndole por el 
brazo. 

Si el venerable Marcones tuviese en aquel mo- 
mento cabales su facultades de observación, hu- 
biese advertido acaso en la mano de la autoridad 
cierta tendencia muy determinada al movimiento 
convulsivo. 

El ladrón, al sentir los pasos de la patrulla, 
volvió la cabeza con sobresalto y permaneció in- 
móvil con la ganzúa en la mano. D. Roque y 
Marcones también se estuvieron quietos. La luna, 
filtrándose con trabajo por una nube, comenzó á 
alumbrar aquella fatídica escena. 

— Phs, phs, amigo — dijo el Alcalde al cabo de 
un rato, sin avanzar un paso. 

Oir el ladrón este amical llamamiento de la 
autoridad y emprender la fuga, fué todo uno. 

— ¡A él Marcones! ¡Fuego! — gritó D. Roque 
dándose á correr con denuedo en pos del cri- 
minal. 



128 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Marcones quiso obedecer la orden de su jefe, 
pero no le fué posible; el martillo cayó sobre el 
pistón sin hacer estallar el fulminante. Entonces, 
con decisión marcial, arrojó el arma que no le 
servía de nada, sacó el sable de la vaina de cue- 
ro, é hizo esfuerzos supremos por alcanzar al 
alcalde , que con valor temerario se le había 
adelantado lo menos veinte pasos en la persecu- 
ción del ladrón. 

Este había desaparecido por la esquina de una 
calle. 

Pero al llegar á ella la columna pudo verle 
tratando de ganar la otra. 
¡Púm! 

D. Roque disparó su revólver gritando al mis- 
mo tiempo: 
* — ¡Dáte, ladrón! 

Tornó á desaparecer: tornaron á verle al lle- 
gar á la calle de la Misericordia. 

¡Púm! Otro tiro de D. Roque. 

— ¡Dáte, ladrón! 

Pero el foragido, sin duda como recurso su- 
premo, y para evitar que algún sereno le detuvie- 
se, comenzó á gritar también: 

— ¡Ladrones, ladrones! 

Se oyó el silbido agudo y prolongado del pito 
de un sereno, después otro, después otro... 

La calle de San Florencio estaba bien ilumi- 
nada, y pudo verse claramente al criminal des- 



EL CUARTO PODER 



129 



lizarse con rapidez asombrosa buscando en vano 
la sombra de las casas . 

¡Púm, púm! 

— ¡D^e, ladrón! 

— ¡L'adrones! — contestó el bandido sin dejar 
de correr. 

Dos serenos se habían agregado á la colum- 
na, y corrían blandiendo los chuzos al lado del 
alcalde. 

El criminal quería á todo trance ganar la Rúa 
Nueva con objeto tal vez de introducirse en el 
muelle y esconderse en algún barco ó arrojarse 
al agua. Mas antes de llegar á ella tropezó y dio 
con su cuerpo en el suelo. Gracias á este acci- 
dente la patrulla le ganó considerable distancia; 
anduvo cerca de alcanzarle; pero antes que esto 
sucediese, el foragido, alzándose con extremada 
presteza, huyó más ligero que el viento. Don 
Roque disparó los dos últimos tiros de su revól- 
ver, gritando siempre: 

— ¡Date, ladrón! 

Desapareció por la esquina de la Rúa Nueva. 
Al desembocar en ella el alcalde y su fuerza 
cerca de la plaza de la Marina, no vieron rastro 
de criminal por ninguna parte. Siguieron vaci- 
lantes hasta llegar á dicha plaza, y allí se detu- 
vieron sin saber qué partido tomar. 

— Al muelle, al muelle; allí debe de estar — 
dijo un sereno. 

9 



130 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y ya se disponían todos á emprender la mar- 
cha, cuando se abrió con estrépito el balcón de 
una de las casas, apareció un hombre en calzon- 
cillos, y se oyeron estas palabras, que resonaron 
profundamente en el silencio de la noche: 

— ¡El ladrón acaba de entrar en el café de la 
Marina! 

El que las pronunciaba era D. Feliciano Gó- 
mez. 

La patrulla, al escucharlas, se precipitó hacia 
la puerta del café, y entró por ella tumultuosa- 
mente. El salón estaba desierto. Allá en el fon- 
do, al lado del mostrador, se veía á tres ó cuatro 
mozos con su mandil blanco, rodeando á un 
hombre que estaba tirado más que sentado sobre 
una silla. El alcalde, el alguacil, los serenos ca- 
yeron sobre él, poniéndole al pecho los chuzos, 
el estoque y el sable. Y á un tiempo gritaron 
todos: 

— ¡Date, ladrón! 

El criminal levantó hacia ellos su faz despavo- 
rida, más pálida que la cera. 

— ¡Ay, re..., si es D. Jaime, así me salve 
Dios! — exclamó un sereno bajando el chuzo. 

Todos los demás hicieron lo mismo, mudos de 
sorpresa. Porque, en efecto, el foragido que ha- 
bían perseguido á tiros, no era otro que Marín 
sorprendido infraganti, en el momento de abrir 
la puerta de su casa. 



EL CUARTO PODER 



*3* 



Hubo que llevarle á ella en hombros, y san- 
grarle. Al día siguiente, D. Roque se presentó 
á pedirle perdón, y lo obtuvo. Doña Brígida, su 
inflexible esposa, no quiso concedérselo, sin ha- 
berle soltado antes una buena rociada de adjeti- 
vos resquemantes, entre otros el de borracho. 
D. Roque sufrió con resignación el desacato, y 
no hizo nada de más. 




CAP. VI 



Que trata del equipo de Cecilia 



J?íÉi\ N * a mora( ^ a de l° s Belinchón habían 
N^yjjf' comenzado los preparativos de boda. 
Primero, con mucha reserva, Doña 
Paula hizo venir á Nieves la bordadora, 
y celebró con ella una larga conferencia á puertas 
cerradas. Después se pidieron muestras á Madrid; 
pocos días más tarde, aquella señora, acompaña- 
da de Cecilia y Pablito, hizo un viaje á la. capi- 
tal de la provincia, en el familiar de la casa. La 
fisgona de Doña Petra, hermana de D. Feliciano 
Gómez, que pasaba por la Rúa Nueva al tiempo 
de apearse Doña Paula y sus hijos, pudo observar 
que el criado sacaba del coche una porción de 
paquetes redondos y largos, que se le antojaron 



134 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



piezas de tela. Bastó para que todo Sarrio su- 
piese que en casa de D. Rosendo se trabajaba ya 
en el equipo de la hija mayor. Doña Paula, con 
tal motivo, tuvo una sofocación; echó la culpa á 
Nieves; ésta protestó de que no había salido pa- 
labra alguna de sus labios; insistió Doña Paula; 
lloró la bordadora; en fin, un disgusto. 

Pues que todo se había descubierto, nada de 
tapujos, y pelillos á la mar. Constituyóse en la 
sala de atrás, la que daba á la calle de Cabo- 
rana, un taller ú oficina de ropa blanca, bajo la 
alta dirección de Doña Paula, y la inmediata de 
Nieves, compuesta de cuatro oficialas, las dos 
doncellas de la casa, cuando los quehaceres do- 
mésticos se lo permitían, Venturita y la misma 
Cecilia. Era una juventud bulliciosa, á la cual, 
el trabajo activo no impedía charlar, reir y can- 
tar todo el día. La alegría les rebosaba del alma 
á aquellas muchachas, y se desbordaba en ri- 
sas inmotivadas, que á veces duraban larguí- 
simo rato. Que á una se le caían las tijeras: 
risa. Que otra pedía la madeja del hilo tenién- 
dola colgada al cuello: risa. Que se presentaba 
la cocinera con la cara tiznada, pidiendo á la se- 
ñora dinero para la lechera: gran algazara en el 
costurero. 

No solamente eran jóvenes y alegres las que 
cosían el equipo de Cecilia; pero además guapas, 
comenzando por su directora. Nieves era una 




rubia alta y esbelta, de cutis blanco y transpa- 
rente, ojos azules claros, nariz y boca perfectas; 
tenía veintidós años de edad, y un carácter que 
era una bendición del cielo. Imposible estar me- 
lancólico á su lado. No que fuera decidora ó 
chistosa; nada de eso; la pobrecilla tenía poco 
más ingenio que un pez; pero su alegría inago- 
table chispeaba en sus ojos de tan gentil manera, 
sonaba en la garganta con notas tan puras, tan 
frescas y argentinas, que como un contagio ado- 
rable se esparcía en torno suyo. Era la única ri- 
queza que poseía. Con el trabajo de sus manos 
mantenía á una madre paralítica y á un herma- 
no vicioso y perezoso, que la maltrataba inicua- 
mente cuando no podía darle lo que necesitaba 
para emborracharse. Sus padecimientos, que para 
otra serían insoportables, la turbaban sólo mo- 
mentáneamente; por encima de ellos rezumaba 
muy pronto la linfa de aquel divino y gozoso ma- 
nantial que guardaba en su corazón. Gozaba 
también de una salud perfecta; los únicos dolo- 
res que sentía eran en el costado izquierdo, des- 
pués de reírse mucho. 

Valentina, bordadora también, y también ru- 
bia, no era tan hermosa; sus ojos más pequeños, 
su cutis menos delicado, la nariz un poco reman- 
gada, más baja de estatura. En cambio sus cabe- 
llos dorados eran rizosos y le caían con mucha 
gracia por la frente; sus manos y sus piés eran 



I36 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



más delicados y breves que los de Nieves; y, so- 
bre todo, tenía á menudo, casi constantemente, 
un ceño, cierto fruncimiento del entrecejo que no 
era de enfado y prestaba á su fisonomía un ma- 
tiz picaresco extremadamente simpático. Encar- 
nación era costurera; moza robusta, colorada, 
mofletuda, de fisonomía vulgar; entre los artesa- 
nos de Sarrio pasaba por la mejor moza de las 
cuatro; para el catador inteligente y refinado va- 
lía muy poco. Teresa, costurera también, era por 
su rostro una verdadera mora, y de las más os- 
curitas; el cabello negro como el azabache, los 
ojos rasgados y tan negros como el pelo, la na- 
riz y la boca correctas; pasaba por fea en la villa 
á causa de su color; en realidad era un hermoso 
tipo oriental. De las dos doncellas de la casa, la 
una, Generosa, nada tenía que llamase la aten- 
ción; la otra, Elvira, era una palidita, de ojos 
grandes y entornados, muy graciosa. 

Las artesanas de Sarrio no han entrado jamás 
por la ridicula imitación de las damas, tan ex- 
tendida hoy, por desgracia, entre las de otros 
pueblos de España. Creían y creen estas insignes 
sarrienses, y yo me acuesto del todo á su opi- 
nión, que el traje y las modas adoptadas por las 
señoritas no avaloran poco ni mucho sus natura- 
les gracias; antes las menoscaban. Y esto es ló- 
gico: en primer lugar no están acostumbradas á 
vestirse con tal sujeción ó aprieto como los figu- 



EL CUARTO PODER 



137 



riñes exigen de sus subordinadas; después, en las 
villas no hay quien corte con elegancia; por úl- 
timo, el género tiene que ser de peor calidad, 
más pobre y más feo. En cambio, ¿quién sobre 
el globo terráqueo, y aun sobre los otros globos 
que navegan por el espacio, compite con ellas en 
ponerse el rico mantón de burate floreado, anu- 
dándolo á la cintura por detrás? ¿Quién deja caer 
con más gracia, ni siquiera con tanta, los rizos 
del pelo por la frente en estudiado desgaire? 
¿Quién se mueve con más garbo dentro de la gi- 
raldilla ni da con más elegancia un rempujón al 
señorito que se desmanda, diciendo al mismo 
tiempo entre risueña y enojada? — «¿Cristiano, V. 
es tonto, ó se hace? ¡Mire que se va á pinchar!» 
¿Quién es capaz de cantar con más sentimiento 
y menos oído á la vuelta de una romería aque- 
llo de 

Aben-Hamet al partir de Granada 
el corazón traspasado sintió? 

No hay que dudarlo: las artesanas de Sarrio, 
cuyos arraigados principios estéticos son la ad- 
miración de propios y extraños, hoy sobre todo 
en que van desapareciendo los caracteres, hacen 
bien en mantener su independencia y en levan- 
tar la cabeza delante de las señoritas encopeta- 
das de la villa. Porque (digámoslo bajo para que 
éstas no se enteren), la verdad es que son mucho 



I38 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



más hermosas. Esto, sin ofender á nadie en par- 
ticular; líbreme Dios. No hay viajero peninsular 
que al recordarle á Sarrio no afirme lo mismo con 
más ó menos energía, según la índole de su tem- 
peramento; no hay inglesóte de aquellos que 
atracan por unos días á la punta del Peón que al 
hablar allá en Cardiff ó Bristol á sus amigos de 
este fpanish town, no comienze por levantar mu- 
cho las cejas, abrir la boca en forma de círculo 
perfecto extendiendo hacia afuera los labios, y 
echándose hacia atrás en la silla no exclame: 
— «¡Oh, oh, oh! ¡Sarrio ¡the yeungs girls very, very, 
very beautifulls! 

Y cuando los ingleses lo dicen, ¡qué no dire- 
mos los españoles, y en particular aquellos que 
hemos vivido tanto tiempo bajo su influencia 
bienhechora! 

Las cuatro oficialas, y Nieves también, aun- 
que ésta picaba más alto, pertenecían, pues, á 
esta famosísima casta de mujeres por cuya con- 
servación y prosperidad hago votos al cielo todos 
los días y aconsejo á todo buen católico que los 
haga. En los días de trabajo vestían de percal, 
mantoncito de lana atado atrás y pañuelo de se- 
da al cuello, dejando al descubierto, por supues- 
to, la cabeza. Nieves, por excepción, traía al dia- 
rio mantón de burate negro con fleco. 

Acaban de ponerse al trabajo después de co- 
mer. El sol penetra por los dos balcones de la 



EL CUARTO PODER 



*39 



sala al través de los visillos: para que no les mo- 
leste, las costureras se agrupan en uno de los 
rincones. Teresa, la más filarmónica de ellas, en- 
tona con voz suave y tímida un canto romántico 
de cadencias tristes y prolongadas, á propósito 
para ser acompañado en terceras; y en efecto, 
Nieves no tardó en hacerle el dúo, como allí se 
decía; las demás la siguen cantando, unas en pri- 
mera y otras en segunda voz. De todo lo cual re- 
sulta una armonía asaz melancólica, de sabor ro- 
mántico muy marcado. El romanticismo podrá 
huir de las costumbres y ser arrojado de la nove- 
la y el teatro; mas siempre hallará un nido tibio 
y delicioso donde guarecerse en el corazón de las 
jóvenes artesanas de Sarrio. Aquella armonía 
dura hasta que Pablito se encarga de desbaratar- 
la lanzando repentinamente en medio de ella su 
vozarrón de carnero. Las costureras suspenden 
el canto y levantan asustadas la cabeza: después 
se echan á reir. 

— ¡Madre, qué susto me ha dado! 

— ¡Yo pensé que era una vaca! 

— Pues yo creí que era un pollino que rebuz- 
naba... y sigo creyéndolo — dijo Venturita. 

El bello Pablito, recostado en su butaca allá 
en otro rincón, se reía con fuertes carcajadas de 
su gracia. Indudablemente presentaba felices dis- 
posiciones para el humorismo, como ya tendre- 
mos ocasión de ver más adelante. 



I40 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Desde que había comenzado á coserse el equipo 
de su hermana, Pablito manifestaba cierto gusto 
por la vida sedentaria que hasta entonces jamás 
se había observado en él. ¿Quién le había vis- 
to en los días de la vida detenerse un minuto en 
casa después de comer? ¿Quién pudiera imagi- 
nar que se pasaba la mañana sentado en aquella 
butaca dando parola á las costureras? Nada más 
cierto, sin embargo. Hacía ya cerca de un mes 
que no salía á caballo ni en coche, y no pasaba 
en la cuadra más de una hora todos los días. 

Piscis se hallaba consternado. Venía diaria- 
mente á buscarlo, pero en vano. 

— Mira, Piscis, hoy tengo que limpiar los es- 
tribos de plata; no puedo salir. — Mira, Piscis, 
tengo que ir á cobrar una letra por encargo de 
papá. — Mira, Piscis, la Linda está con torozón, 
y no se la puede montar. 

— Ya está buena — gruñía Piscis. 

— ¿Vienes de la cuadra? 

—Sí. 

• — Bien... pues de todos modos hoy no puedo 
salir... Tengo una rozadura aquí... salva sea la 
parte... 

Algunos días Piscis entraba en la sala de cos- 
tura, y sin decir nada aguardaba sentado un ra- 
to, no muy largo casi nunca, porque abrigaba 
vehementes sospechas de que las costureras se 
reían de él, y esto le tenía sobresaltado y en bra- 



EL CUARTO PODER 



sas. Cuando le parecía llegado el momento opor- 
tuno, ó porque observase síntomas de cansancio 
en Pablo ó por cualquier otra circunstancia que 
no está á nuestro alcance, se levantaba del asien- 
to y hacía una seña con la mano á su amigo sil- 
bando al mismo tiempo. Y esto porque se enten- 
* dían mucho mejor con silbidos que con palabras. 
Ambos sentían aversión por el sonido articulado, 
sobre todo Piscis, y escatimaban su empleo. Mas 
á Pablito lo mismo le daban ya pitos que flautas. 

— Hombre, Piscis... ¡tengo una pereza! 

¿Quieres hacerme el favor de ir á la cuadra y de- 
cirle á Pepe que le dé otra untura de aceite al 
Romero? 

— Yo se la daré— contestaba con semblante 
fosco Piscis. 

— Bueno, Piscis, muchas gracias... Adiós... 
No dejes de venir mañana ¿eh?... Puede que sal- 
ga á caballo. 

Decía esto con gran dulzura y amabilidad, para 
desagraviarle. Piscis masticaba unas «buenas tar- 
des» sin volverse hacia los circunstantes, y salía 
con los ojos torcidos, más feo y endemoniado que 
nunca. Al día siguiente lo mismo. A pesar de la 
veneración que Pablito le inspiraba, Piscis llegó á 
presumir que le gustaba una de las costureras. 
¿Cuál? Su perspicacia no llegaba á resolverlo. 

Comenzaron de nuevo su cántico las jóvenes, 
pero al llegar á aquello de 



142 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Sólo tú, mujer divina, 
rezarás una plegaria 
en mi tumba solitaria, etc. 

Pablito soltó otro berrido estrindente y atro- 
nador. Vuelta á la risa. Venturita se puso seria. 

— Mira, Pablo, si has de seguir haciendo paya- 
sadas, más vale que te vayas con Piscis. 

A su vez Pablito se pone fosco. 

— Me iré cuando se me antoje. ¡Siempre has 
de ser tú la que todo lo eche á perder! 

Quería decir con esto el joven Belinchón, que 
sólo su hermana Ventura se empeñaba en desco- 
nocer el ingenio con que el cielo le había dotado. 
Y así era la verdad. Todas las demás reían albo- 
rozadas, como si en vez de un berrido acabasen 
de escuchar un pasaje de Rabelais. Doña Paula, 
que sentía por su hijo primogénito admiración 
idolátrica ; y al mismo tiempo guardaba cierto ren- 
cor á su hija por sus contestaciones, aunque se 
hallase grandemente pagada de su hermosura, 
vino en ayuda de aquél. 

— Tiene razón Pablo. ¡Siempre has de aguar 
todas las fiestas!... ¡Jesús qué criatura!... Lo que 
es el hombre que te lleve, algún pecado gordo 
tiene que purgar. 

En aquel momento apareció en la puerta de la 
estancia Gonzalo, quien se dobló como un arco 
para dar la mano á su futura suegra, á Ventura 



EL CUARTO PODER 



143 



y á Cecilia. Ésta se puso seria: sin volver hacia 
ellas la cabeza, advertía que todas las costureras 
la miraban con el rabillo del ojo; veía con el pen- 
samiento el esbozo de sonrisa que se formaba en 
sus rostros. 

Todos los días pasaba igual. Antes de llegar 
Gonzalo, las costureras se complacían en dirigir, 
siempre que venía á cuento, alguna pulla á la 
novia. 

— Cecilia, ¿cuál de estas camisas te vas á po- 
ner el día de la boda? 

Hay que advertir que algunas de ellas la tutea- 
ban por haberse conocido de niñas. Es muy fre- 
cuente en los pueblos. 

— Señorita, en estas sábanas tan finas se va 
V. á resbalar. 

— No será ella sola la que resbale. ¿Verdad 
Cecilia? 

— ¡Anda, picarona, que buen mozo te llevas! 

— No lo llevará tan guapo Venturita. 

— ¡Quién sabe! — replicaba ésta. 

Cecilia escuchaba estos dichos con la sonrisa 
en los labios y ruborizada. Desde que habían co- 
menzado los preparativos de boda, sus mejillas, 
antes tan pálidas, estaban casi siempre arrebola- 
das. Esta animación y el brillo que la felicidad 
prestaba á sus ojos, si no bonita, la hacían intere- 
sante y simpática. No hay muchacha que en vís- 
peras de casarse deje de serlo más ó menos. 



144 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Cecilia era de condición reservada y silenciosa, 
sin dar por eso en taciturna. Ordinariamente no 
hablaba más que cuando le dirigían la palabra; 
pero sus contestaciones eran suaves, claras, pre- 
cisas. No érala nota distintiva de su carácter la 
timidez, que suele prestar soberano hechizo álas 
jóvenes; mas en sustitución de esta cualidad, po- 
seía nuestra heroína una serenidad dulce, cierta 
firmeza simpática en todas sus palabras y adema- 
nes que revelaban la perfecta limpidez de su es- 
píritu. Esta serenidad pasaba para algunas per- 
sonas poco observadoras, si no por orgullo, que 
bien claro estaba que Cecilia no lo tenía, por 
frialdad de corazón. Creían, aun los más allega- 
dos á la casa, que era incapaz de concebir una 
pasión viva y tierna. Acostumbrados á verla im- 
pasible cumpliendo los deberes domésticos con 
la regularidad de un reloj, les era forzoso un es- 
fuerzo grande de penetración, que no todos pue- 
den llevar á cabo, para adivinar la verdadera 
fisonomía moral de la primogénita de los Belin- 
chón. La mayor parte de estos seres viven y 
mueren desconocidos, porque no poseen una de 
esas cualidades brillantes que seducen y atraen 
al que se acerca; la inocencia misma, aunque pa- 
rezca raro, pertenece á ese número, y no es la 
que menos relieve presta al carácter de una mu- 
jer. Muy contados son los que saben apreciar la 
hermosura que encierran esas almas cristalinas; 



I 



EL CUARTO PODER 145 



la mirada se sumerge en ellas sin hallar nada que 
despierte la atención. Pero lo mismo pasa con 
ciertos venenos; igual con ciertos filtros que dan 
la vida. Porque nuestros ojos torpes y limitados 
no vean los elementos de salud ó de muerte que 
hay en suspensión en ellos, ¿hemos de afirmar que 
no existen? 

Difícil era averiguar las emociones tristes ó 
placenteras que cruzaban por el alma de Cecilia, 
aunque no imposible. No sabemos si ponía em- 
peño en ocultarlas ó era forzada á ello por su 
misma naturaleza; lo cierto es que en la casa, 
hasta sus mismos padres, las desconocían casi 
siempre. Se trataba, verbigracia, de salir un día 
á visitas, ó de comprarse un vestido. Doña Paula 
preguntaba á su hija con solicitud: 

— ¿Qué te parece, Cecilia? 

— Me parece bien — contestaba ésta. 

— Te parece bien ¿de veras? — decía la madre 
mirándola fijamente á los ojos. 

— Sí, mamá, me parece bien. 

Doña Paula siempre quedaba en duda si en 
realidad le placía ó le disgustaba el vestido, ó lo 
que fuese. 

Lloraba poquísimas veces, y aun esas, se ocul- 
taba de tal modo para hacerlo, que nadie lo sabía. 
El mayor disgusto que hubiera tenido, sólo se de- 
nunciaba por una ligera arruguita en la frente; la 
mayor alegría por un poco más de intensidad en 

10 



I46 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

la sonrisa delicada, esparcida constantemente por 
su rostro. Cuando Gonzalo le escribió desde el 
extranjero, así que leyó la carta se presentó á su 
madre y se la entregó. 

— ¿Te gusta el muchacho? — le preguntó ésta 
después de leerla con más emoción que había 
manifestado su hija al entregársela. 

— ¿Te gusta á tí? 

— A mí sí. 

— Pues si te gusta á tí y á papá, á mí también 
me gusta — replicó la joven. 

¿Quién pudiera imaginar después de estas frías 
palabras que Cecila estaba tiempo hacía profun- 
damente enamorada? Sin embargo, como el amor 
es el sentimiento humano más difícil de disimu- 
lar, y después del consentimiento de sus padres 
no había razón alguna para ocultarlo, lo dejó ver 
con bastante claridad. En los temperamentos 
como el de nuestra heroína, cualquier señal, por 
leve que sea, tiene una importancia decisiva. La 
felicidad que henchía su corazón, brotaba, pues, 
á su rostro á la vista de todos los que la cono- 
cían íntimamente. Pocos seres habrán gozado 
más en la tierra que Cecilia en aquella tempora- 
da. Todo aquel lienzo extendido por la estancia, 
aquellos patrones de papel, los dibujos, los bas- 
tidores, los carretes de hilo, le hablaban un len- 
guaje misterioso y tierno; las tijeras al cortar 
chis chis, las agujas al coser cruj, cruj, ¡le decían 



EL CUARTO PODER 



147 



tantas cosas graciosas de lo futuro! Unas veces 
le decían: « — ¿Quién te verá, Cecilia, ir á misa los 
domingos del brazo de tu marido? Él te llevará 
el devocionario, te dejará ir al altar de Nuestra 
Señora de los Dolores y se colocará detrás entre 
los hombres; luego te esperará á la salida, te 
ofrecerá el agua bendita y volverá á cogerte del 
brazo.» Otras veces le decían: « — Por la mañana 
temprano te levantarás muy despacito para que 
él no se despierte, limpiarás su ropa, pondrás los 
botones á su camisa, y cuando llegue la hora tú 
misma le servirás el chocolate.» Otras exclama- 
ban de pronto: « — ¡Y cuando tengas un niño!» 
Entonces la novia sentía un vuelco gratísimo en 
el corazón, sus manos temblaban y echaba una 
rápida mirada á las costureras temiendo que hu- 
biesen advertido su emoción. 

Cuando las diferentes piezas de ropa estaban 
terminadas y planchadas, Cecilia las iba ponien- 
do cuidadosamente en una cesta, y cuando esta- 
ba llena la subía sobre la cabeza á uno de los 
cuartos de arriba, donde con todo esmero y arte 
colocaba las camisas, las chambras, cofias y pei- 
nadores sobre unos mostradores hechos al inten- 
to, las cubría delicadamente con un lienzo, y lue- 
go se salía cerrando la puerta y guardando la llave 
en el bolsillo. 

Después que hubo saludado, Gonzalo fué á sen- 
tarse cerca de Pablito, y pasándole la mano fa- 



I48 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



miliarmente por encima del hombro, le dijo al 
oído: 

— ¿Cuál es la que más te gusta? 

Y al inclinarse hacia su futuro cuñado, clavaba 
una mirada intensa en Venturita, que correspon- 
dió á ella con otra muy singular. Después ambos 
las convirtieron á Cecilia. Esta no había levan- 
tado la cabeza del bastidor. 

— Nieves — contestó Pablo sin vacilar, y en el 
mismo tono de falsete. 

— Lo sabía, y te aplaudo el gusto — dijo riendo 
Gonzalo. — ¡Qué cutis de raso!... ¡Qué denta- 
dura! 

— ¡Y qué andares! Pasi-corta ¿sabes? 

Ambos miraban á la bordadora. Esta levantó 
la cabeza, y comprendiendo que se trataba de 
ella, les hizo una mueca con la lengua. 

— Vamos, no vale hablarse al oído— dijo Doña 
Paula con la susceptibilidad vidriosa que carac- 
teriza á las mujeres del pueblo. 

— Déjelos V., señora — replicó Nieves; — están 
hablando de mí: no hay que quitarles el gusto. 

— Cierto; Pablo me hacía notar el color rojo 
de ciertos labios, la transparencia de cierto cutis, 
un pelo dorado á fuego... 

— Valentina, entonces hablaban de tí — dijo 
Nieves ruborizada tocando en el muslo á su com- 
pañera. 

— ¡Qué gracia! No te apures, mujer. ¡Si ya 



EL CUARTO PODER 



149 



sabemos que eres la más guapa! — dijo la otra vi- 
siblemente picada. 

— ¡Paz, paz, señoras! — exclamó Gonzalo. — 
Verdad que Pablo comenzó hablándome de las 
perfecciones de Nieves; pero también es cierto 
que pensaba continuar con las de todas las de- 
más, si no se le hubiese interrumpido... ¿No es 
eso, Pablo? 

— Desde luego: contaba seguir con Valentina. . . 

Esta levantó la cabeza y le miró con aquel gra- 
cioso ceño burlón que daba carácter á su rostro. 

— Ten cuidado, Nieves, que estos señoritos se 
pierden de vista. 

Pablo, sin hacer caso de la interrupción, pro- 
siguió: 

— Después con Teresa y Encarnación, Elvira 
y Generosa; hablaría también de Venturita (pa- 
ra ponerla, por supuesto, por los piés de los ca- 
ballos), de Cecilia no, porque está comprometida, 
y algo diría también de mi señora Doña Paula, 
que, sin ofender á nadie, es la más hermosa de 
todas. 

— ¡Qué pillastre! — exclamó ésta admirada del 
donaire de su hijo. 

Pablo se había levantado de la butaca, y abra- 
zó á su madre con efusión. 

— ¡Quita, quita, adulador! — dijo ella riendo. 

— Ve aflojando el bolsillo, mamá — dijo Ventu- 
rita. 



150 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Lo ves! La pata de gallo de siempre — ex- 
clamó iracundo el joven, volviendo la cabeza ha- 
cia su hermana, mientras ésta se reía maliciosa- 
mente sin levantar la suya del bastidor. 

— Mucho has trabajado — dijo Gonzalo en voz 
baja, sentándose al lado de su novia. 

— Así, así — contestó Cecilia fijando en él sus 
ojos grandes, llenos de luz. 

— Mucho, sí; ayer no tenías bordado ese cla- 
vel... digo, me parece que es clavel... 

— Es jazmín. 

— Ni esas dos hojas más. 

— ¡Bah! Eso no es nada. 

— ¿Y qué es lo que estás bordando? 

Cecilia siguió moviendo la aguja sin contestar. 

— ¿Qué es lo que bordas? — preguntó Gonzalo 
en voz más alta, pensando que no le había oído. 

— Una sábana... ¡calla! — contestó la joven le- 
vantando un poco los ojos hacia las costureras y 
volviendo á abatirlos rápidamente. 

Al mismo tiempo, los de Gonzalo y Venturita 
se tropezaron por encima de la cabeza de Cecilia, 
y de ellos brotó una chispa. 

— Ya ven VV. que hay para todas — decía Pa- 
blito mirando al mismo tiempo fijamente á Nie- 
ves, como diciendo: «No hagas caso, esto lo digo 
por cumplir. » 

— ¿Qué es lo que hay para todas, D. Pablo? — 
preguntó Valentina con tonillo irónico. 



EL CUARTO PODER 



— Flores, criatura. 

— Echeselas al Santísimo. 

— Y á las niñas guapas como tú. 

— Si no soy guapa, paso por delante de las 
guapas y no les hago la venia, ¿sabe? 

— ¡Demonio! No hay que acercarse á esta Va- 
lentina, se levanta de atrás — exclamó el apuesto 
mancebo. 

El símil, aunque nada culto, y acaso por eso, 
hizo reir á las costureras. 

— A Valentina no le gustan los señoritos — dijo 
Encarnación. 

— Hace bien; de los señoritos no se saca más 
que parola, tiempo perdido y á veces la desgracia 
para toda la vida — dijo sentenciosamente Doña 
Paula sin acordarse de que ella había sacado la 
felicidad. — Tocante á eso, Sarrio está perdido. 
Apenas hay muchacha que se deje acompañar de 
uno de su igual. El mozo ha de traer por lo me- 
nos corbata y hongo, y ha de fumar con boqui- 
lla... aunque no tenga plato en que comer. Nin- 
guna se oculta ya para ir al oscurecer acompaña- 
da de algún señorito, y á la vuelta de las rome- 
rías da grima verlas venir colgadas del brazo de 
ellos cantando al alta la lleva... ¡Pobrecillas! No 
sabéis lo que os espera... Porque el hijo de don 
Rudesindo se casó con la de Pepe la Esguila y el 
piloto de la Trinidad con la de Mechacan, se os 
figura que todo el monte es orégano. Al freir será 



152 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el reir... Mirad, mirad á Benita la delSr. Matías 
el sacristán. ¿Qué guapa está con la barriga á la 
boca, verdad? 

— Benita está escriturada — dijo Encarnación. 

— Escriturada, ¿eh? ¡Ya veréis de qué le vale 
la escritura! 

— Señora, el mozo no puede dejarla; si la deja, 
va á presidio por toda la vida. 

— Calla, calla, bobalicona; ¿quién os ha metido 
esas bolas por la cabeza? 

— Eso se sabe.., vamos. Benita está consul- 
tada. 

— Mire, señora — dijo Teresa, la morena senti- 
mental, — la verdad es que nosotras corremos pe- 
ligro; tiene V. razón... ¿Pero qué quiere que ha- 
gamos? Los artesanos de esta villa ¡están tan 
echados á perder! El que más y el que menos pa- 
sa el domingo y el lunes en la taberna, y algún día 
también por la semana. ¿Cuántos son los que traen 
el jornal pa casa y lo entregan á la mujer, dí- 
game por su vida? Si es marinero, se le ve una 
vez cada año, trae cuatro cuartos, y ala, otra vez 
para allá. Los cuartos se concluyen, y la infeliz 
mujer se ve arrastrada, trabajando pa dar un 
pedazo de pan á los hijos... Y luego, ¿qué saben 
ellos de dar estimación ni un poco de gracia á 
la mujer? Si salen con ella un domingo por la tar- 
de, se van parando en todos los chigres del ca- 
mino, dejándola, si se tercia, á la pobritina 



EL CUARTO PODER 



153 



á la puerta, ó llamándola pa que oiga alguna 
borricada, que la pone más colorada que una 
amapola... ¡Calle, calle, señora, si hay cada 
mostrenco que, como Dios me ha de juzgar, no 
vale el pan que come!... El otro día encontré á 
Tomasina... ya sabe, la del tío Rufo, que no hace 
tan siquiera un año que se casó con un oficial de 
Próspero... Pues iba en aquel mismo instante á 
por dos reales en casa de su padre pa comprar 
un pan, porque en todo aquel día no había pasa- 
do bocao. Su marido se bebe casi todo el jornal, 
y á mitad de semana ¡claro! tiene la infeliz que 
apretarse la barriga... ¡Válgate Dios! Y las más 
de las noches, el gran cerdo, viene borracho per- 
dió pa casa, y le da cada sopimpa que la deja 
por muerta. ¡Cuántas veces se va la pobrina á la 
cama sin cenar y harta de palos!... Luego quie- 
ren que una, viendo estas cosas... ¡vaya, más 
vale callar! Lo que yo digo, ¡caramba! pa que la 
lleve á una el diablo, que la lleve en coche. 

—Mira, tú — saltó Valentina levantando el ros- 
tro con su ceño habitual algo más pronunciado, 
— no te pongas tan rescamplada; di que te gus- 
tan los señoritos, bueno... yo no me meto en eso; 
pero no vengas quitando el crédito á los rapaces 
de tu igual... Se emborrachan, los que se embo- 
rrachan... Más de un señorito y más de dos he 
visto yo venir como cabras para su casa... Y pe- 
gan á sus mujeres, también los que pegan... Si 



154 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ellas no tuvieran la lengua larga, no las llevarían 
la mitad de las veces... Oyes, tú; y D. Ramón el 
maestro de música cuando llegaba á casa por la 
noche ¿daba bizcochos á su mujer? Tú lo debes 
de saber... bien cerca vivías... 

— Mujer, yo no hablo por todos — repuso Tere- 
sa amainando por el temor de que su díscola com- 
pañera le sacase á relucir el acompañamiento 
nocturno de Donato Rojo, el médico de la Sani- 
dad, — sólo digo que los hay muy burros... 

— Bueno, pues déjalos en paz y no te acuer- 
des de ellos, que ellos tampoco se acuerdan de 
tí. Cada una es cada una, y la que más y la que 
menos sabe por dónde corre el agua del molino. 

— Oyes, Valentina — dijo Elvira sonriendo ma- 
liciosamente, — cuando te cases ¿piensas llevarlas 
de Cosme? 

- — Si las merezco las llevaré... Más quiero lle- 
var dos bofetadas de mi Cosme que el desprecio 
de un señorito ¡alza! 

— Así me gusta; ¡aprended, aprended chiqui- 
llas! — dijo Pablito. 

Gonzalo, después de un rato de conversación 
en voz baja con su novia, se levantó, dio tres ó 
cuatro vueltas por la sala, y vino á sentarse al 
lado de Venturita, con la cual solía tener jarana; 
gustaban ambos de embromarse y retozar des- 
pués que había nacido la confianza. La niña es- 
taba dibujando unas letras para bordar. 



EL CUARTO PODER 



155 



— No vengas á hacer burla, Gonzalo: ya sabe- 
mos que dibujo mal — dijo clavándole una mirada 
provocativa, relampagueante, que obligó al joven 
á bajar la suya. 

— No es cierto eso; no dibujas mal — contestó 
él en voz baja y levemente temblorosa, acercan- 
do el rostro al papel que Venturita tenía sobre 
el regazo. 

— Pura galantería. Convendrás en que podía 
estar mejor. 

— Mejor... mejor... todo puede estar mejoren 
el mundo. Está bastante bien. 

— Te vas haciendo muy adulador. Yo no quie- 
ro que te rías de mí, ¿lo oyes? 

— ¡Oh! yo no me río de nadie... pero mucho 
menos de tí... — repuso él sin levantar los ojos 
del papel, con voz cada vez más baja y visible- 
mente conmovido. 

Venturita tenía siempre los ojos fijos en él con 
una expresión maliciosa, donde se leía claramen- 
te el triunfo del orgullo satisfecho. 

— Vamos, dibújalas tú, señor ingeniero — dijo 
alargándole con gracioso despotismo el papel y 
el lápiz. 

El joven los tomó y osó levantar la vista hacia 
la niña; pero la bajó en seguida como si temiera 
electrizarse. Plantó el libro, que ella tenía en el 
regazo, sobre sus rodillas, aplicó encima un pa- 
pel blanco, y se puso á dibujar. Mas en vez de 



I56 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



las letras, comenzó á trazar con soltura la cabe- 
za de una mujer; primero el pelo partido en dos 
trenzas, después la frente estrecha y bonita, lue- 
go una nariz delicada, una boca pequeña, la bar- 
ba admirablemente recortada unida á la garganta 
por una curva suave y elegante... Se parecía 
prodigiosamente á Venturita. Esta, apoyada so- 
bre el hombro de su futuro hermano, seguía los 
movimientos del lápiz: poco á poco se iba espar- 
ciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Des- 
pués de trazar la cabeza, Gonzalo siguió con el 
busto; le puso el peinador ó matinée que la niña 
vestía, y se entretuvo buen rato á dibujar minu- 
ciosamente los lazos de seda con que se sujetaba 
por delante. Cuando el retrato estuvo termina- 
do, Venturita le dijo con acento picaresco: 

— Ahora, pon debajo quién es. 

El joven levantó la cabeza y sus miradas cho- 
caron sonrientes. Luego, con viveza y decisión, 
escribió debajo de la figura: Lo que más quiero en 
el mundo. 

Venturita tomó el papel entre las manos y lo 
contempló unos instantes con deleite; después, 
haciendo una mueca de fingido desdén, se lo 
alargó otra vez diciendo: 

— Toma, toma, embustero. 

Pero antes de llegar á manos de Gonzalo, Ce- 
cilia extendió la suya y se lo arrebató riendo. 

— ¿Qué papelitos son esos? 



EL CUARTO PODER 



157 



Venturita, como si la hubieran pinchado, brin- 
có en el asiento y sujetó fuertemente la muñeca 
de su hermana. 

— ¡Trae, trae, Cecilia! ¡deja eso! — exclamó 
con el rostro echando fuego, contraído por forza- 
da sonrisa. 

— No; quiero verlo. 

— Ya lo verás después; ¡suelta! 

— Quiero verlo ahora. 

— Vamos, niña, dejáselo ver. ¿Qué te importa? 
— dijo Doña Paula. 

— No quiero que me lo quite nadie por fuerza — 
gritó poniéndose seria. — Después, comprendiendo 
la imprudencia de esto, tornó á ponerse risueña. 

— Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala. 

— ¡Vaya un empeño! ¡Suelta tú, que me las- 
timas! 

— ¿Quién eres tú para quitarme el papel de la 
mano? — profirió con rabia poniéndose esta vez 
seria de verdad. — ¡Suelta, suelta, fea, narices de 
cotorra, tonta!... ¡suelta, ó te araño! — añadió 
con los ojos centelleantes y la faz descompuesta 
por la cólera. 

Al verla de aquel modo, la risa que agitaba 
el pecho de Cecilia paralizóse súbito, y abriendo 
sus grandes ojos donde se pintaba la sorpresa, 
exclamó: 

— ¡Jesús! Pareces loca, niña. Toma, toma, no 
vaya á darte algo. 



I58 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y soltó el papelito que arrugaba en el puño. 
Venturita, la faz alterada aún, lo hizo mil 
trozos. 

— ¡En los días de mi vida he visto una criatu- 
ra más loca! — exclamó Doña Paula santiguán- 
dose. — ¡Ave María! ¡Ave María! ¿De quién has 
sacado ese genio tan condenado, chiquilla? 

— Sería de tí —respondió Venturita afoscada, 
sin mirar á nadie. 

— ¡Desvergonzada!.... ¡Si no fuera mirando á 
que hay gente delante!... ¿Cómo contestas de 
ese modo á tu madre, picara? ¿No sabes los man- 
damientos de la ley de Dios? Mañana mismo te 
llevo á confesar con D. Aquilino. 

— Bueno, dale memorias á D. Aquilino. 

— ¡Espera, espera, grandísima picara! — gritó 
la señora haciendo ademán de levantarse para 
castigar á su hija. 

Pero en aquel instante aparecía en la puerta 
la figura de D. Rosendo con bata multicolor y 
gorro de terciopelo con borla de seda. 

— ¿Qué pasa? — preguntó sorprendido viendo la 
actitud airada de su esposa. 

Ésta le puso al corriente, sofocada por los so- 
llozos, de la falta de respeto de su hija. 

D. Rosendo se creyó en el caso de arrugar el 
entrecejo, y decir con tono solemne: 

— Eso está mal hecho, Ventura. Ve á pedir 
perdón á tu mamá. 



EL CUARTO PODER 



159 



Se le conocía que estaba distraído, absorto por 
algún pensamiento, y que aquel suceso doméstico 
no conseguía más que á medias arrancarle de su 
preocupación. 

Sin embargo, al ver á la chica inmóvil, con 
actitud altiva y desdeñosa, dijo de nuevo con 
más firmeza: 

— Vamos, hija, ve á pedirla perdón, ya que la 
has ofendido. 

La niña hizo su peculiar mohín de desprecio 
con los labios, y murmuró muy bajito: 

— ¡Sí, en eso estoy pensando! 

— Vaya, Ventura, ¿qué murmuras ahí? Anda, 
antes que me enfade. 

— Anda, anda, Venturita. Ve allá. No seas 
así — le dijeron por lo bajo las costureras. 

— No me da la gana. ¿Queréis dejarme en paz? 
— les respondió ella en voz baja también, mas 
con acento iracundo. 

— ¿No quieres ir? — preguntó D. Rosendo con 
afectada severidad. — ¿No quieres ir? 

La niña permaneció inmóvil y silenciosa. 

— ¡Pues sal de aquí ahora mismo! ¡Quítate de 
mi vista! 

Venturita se levantó de la silla, pasó por el 
medio del concurso erguida y enfurrunñada, y 
salió de la sala dando un gran portazo. 

D. Rosendo, después de permanecer un mo- 
mento inmóvil con los ojos puestos en la puerta 



IÓO ARMANDO PALACIO VALDÉS 



por donde su hija había salido, volvióse di- 
ciendo: 

— Siento mucho estar tan fuerte con mis hi- 
jas... pero algunas veces no hay más remedio. 



CAP. VII 



Que trata de dos traidores 



"fy^^j) orróse súbito de su noble faz pseudo- 
aL ytJ marítima la temerosa expresión que la 
¿r** oscurecía, y apareció de nuevo aquella 
otra distraída, signo de constantes 
meditaciones. 

— Gonzalo, si no te molesta, te rogaría que pa- 
sases conmigo al despacho — manifestó dirigién- 
dose á su futuro yerno. 

Este, que durante la anterior escena había em- 
palidecido y vuelto á su ser varias veces, tornó á 
desconcertarse; pues nada menos se le ocurrió 
que D. Rosendo se había percatado de la instabi- 
lidad de sus sentimientos amorosos, y le iba á pe- 
dir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrás de 



IÓ2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



él cabizbajo y receloso, y penetró en el escritorio, 
que era una estancia espaciosa, amueblada con 
lujo de comerciante rico; gran mesa de caoba 
maciza, armarios de caoba también, donde había 
más legajos de papeles que libros, alfombra de 
terciopelo, divanes forrados de brocatel, y escri- 
banía de plata enorme como un monumento. 
Cerca de la cuarta parte de esta cámara ocupá- 
balo un montón de paquetitos envueltos en papel 
de varios colores, que para cualquiera que por 
primera vez entrase en ella, sería un misterio. 
No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los 
íntimos de la casa. Aquellos paquetes guardaban 
palillos de dientes. 

¿Cómo? — preguntará el lector. — ¿D. Rosendo 
Belinchón, un negociante de tanto fuste, comer- 
ciaba también en palillos de dientes? No, D. Ro- 
sendo no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y 
esto no con el fin de especular, cosa indigna de su 
categoría, sino por pura y desinteresada inclina- 
ción de su espíritu. Desde muy joven se le había 
manifestado; mas las asiduas ocupaciones del co- 
mercio y las vicisitudes por que había pasado su 
existencia, no le habían consentido satisfacer esta 
pasión sino de una manera precaria en los ratos 
materialmente perdidos. Pero desde que pudo de- 
jar el escritorio confiado á algunos fieles depen- 
dientes, entregóse de lleno con alma y vida á tan 
útil y honesta distracción. Por la mañana en la 



EL CUARTO PODER 



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tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, 
por la noche en su casa ó en la de D. Pedro Mi- 
randa, siempre trabajando. Su criado ocupaba 
una gran parte del día en cortarle unos tacos de 
avellano seco perfectamente iguales, de donde su 
mano diestra había de sacar la gala de los pa- 
lillos. 

Y como no se daba punto de reposo, ni aun 
en los días festivos, la producción era tan excesi- 
va que no había bastantes consumidores en la vi- 
lla, y se veía necesitado á remitir paquetes de 
ellos á los amigos de la capital, cuando el mon- 
tón del despacho llegaba al techo. Gracias á los 
esfuerzos nobilísimos de este claro representante 
de su comercio, podemos decir con orgullo que 
Sarrio, en tal ramo interesante del progreso, se 
hallaba á la altura de las grandes capitales; nin- 
guna otra villa española ó extranjera podría su- 
frir con ella competencia; en casa del rico, como 
en la del menestral, jamás faltaba un bien abaste- 
cido palillero, testimonio indiscutible de la refi- 
nada cultura de sus habitantes. 

Señaló D. Rosendo un diván á su hijo en cier- 
nes, y éste, asustado, dejóse caer en él hundién- 
dole profundamente. Acercó después el comer- 
ciante una silla con ademán misterioso, y sentán- 
dose frente al joven y mirándole entre risueño y 
avergonzado, dijo, dándole al propio tiempo una 
palmadita en el muslo: 



164 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Vamos á ver, Gonzalito: ¿qué te parece de la 
cuestión del matadero? 

— ¿El matadero? — preguntó aquél abriendo 
unos ojos como puños. 

— Sí, el nuevo matadero; ¿crees que debe em- 
plazarse en la Escombrera, ó en la playa de las 
Meanas detrás de las casas de D. Rudesindo? 

— Gonzalo vio el cielo abierto, y, sonriendo de 
placer, respondió: 

—Yo creo que en la playa de las Meanas esta- 
ría bien... muy abierto aquello... muy venti- 
lado... 

Pero notando que la frente de su suegro se 
fruncía, y en sus ojos se apagaba repentinamente 
la sonrisa, añadió balbuciendo: 

— Tampoco me parece que estaría mal en la 
Escombrera... 

— Mucho mej or , Gonzalo ... ¡ Infinitamente 
mejor! 

— Puede, puede. 

— Hombre, tan puede ser, que reservadamen- 
te te diré, que el emplazarlo en la playa lo juzgo 
(hazme el favor de guardar reserva sobre esta 
opinión), lo juzgo... una verdara insensatez... 
u-na ver-da-de-ra in-sen-sa-tez — repitió señalan- 
do mejor todas las sílabas. 

— Y esta opinión mía — añadió — no vayas á 
figurarte que es de ayer mañana, sino de toda la 
vida. Desde que fui capaz de entender ciertas co- 



EL CUARTO PODER 



165 



sas, comprendí que el matadero no debía estar 
donde hoy está; en una palabra, que debía tras- 
ladarse. ¿Dónde? Una voz interior me decía siem- 
pre que á la Escombrera. Antes de poder dar nin- 
guna razón científica, estaba tan convencido como 
ahora de que allí debía emplazarse, y no en otra 
parte. Hoy que la resolución del problema se aproxi- 
ma, me creo obligado á sostener esta opinión, á 
comunicar al pueblo mi pensamiento y el resulta- 
do de mis meditaciones. Si no tienes que hacer 
voy á leerte la carta que dirijo con este motivo 
al Progreso de Lancia. 

Y en efecto, sin aguardar la contestación de 
Gonzalo, se dirigió á la mesa, tomó unos pliegos 
de papel que había sobre ella, se puso las gafas, 
y acercándose al balcón dio comienzo, no sin 
cierta emoción que se le traslucía en la voz, á 
la lectura de la carta. 

Estaba escrita en papel comercial, grande y 
rayado. Todas las que desde hacía años dirigía 
al Progreso de Lancia y á otros periódicos de la 
capital de la provincia, iban escritas en el mismo 
papel por las dos caras. Aún no sabía que para 
la imprenta debía escribirse por una solamente; 
pero muy pronto adquirió este precioso conoci- 
miento, como hemos de ver. 

Casi al mismo tiempo que la de los palillos de 
dientes había nacido en D. Rosendo Belinchón 
la afición á escribir comunicados á los periódicos: 



l66 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



es decir, que databa de una remota antigüedad. 
Ardiente partidario de los progresos humanos, 
de las reformas en todos los órdenes, de la discu- 
sión y de la luz, claro está que la prensa había de 
infundirle respeto y entusiasmo. Los periódicos 
habían sido siempre un elemento indispensable 
de su existencia. Estaba suscripto á muchos na- 
cionales y extranjeros, porque, como educado 
para el comercio, conocía bastante bien el francés 
y el inglés, y nunca le había faltado, ni aun en los 
días más ocupados, un par de horas que dedicar á 
vsu lectura. Estas horas se aumentaron considera- 
blemente desde hacía algunos años, no sin que 
se resintiese por ello el bacalao. El goce que 
nuestro héroe experimentaba por las mañanas 
después de tomar chocolate tragándose los ar- 
tículos de fondo del Pabellón Nacional, los suel- 
tos de La Política y las Nouvelles d la main del 
Fígaro era tan vivo, que le quedaba impreso lar- 
go tiempo en el rostro, hasta que por la irradia- 
ción se iba perdiendo en la atmósfera. 

Como' todos los hombres de miras amplias y 
elevadas, no era exclusivista en sus gustos perio- 
dísticos. Amaba el periódico por el periódico, por 
ser una muestra gentil del progreso de la razón 
humana, ó como él decía mejor, «una manifesta- 
ción levantada de la conciencia pública.» Las 
opiniones que cada cual defendía, eran cosa se- 
cundaria. Estaba suscripto á periódicos de todos 



EL CUARTO PODER 



167 



colores, y los gozaba por igual. Si alguna pre- 
dilección mostraba, era únicamente por los ar- 
tículos y sueltos intencionados; porque eso de de- 
cir una cosa aparentando expresar la contraria y 
retorcer las frases de modo que una cláusula ino- 
cente en la apariencia llevase dentro «una saeta 
envenenada» llenaba de admiración á D. Rosendo 
y le volvía loco de alegría. ¡Cuántas veces al leer 
en La España algún párrafo por el estilo: — «Ayer 
apareció por fin la circular del Sr. Presidente del 
Supremo á sus subordinados. Felicitamos al ge- 
neral O'donell, presidente de esta situación li- 
beral, y al Sr. Negrete, que en algún rato lúcido 
ha dado cima á obra tan colosal, y á los demó- 
cratas protectores de este Gobierno,» — tiene ex- 
clamado agitando el periódico en las manos: — 
¡Qué intención! ¡Caracoles! ¡¡Qué intención!! 

Este afán, mejor dicho, esta pasión por la pren- 
sa, no era plátonico como ya hemos advertido. 
Allá en sus mocedades había dirigido dos cartas 
á un periódico semanal que se publicaba en Lan- 
cia, titulado El Otoño, con motivo de las fiestas 
anuales que en Sarrio se celebran en el mes de 
Septiembre. Estas cartas leyéronse con fruición 
en la villa, y le valieron no pocos plácemes, lo 
cual le animó para escribir otras tres al año si- 
guiente, dando cuenta al público del número 
asombroso de cohetes que se dispararon en Sarrio 
los días 13, 14 y 15, la lindísima iluminación del 



l68 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



día 16, y el suntuoso baile celebrado en el Li- 
ceo la noche del 17. Después de haber gustado las 
dulzuras de la publicidad, D. Rosendo no podía 
menos de paladearlas de vez en cuando. El me- 
nor pretexto le bastaba para dirigir, bien una car- 
ta, ora un comunicado á los periódicos. Unas ve- 
ces firmaba con su nombre, otras con cualquier 
gracioso pseudónimo ó anagrama. Celebraban los 
mareantes una fiesta en honor de San Telmo: 
D. Rosendo escribía inmediatamente su carta al 
Progreso de Lancia ó á La Abeja, describiendo la 
verbena, los fuegos artificiales, la misa, la pro- 
cesión, etc. Se daba un banquete en el nuevo edi- 
ficio de las escuelas para inagurarlo: á los tres 
ó cuatro días se recibía el periódico de Lancia 
con la consabida carta publicando los brindis y 
los sonetos improvisados. Se caía un albañil de 
un andamio; comunicado de D. Rosendo pidien- 
do más garantías para los albañiles que se ponen 
en los andamios. Cantaba misa el hijo de don 
Aquilino; carta de D. Rosendo describiendo la 
conmovedora ceremonia, y elogiando la voz clara 
y sonora y la serenidad del joven presbítero. Si 
las mareas eran altas y fuertes y arrancaban al- 
gunas piedras de la punta del Peón; carta. Si los 
buques de Bilbao se negaban á recibir á bordo 
los prácticos de Sarrio; comunicado. Si se perdía 
la cosecha del maíz por la sequía; carta. Si los 
vientos reinantes eran del Noroeste; carta. En 



EL CUARTO PODER 



l6g 



fin, no acaecía suceso en el suelo ó en la atmós- 
fera de la villa digno de mención, que no la reci- 
biese de la diestra y bien tallada pluma de nues- 
tro comerciante. ¡Cuánto trabajo se evitarán los 
futuros historiadores de Sarrio con estos valiosísi- 
mos materiales acumulados por uno de sus más 
claros hijos! 

Según iba avanzando en años D. Rosendo Re- 
linchón, daba á sus cartas un carácter menos ro- 
mántico, por no decir frivolo (sería tan inexacto 
como irrespetuoso tal calificativo aplicado á los 
escritos de aquel estimable caballero). Es decir, 
que los temas de ellas no eran tan á menudo los 
jolgorios y recreos de los habitantes de la villa, 
como cualquier cosa que tendiera directa ó indi- 
rectamente á fomentar los intereses morales y 
materiales de ella. Los mercados, las escuelas, 
el salvamento de náufragos, la erección de un 
templo ó de una cárcel, etc., etc., eran los asun- 
tos en que para gloria suya y bien del pueblo que 
le vio nacer, se ejercitaba con más frecuencia. 

Uno de ellos, de «vital interés para Sarrio,» 
como él afirmaba muy bien, era el matadero. 
Hasta entonces jamás había abordado esta cues- 
tión, porque sabía que su parecer iba á discrepar 
algo del de una gran parte del vecindario. Mas 
había llegado, á su entender, la hora de «emitir- 
lo sin ambajes ni rodeos.» El comunicado que 
leyó era el primero que acerca de este asunto di- 



I70 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rigía al Progreso de Lancia. Comenzaba así: 

«Sr. Director de El Progreso de Lancia. 

Muy señor mío: La preferencia con que se mi- 
ran las ciencias físico-naturales, y en particular 
la ciencia de la Higiene, como que de ella depen- 
de la salud, tanto de los pueblos como de los in- 
dividuos, en vista de su gran utilidad práctica, 
ha ido poco á poco desterrando la timidez de los 
que, influidos por una educación casi errónea y 
deficiente, condenaban el estudio de estos gran- 
des problemas arrastrados por antiguas y torpes 
preocupaciones que felizmente se van disipando 
al soplo poderoso del siglo XIX, llamado con ra- 
zón el siglo de las luces.» 

Los párrafos de D. Rosendo eran siempre nu- 
tridos como el anterior. Seguía: 

«Hoy que la civilización, rotas las cortapisas 
que detenían las conciencias y supeditaban el es- 
píritu, nos abre vasto campo á todos por medio 
de la prensa para expresar nuestro libre pensa- 
miento y emitirlo á la faz del mundo, confiado 
en la amistad con que V. me ha distinguido siem- 
pre, y en la benevolencia con que el público ha 
acogido hasta ahora los humildes partos de mi 
pluma, etc., etc.» 

Después de otros tres ó cuatro párrafos á mo- 
do de preámbulo (que el director de El Progreso 
acostumbraba á recortar) entraba D. Rosendo 
en la cuestión, estudiando el matadero ó macero 



EL CUARTO PODER 



171 



público, como él lo nombraba, por todas sus fa • 
ses, para venir á condenar, en términos que no 
daban lugar á dudas, su emplazamiento en la 
playa de las Meanas. Las razones que tenía para 
oponerse á él, eran «obvias.» Por una parte, los 
vientos del sudoeste, reinantes la mayor parte 
del año, que arrastraban consigo fétidos miasmas, 
etc., etc. Por otra parte, la dificultad de hallar 
terreno firme para la cimentación, lo cual origi- 
naría un gasto excesivo, etc., etc. Por otra, la 
necesidad de penetrar en la población con las 
reses, etc., etc. Por otra, la proximidad de las 
casas, etc. Por otra, el perjuicio que á los bañis- 
tas se les irrogaba, etc., etc. En fin, eran más 
de veinte las razones que D. Rosendo «apuntaba 
de un modo ligero y sucinto,» proponiéndose dar- 
les «más amplitud y desarrollo» en otras cartas 
sucesivas con que pensaba «molestar la atención 
de los lectores de su ilustrado periódico.» 

Cuando terminó la lectura, Gonzalo las juzgó 
incontrovertibles, y D. Rosendo (con las gafas en 
la punta de la nariz) declaró que no tenían vuelta 
de hoja. Habiendo llegado á un acuerdo tan per- 
fecto, se separaron llenos de alegría, como es natu- 
ral. D. Rosendo se quedó en el despacho ponien- 
do en limpio su carta, y Gonzalo se fué de nuevo 
á la sala de costura. No obstante, antes que fran- 
quease la puerta, llamóle su futuro suegro para 
decirle: 



172 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— De esto, ni una palabra á nadie, ¿eh? 

— ¡D. Rosendo, por Dios! — respondió el joven 
alzando la mano en señal de protesta. 

El comerciante se sintió acometido por un vi- 
vo sentimiento de expansión. 

— Pronto sabrás — dijo acercándose — otra cosa 
que te ha de sorprender alegremente. Es una 
idea que se me ha ocurrido hace dos meses y 
que espero realizar, Dios mediante, muy pronto. 
¡Oh, es una idea feliz! La faz de Sarrio cambia- 
rá radicalmente, ¿sabes? 

El ademán misterioso, el tono grave y conmo- 
vido de la voz, la esperanza del triunfo que fulgu- 
raba en sus ojos al decir esto, ya sorprendió más 
que medianamente á Gonzalo. No se atrevió, sin 
embargo, á pedir explicaciones. Su futuro suegro 
le dejó marchar dirigiéndole una mirada risueña 
y abstraída. 

La tertulia de la sala continuaba amenizada 
por la conversación de Pablito, que la salpicaba 
á cada instante con donaires, no de concepto, 
sino de acción, como convenía á su naturaleza 
plástica. Venturita no había vuelto aún. Sentóse 
de nuevo el sobrino de D. Melchor al lado de su 
novia, y comenzó á hablarla mostrando timidez 
y embarazo; porque no estaba acostumbrado á 
disimular sus sentimientos y la traición le pesaba 
en el alma. A veces Cecilia levantaba la cabeza 
para contestarle, y su mirada clara, serena, ino- 



EL CUARTO PODER 



173 



cente, le encendía las mejillas. Para librarse de 
aquel malestar, creyó lo mejor expresarle, en 
términos más vivos que otras veces, su amor y 
rendimiento. Como todos los seres flacos de es- 
píritu en los casos de apuro, acudía al recurso 
peor, con tal que le dejase respirar por el momen- 
to. Cecilia recibió aquellos homenajes con sosie- 
go, sin manifestar el gozo que las mujeres suelen 
sentir al oirse requebrar de quien aman. 

— Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me 
gustan los mimos — le dijo al fin sonriendo. 

— Es que tengo gusto en expresarte lo que 
siento — respondió él sofocado. 

— Pues es un gusto que no comprendo — repli- 
có ella con dulzura. —Yo cuanto más quiero á 
una persona, menos ganas tengo de decírselo. 

— Eso consiste en que no quieres de veras. 

— ¡Oh! — exclamó ella con entonación tan ver- 
dadera y expresiva, que nuestro joven se inmutó. 

— Sí, sí, consiste en que eres fría por natura- 
leza. El calor del sentimiento, como el calor físi- 
co, no puede ocultarse largo tiempo: llega siem- 
pre un momento en que sale á la superficie como 
la lava de los volcanes... Y el amor es de todos 
los sentimientos el que mejor sabe romper las 
trabas de la lengua; sólo se goza realmente de él 
cuando se le dice al sér amado en todos los tonos 
y de todas las maneras posibles que se le ama... 
Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al 



174 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mismo tiempo que nace en nuestra alma un sen- 
timiento de simpatía hacia cualquier persona, na- 
ce el deseo de expresársela; y este deseo satisfe- 
cho, es el mayor de los placeres... 

— ¡Sí será! ¡sí será! — respondió ella con acen- 
to de profunda convicción. — Aunque no le he ex- 
perimentado, lo adivino muy bien... lo adivino 
por lo que padezco... Mira, Gonzalo — añadió con 
voz temblorosa, — por Díds te pido que no midas 
nunca mi cariño por mis palabras... Yo no sé... 
yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de 
mí... Siento como un nudo en la garganta que 
no deja salir más que tonterías, cosas insignifi- 
cantes, cuando yo quisiera que saliesen palabras 
cariñosas... ¡Oh, es un tormento !.. . Soy lo mis- 
mo que un perro sin rabo. 

Gonzalo se echó á reir, y ella, que había ha- 
blado con más viveza que de costumbre, se puso 
colorada y bajó la cabeza. 

—Pero á tí nadie te ha cortado la lengua. 

— Para este caso haz cuenta que me la han 
cortado. 

— Bien, entonces me lo dirás por escrito — dijo 
él riendo; y al mismo tiempo levantó vivamente 
la cabeza hacia la puerta que se había abierto. 

Era Piscis. Después de masticar las buenas 
tardes se fué á sentar en el rincón de costumbre, 
perseguido por las miradas burlonas de las cos- 
tureras, á quienes por ésta y otras razones, tenía 



EL CUARTO PODER 



175 



declarado odio eterno. Después de pagarles aque- 
lla risueña acogida con otra mirada oblicua y fe- 
roz, guardó silencio por algunos minutos; pero 
como tenía henchida el alma de graves y profun- 
dos secretos y Pablito no se despegaba de Nieves 
aunque le echasen agua caliente, después de ha- 
berle silbado para llamarle la atención, se aven- 
turó á descargar el fardo en público, á riesgo de 
que sus confidencias no fueran bien entendidas y 
apreciadas por el elemento femenino de la ter- 
tulia. 

— ¿Qué hay, Piscis? — preguntó Pablito al oir 
el silbido. 

— ¿A que no sabes por dónde da las coces aho- 
ra el Romero? 

En efecto, las costureras levantaron la cabeza 
sorprendidas, y Valentina le dijo á Teresa pug- 
nando por no reir: 

— Chica, ¿qué dice ese? 

— ¿Que por dónde tira las coces un caballo? 

— Será por el c... 

Aunque hablaba en voz baja Piscis, lo oyó per- 
fectamente, y, sin atender á Pablo que había to- 
mado muy en serio la pregunta, y quería saber la 
especialidad del Romero, exclamó, dirigiéndose 
á Valentina: 

— ¿Quieres callarte... zapalastrona? 

Estas palabras enérgicas fueron recibidas con 
una explosión de alegría por las costureras. 



I76 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— No te enfades, Piscis, déjalas... ¿Has saca- 
do á paseo el Romero?... Me alegro. 

— Lo enganché al charaván con la Linda — 
respondió el centáuro, haciendo una mueca ho- 
rrible de disgusto dirigida á la simpática Valen- 
tina. — ¡Si vieras, mal rayo, qué modo dq al- 
zarse! Yo ¡zis, zis! con la fusta, y él ¡pan, pan! 
sobre el tablero del pescante. Me volví á la cua- 
dra, y le puse al tablero por debajo unos clavi- 
llos. Salí otra vez... En cuanto se pinchó se es- 
tuvo quieto. Pero ¿qué hizo el gran pillo?... ¿Ves 
entre el tirante y la rueda?... Por allí comenzó á 
dar las coces. ¡Mal rayo! Por poco me deshace 
un farol... 

— Pues es necesario quitarle esa zuna — mani- 
festó Pablito hondamente afectado, levantándose 
del asiento, y dejando á Nieves para acercarse á 
Piscis. 

— Déjame discurrir esta noche — respondió el 
centáuro poniéndose muy sombrío. — Ya veremos 
si mañana hallamos algún medio. 

Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrasca- 
ron en una conversación viva y reservada. 

Gonzalo estaba inquieto. No hacía más que 
echar miradas á la puerta, esperando á cada ins- 
tante ver entrar á Venturita. Transcurría, no obs- 
tante, el tiempo, y, nada, la niña no parecía. La 
distracción aumentaba de tal modo, que Cecilia 
tuvo que repetirle tres veces la misma pregunta; 



EL CUARTO PODER 



177 



— ¿Qué tienes? Parece que estás con el pensa- 
miento en otra parte. 

< — En efecto — dijo él un poco colorado; — me 
acuerdo de que hoy tengo que escribir á Lon- 
dres para un negocio urgente... Además, ya son 
cerca de las seis... 

Despidióse de ella, después de Doña Paula y 
la tertulia, y se fué. 

Una vez en los pasillos, acortó el paso, y co- 
menzó á mirar á todos lados, sin lograr verlo 
que deseaba. Triste y cabizbajo descendió lenta- 
mente por las escaleras, y se disponía á levantar 
el pestillo de la puerta, cuando creyó advertir 
que el cordel con que la abrían desde arriba se 
agitaba. Quedóse un momento inmóvil. Tornó 
á llevar la mano al pestillo, y otra vez percibió 
la sacudida. Entonces volvió sobre sus pasos, y 
asomó la cabeza á la caja de la escalera. Allá 
arriba, una cabecita hermosa le sonreía. 

— ¿Eres tú? — preguntó con voz de falsete, re- 
bosando de gozo el semblante. 

— Sí, soy yo— contestó Venturita en el mismo 
tono. 

— ¿Quieres que suba? 

— No — respondió la niña de un modo que sig- 
nificaba: — ¡Eso no se pregunta, hombre! 

Gonzalo subió la escalera sobre la punta de 
los piés. 

— Aquí no debemos estar, nos pueden ver; ven 

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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



conmigo — dijo Venturita tomándole de la mano 
y conduciéndole al través de los pasillos hasta el 
comedor. 

Gonzalo se sentó en una silla sin soltar la 
mano. 

— Creí que no te volvía á ver hoy. ¡Quégenie- 
cillo tienes, chica! — le dijo sonriendo. 

El semblante de Venturita se oscureció. 

— Si no me lo irritasen á cada instante, no lo 
tendría. 

— Pero hazte cargo que es tu mamá la que te 
ha reprendido — repuso él sin dejar de sonreír. 

— ¿Y qué? — exclamó ella con violencia. — ¿Por- 
que es mi madre me ha de mortificar á todas ho- 
ras y en todos los momentos?... ¡Si cree que yo 
lo voy á sufrir, está bien equivocada! ¡Anda, que 
la sufra ese mastuerzo, que para eso la saca los 
cuartos!... Aquí ya no hay mimos más que para 
él... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos ami- 
gos, no me toques más esa tecla... 

Y al decir esto con rabiosa entonación, pinta- 
da la ira en los ojos, dio una fuerte sacudida á 
la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo con- 
sintió, y besándosela varias veces con pasión, le 
dijo riendo: 

— Chica, chica, no te dispares contra mí, que 
yo no tengo la culpa de nada... Si á mí me gus- 
tas precisamente por ser tan viva y tan rabiosilla. 
No me hacen gracia las mujeres de pasta-flora. 



EL CUARTO PODER 



179 



— Es porque tú lo eres — respondió ella apla- 
cándose de pronto y sonriendo. 

— No creas, no soy de tan buena pasta como 
te figuras... Cuando me enfado, es de veras... 

— ¡Bah... allá una vez cada año! 

— Además... por lo mismo que yo soy así, de- 
bieran gustarme las mujeres suaves y tranquilas. 

— Estás equivocado; siempre se busca lo con*v 
trario. A las rubias les gustan los morenos, á los 
flacos las gordas, á los altos las chiquitas... ¿No 
te gusto yo á tí siendo tan alto y yo tan pe- 
queña? 

— No sólo es por eso — dijo él riendo y atra- 
yéndola hacia sí. 

— ¿Por qué más? — preguntó ella clavándole una 
mirada provocativa. 

— No sé. ¿Quieres que te regale el oído? 

— ¿Por qué más? — insistió sin dejar de mirarle. 

— Por lo feísima que eres. 

— Gracias — respondió con el rostro iluminado 
por la vanidad. 

— No la hay más fea que tú en Sarrio ni en el 
mundo entero. 

— Algunas más feas habrás visto por esos paí- 
ses donde has andado. 

— Te aseguro que no. 

— ¡Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo 
— exclamó riendo y aceptando la hiperbólica li- 
sonja que iba envuelta en aquellas palabras. 



iSo ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Alguien viene! — dijo Gonzalo quedándose 
inmóvil y serio. 

Venturita avanzó hasta la puerta. 

— Es la cocinera que pasa — dijo volviendo en 
seguida. 

— Me parece que estamos mal aquí. Pudiera 
entrar tu mamá ó cualquiera de las chicas... ó 
Cecilia (añadió en voz más baja). ¿Y qué discul- 
pa doy? 

— Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, 
si no estás tranquilo, podemos ir á otra parte. 
Vamos al salón. 

— Vamos. 

— No, tú quédate aquí un momento, yo iré de- 
lante. 

Pero deteniéndose á la puerta y volviéndo so- 
bre sus pasos, le dijo: 

— Si me dieses palabra de ser formal, te lleva- 
ría á mi cuarto. 

— Palabra redonda — respondió el joven alegre- 
mente. 

— ¿Nada de besuqueo? 

— Nada. 

— Júralo. 

— Lo juro. 

— Bien, quédate ahí un instante, y después vie- 
nes en puntillas, ¿sabes? Hasta ahora. 

— Hasta ahora — dijo Gonzalo apoderándose de 
una de sus manos y besándola. 



EL CUARTO PODER 



— ¿Lo ves? — exclamó ella fingiendo enojo, — 
antes de ir, ya comienzas á faltar... 

— Yo creí que las manos no entraban en el ju- 
ramento. 

— ¡Entra todo! — dijo ella con severidad en la 
voz y la sonrisa en los ojos. 

A los dos minutos el joven la siguió; halló la 
puerta del cuarto entornada, y entró. La habita- 
ción de Venturita, era como su dueño, pequeñita 
y linda, amueblada con lujo. La cama de palo- 
santo, con pabellón de brocatel de seda, cubierta 
por una colcha de damasco azul, un armarito de 
ébano con incrustaciones de marfil, que servía de 
escritorio al abrirse, una butaca confidente de 
raso azul, un tocador con espejo, forrado tam- 
bién de raso al igual que las paredes, un armario 
de espejo, de palo-santo como la cama, y algu- 
nas sillas doradas. La habitación exhalaba un 
perfume penetrante como el camarín de una oda- 
lisca. 

— ¡Oh! esto está mejor que el cuarto de Ce- 
cilia. 

— ¿Cuándo lo has visto? 

— Hace pocos días me lo ha enseñado: las pa- 
redes desnudas con unos cuadritos bastante ma- 
los; la cama sin cortinas; una cómoda vulgar... 

— Pues si no lo tiene como yo, es porque no 
quiere... verdad que he tenido que andar detrás 
de papá una temporada para que me lo pusiera 



l82 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de este modo... Pero mi hermana es así... como 
Dios la crió... no le da más por nada... Todo le 
gusta á lo aldeano, ¿sabes? 

— En este cuartito hay mucho gusto... y mu- 
cha coquetería. De esta cualidad no puedes pres- 
cindir en ninguna de tus cosas. 

— ¿De dónde sacas que yo soy coqueta, tonto? 
— le preguntó ella volviendo á mirarle de aquel 
modo provocativo de antes. 

— Lo eres, y haces bien en serlo. La coquete- 
ría, cuando no es excesiva, da más atractivo á la 
hermosura, como las especias dan sabor á los ali- 
mentos. 

— ¡Ya salió á relucir el gastrónomo!... Pues 
mira, aunque la coquetería dé atractivo ó sabor, 
ó lo que quieras, yo no soy coqueta... Tú menos 
que nadie tienes derecho á decirlo... Digo... ¡me 
parece! ... 

— Es verdad; tienes razón, tienes muchísima 
razón. Yo no puedo llamarte coqueta... Pero la 
coquetería de que yo hablaba es de otra clase. 

— Hazme el favor de sentarte, porque ya has 
crecido bastante, según creo... y déjate de su- 
tilezas. 

Gonzalo se dejó caer en la butaca que la niña 
le señalaba, dominado por sus ojos brillantes y 
maliciosos. Desde que había entrado en aquel 
cuarto sentía un gozo íntimo, mitad corporal, 
mitad espiritual que le embargaba á la vez los 



EL CUARTO PODER 



183 



sentidos y el alma. El perfume que respiraba se 
le subía á la cabeza, y la mirada magnética de 
Venturita había concluido por electrizarle. 

— Has hecho mal en traerme á tu cuarto — dijo 
sonriendo mientras se pasaba el pañuelo por la 
frente. 

— ¿Pues? — preguntó ella abriendo y cerrando 
varias veces los ojos, como esos relámpagos que 
se advierten á la caída de la tarde en los días 
muy calurosos del verano. 

— Porque me siento mal — respondió él con la 
misma sonrisa. 

— ¿Te sientes mal, de veras? — replicó la niña 
abriendo mucho sus ojos azules sin conseguir que 
pareciesen inocentes. 

— Un poco. 

— ¿Quieres que avise? 

— No; si lo que me hacen daño son tus ojos. 

— ¡Ah, vamos! — exclamó ella riendo como si 
cayese entonces en la cuenta. — ¡Entonces los ce- 
rraré. 

— ¡Oh, no, no los cierres, por Dios! Si los ce- 
rrases, me pondría mucho peor. 

— Entonces me iré — dijo levantándose de la 
silla. 

— ¡Eso sería matarme, niña mía! ¿Sabes por 
qué me pongo enfermo? por no poder besar esos 
ojos que me asesinan. 

— ¡Jesús! — exclamó Venturita soltando la car- 



184 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cajada. — ¡Qué fuerte te da! Siento no poder cu- 
rarte! 

— ¿Permitirás que me muera? 
—Sí. 

— ¡Gracias! Déjame besar tus cabellos en- 
tonces... 
—No. 

— Tus manos. 
— Tampoco. 

— Déjame besar cualquier cosa tuya... ¡Mira 
que me haces mucho daño! 

— Besa ese guante — dijo la niña riendo y ti- 
rándole uno que había sobre el tocador. 

Gonzalo se apoderó de él, y lo besó con frene- 
sí repetidas veces. 

Al lector que en su fuero interno haya diputa- 
do ya á Gonzalo por hombre desleal y pérfido, 
ó por lo menos débil, declarándole quizá «un ca- 
rácter repugnante,» como dicen los críticos cuan- 
do los personajes de las novelas no son todo lo 
heroicos y talentudos que ellos quisieran, pusié- 
rale yo en aquel nido pequeño y perfumado 
como el cáliz de una magnolia, frente á la niña 
menor de los señores de Belinchón, vestida con 
peinador de cintas azules que dejaba ver una bue- 
na parte de su garganta amasada con rosas y le- 
che, recibiendo en el rostro los relámpagos azu- 
lados de sus ojos, y escuchando una voz grave y 
pastosa que removía todas las fibras del alma: y 



EL CUARTO PODER 



185 



si la niña le tirase un guante diciéndole:— Bé- 
salo, — quisiera ver en qué forma se negaba á be- 
sarlo. 

— ¿Te vas calmando, Gonzalo? — dijo dispa- 
rándole una sonrisa capaz de volver loco á San 
Antonio. 

— Así así. 

— Bueno, pues ahora hablemos en serio... ha- 
blemos de nuestra situación... 
Gonzalo se puso serio. 

— A pesar de lo que me has dicho hace ya tres 
días, no he sabido, hasta ahora, que hayas ha- 
blado con mamá ó con papá, ni que les hayas es- 
crito... Por el contrario, no sólo dejas el tiempo 
correr, con lo cual cada vez empeoran las cosas, 
sino que te veo más atento y cariñoso que nunca 
con Cecilia... 

Gonzalo hizo un gesto negativo. 

— ¡Si te he visto hace un momento desde el 
cuarto de Pablo por el agujero de la llave!... A 
mí no se me escapa nada... Eso está muy mal 
hecho si es que no la quieres, y si la quieres está 
muy mal hecho lo que haces conmigo... 

— ¿No estás bien segura aún de que tú sola po- 
sees mi corazón? — dijo el joven levantando sus 
ojos apasionados hacia ella. 

—No. 

— ¡Pues sí, sí; mil veces sí!... Pero yo no pue- 
do estar al lado de Cecilia desabrido ó indiferen- 



l86 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



te... Eso es muy feo... Prefiero decírselo clara- 
mente y concluir de una vez. 

— Pues díselo. 

— ... No me atrevo. 

— Pues no se lo digas, y concluyamos tú y yo... 
Mejor será — replicó la niña con impaciencia. 

— ¡No hables, por Dios, así, Ventura! Se me 
figura que no me quieres. Debes comprender que 
mi posición es extraña, comprometida, terrible. 
Estar en vísperas de casarme con una joven ex 
célente, y sin mediar disgusto alguno, sin ante- 
cedentes de ningún género que puedan tenerla 
prevenida, decirle de pronto: «Todo se acabó, ya 
no me caso contigo porque no te quiero ni nun- 
ca te he querido,» es lo más brutal y más odioso 
que se haya visto jamás... Por otra parte, yo no 
sé cómo tomarían mi conducta tus papás. Lo más 
probable es que, indignados justamente por ella, 
me recriminasen duramente y me prohibiesen la 
entrada en esta casa... 

— Bien, cásate con ella... ¡y en paz! — dijo 
Venturita poniéndose en pie un poco pálida. 

— ¡Eso nunca! O me caso contigo, ó con nadie. 

—Entonces, ¿qué hacemos? 

— No sé— replicó el joven bajando la cabeza 
con tristeza. 

Ambos guardaron silencio unos instantes. 

Al cabo Venturita dijo, dándole con la palma 
de la mano en la cabeza:. 



EL CUARTO PODER 



187 



— ¡Discurre, hombre, discurre! 
— Ya lo hago, pero no sale... 

— ¡No sirves para nada!... Vamos, vete, y dé- 
jalo á mi cargo. Yo hablaré á mamá... Pero es 
necesario que escribas una carta á Cecilia... 

— ¡Oh, por Dios, Ventura! — exclamó angus- 
tiado. 

— Entonces, ¿qué quieres, di? — preguntó la ni- 
ña encolerizada. — ¿Crees que voy á servir de ju- 
guete? 

— ¡Si pudiéramos pasar sin esa carta! — mani- 
festó Gonzalo con humildad. — Tú no puedes figu- 
rarte lo violento que es para mí... ¿No bastaría 
que dejase de venir unos cuantos días á esta 
casa? 

— Sí, sí; vete... ¡y no vuelvas! — respondió, 
dando un paso hacia la puerta. 

Pero el joven la retuvo por una de las trenzas 
de sus cabellos. 

— Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes 
que me tienes dominado, fascinado, y que á la 
postre haré cuanto tú me mandes, incluso arro- 
jarme al mar. No hacía más que expresarte una 
opinión... Si tú no quieres, nada de lo dicho... 
Trataba solamente de evitar á Cecilia un dis- 
gusto. 

— ¡Presuntuoso! — exclamó la niña sin volver- 
se. — ¿A que te figuras que Cecilia se va á morir 
de pena? 



l88 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Si no se disgusta, mejor que mejor; así me 
evitaré un remordimiento. 

— Cecilia es fría; ni quiere mucho, ni odia mu- 
cho tampoco. Es muy buena; no conoce el egoís- 
mo; pero siempre la encontrarás igual, ni alegre 
ni triste; incapaz de tomarse un disgusto por na- 
da ni por nadie... Al menos, si se los toma, na- 
die lo conoce... ¿Qué haces? — añadió volviéndose 
rápidamente. 

— Estaba desatando los lazos de las trenzas... 
Quería ver otra vez tus cabellos sueltos. No hay 
espectáculo que me cause más placer. 

— ¡Si es capricho, yo las desataré!... aguarda 
— dijo la niña, que estaba orgullosa, y con ra- 
zón, de su pelo. 

— ¡Oh, qué hermosura! ¡Esto, es un prodigio 
de la naturaleza! — exclamó Gonzalo, introdu- 
ciendo en él sus dedos. — Déjame, déjame meter 
la cabeza dentro, déjame bañarme en este río de 
oro. 

Y ocultó, al decir esto, su rostro en la cabelle- 
ra blonda de la niña. 

Mas sucedió que, pocos momentos antes, como 
sonasen en el reloj las siete de la tarde, las costu- 
reras y bordadoras dejaron su obra, y se dispusie- 
ron á retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fué 
comisionada por Doña Paula para ir al cuarto de 
Venturita, y traer de allá unos patrones que de- 
bían de estar sobre el armario-escritorio. Llegó, y 



EL CUARTO PODER 



189 



empujó la puerta en el instante crítico en que Gon- 
zalo se estaba bañando de aquella original ma- 
nera. Al sentir el ruido, éste se levantó de un brin- 
co, y quedó más pálido que la cera. Valentina se 
puso encarnada hasta las orejas, y dijo balbu- 
ceando: 

— Mamá quiere los patrones... los del otro 
día... deben de estar sobre el armario. 

— No están sobre el armario, sino dentro — 
respondió Venturita, sin inmutarse poco ni mu- 
cho. 

Y dirigiéndose á él, y abriendo un tirador, sa- 
có un lío de papeles y se lo entregó. 

— Aguarda un poco, Valentina — dijo antes que 
saliese. — Hazme el favor de atarme el pelo, que 
yo no puedo por este dedo malo... 

Y enseñó uno, por donde manaba sangre. Al 
ir por los patrones se lo había pinchado. 

Valentina, muy turbada todavía, comenzó á 
atárselo. 

— Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinché 
con el alfiler que sujeta la cinta de arriba... El 
pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para 
atármelo, ¿verdad? — añadió riendo. 

— ¡Oh, no! — replicó el joven con forzada son- 
risa, pasmado de aquella sangre fría. 

La disculpa, aunque bien urdida, no coló. Va- 
lentina estaba bien segura de lo que había visto. 

— ¡Crees que se habrá tragado lo del pinchazo? 



jgO ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— preguntó Gonzalo con ansiedad luego que hu- 
bo salido. 

— Tal vez no; pero no hay cuidado con ella; 
es la más reservada de todas. 

Valentina fué á entregar los patrones á la se- 
ñora y se despidió hasta el día siguiente. Al cru- 
zar por el pasillo oyó claramente el rumor de un 
beso; miró hacia el cuarto oscuro que allí había, 
y creyó percibir los cuadros blancos y negros del 
vestido de Nieves. 

— ¡Alza! ¡Esto está que arde! — murmuró con 
aquel ceño saladísimo que tanto la caracterizaba. 

Bajó la escalera y salió á la calle, donde ya la 
esperaba su Cosme para acompañarla hasta casa. 



CAP. VIII 



De la reunión que los proceres de Sarrio 
celebraron en el teatro con asistencia del 
cuarto estado 



L día 9 de Junio de 1860, debe seña- 
* larse con caracteres de oro en los fas- 
tos de la villa de Sarrio. 

Para ese día, socorrido de Alvaro 
Peña y de su hijo Pablo, D. Rosendo Belinchón 
había rogado por medio de atento B. L. M., á 
sus convecinos que concurriesen por la tarde al 
local del teatro, con objeto de tratar un asunto 
de «vital (por nada en el mundo se le escaparía 
á D. Rosendo el vital) interés para la villa de 
Sarrio y su concejo.» Sólo cuatro ó cinco perso- 
nas de las más obligadas al comerciante, cono- 
cían el noble y patriótico pensamiento que moti- 




ig2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



vaba la convocatoria. Así que, arrastrados de la 
curiosidad, tanto como de la cortesía, acudieron 
á las tres en punto todos los convocados y mu- 
chos más á quienes nadie había dado vela en 
aquel entierro. El teatro se llenó de bote en bote: 
la gente principial se apoderó de las lunetas y 
los palcos: la plebe subió á la cazuela. En el es- 
cenario se había colocado una mesa de escribir 
vieja y sucia, y á entrambos lados de ella hasta 
media docena de sillas, no más nuevas ni más 
limpias, que servían para la decoración de «sala 
pobremente amueblada.» 

El teatro hervía ya de gente y el escenario per- 
manecía aún desierto. Estaban casi en tinieblas; 
sólo por un tragaluz de vidrios empolvados abier- 
to allá en el fondo de la escena despojada del te- 
lón de foro, penetraba escasísima claridad. A 
fuerza de tiempo, acostumbrados los ojos á la os- 
curidad, podían distinguirse los unos á los otros; 
el que entraba, iba despacio por el pasillo de las 
lunetas para no tropezar, palpando los cráneos 
de los que las ocupaban, por ver si había alguna 
vacante. 

— Aquí no, D. Rufo. 

— ¿No hay asiento? — preguntaba sonriendo al 
vacío como los ciegos. 

— No, suba V. arriba, á los palcos. 

— Véngase aquí, D. Rufo, véngase aquí — gri- 
taba uno que estaba más adelante. 



EL CUARTO PODEÜ 



193 



— ¿Eres tú, Cipriano? 

Y empujando y tropezando, llegaba el recién 
venido á colocarse. Alguno más práctico encen- 
día una cerilla, pero al instante salían voces de la 
cazuela: 

— ¡Eh! ¡eh! ¡Ojo con los morros, D. Juan! Cuan- 
do va por las noches á casa de la Peonza, el dia- 
blo que cerilla enciende. 

Don Juan se apresuraba á apagarla para li- 
brarse de aquellos insultos que hacían prorrumpir 
en carcajadas al ocioso público. 

A medida que el tiempo transcurría, él zumbi- 
do de las conversaciones iba creciendo hasta ha- 
cerse insoportable. Los salvajes de la cazuela 
expresaban su impaciencia con patadas, gritos y 
baladros, cambiando unos con otros, por encima 
de las butacas, bromas y frases, más que obsce- 
nas, asquerosas. Gracias á que no había señoras. 

Al fin aparecieron en el escenario cuatro seño- 
res, D. Rosendo Belinchón, Alvaro Peña, D. Fe- 
liciano Gómez y D. Rudesindo Cepeda, propieta- 
rio y fabricante de sidra espumosa. Los cuatro se 
despojaron de los sombreros al pisar el palco es- 
cénico. Prodújose repentinamente el silencio. Al- 
gunos de los espectadores, los menos, se descu- 
brieron también; la mayor parte, prevalidos de la 
oscuridad y cediendo al instinto de grosería, muy 
poderoso en aquella región, permanecieron cu- 
biertos. D. Rosendo y sus compañeros sonrieron 

13 



194 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



al concurso, avergonzados; para librarse del em- 
barazo y temor que sentían, comenzaron á hablar 
con los espectadores de las primeras filas, á quie- 
nes podían divisar. Alvaro Peña, algo más atre- 
vido, en razón quizá de su carácter militar y de 
su instrucción anti-religiosa, avanzó hasta la cás- 
cara del apuntador, y dando á sus palabras una 
entonación excesivamente familiar, sonriendo sin 
gana como las bailarinas, dijo: 

— Señores, tanto mis compañeros como yo 
deseajíamos¿eh?, que subiesen á este sitio algunas 
pejsonas de jespeto ¿eh?, que habrá en el público, 
á fin de que nos ayuden con su autojidad ¿eh?, y 
con su ilustración... á fin de que nos ayuden ¿eh?, 
(no encontraba el final) en la empresa que vamos 
á emprendej... 

El ayudante de marina pronunciaba las erres 
con la garganta, produciendo un sonido muy se- 
mejante á la jota. 

Hubo un murmullo en la asamblea de asenti- 
miento y simpatía por la modestia que resaltaba 
en aquella proposición. 

— ¿No está poj ahí D. Pedro Mijanda? — pre- 
guntó Peña, sereno ya, volviendo á adquirir la 
resolución militar que le caracterizaba. 

— Aquí está... Aquí — dijeron varias voces. 

— D. Pedro, si nos hiciese V. el favoj... 

D. Pedro se defendía de los que le empujaban 
hacia el escenario, diciendo por lo bajo: 



EL CUARTO PODER 



195 



— Pero señores, ¿yo por qué?... ¿A qué asun- 
to?... Hay otras personas... 

No hubo más remedio. Poco á poco lo fueron 
llevando hasta cerca del escenario, y una vez allí, 
como no hubiese tabla ni escalera para subir, en- 
tre Peña y D. Feliciano Gómez, lo auparon por 
las manos hasta ponerlo sobre el tablado. 

— A vej, D. Rufo, suba V. 

D. Rufo (médico titular de la villa), después 
de haberse defendido un poco, fué subido en vilo 
también. Y por el mismo sencillo mecanismo pa- 
saron al escenario otros cinco ó seis señores. Cada 
ascensión era saludada con una salva de aplausos 
y un murmullo de complacencia por el benévolo 
concurso. El ayudante vio á Gabino Maza senta- 
do en una butaca cerca de la pared, y le gritó con 
alegría: 

— ¡Gabino, no te había visto!... Vamos, hom- 
bre, ven acá. 

— Estoy bien aquí — respondió con sequedad el 
bilioso ex-oficial de la Armada. 

— ¿Quieres que baje por tí? 

Maza contestó en voz baja: 

— No hace falta. 

Los que estaban á su lado hicieron lo que con 
los demás. 

— Vaya, D. Gabino, arriba. No sea V. perezo- 
so. Hombres como V. son los que deben estar 
allí. ¡No faltaba más que V. no subiese! 



I96 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y trataban al mismo tiempo de levantarle. 
Mas fueron inútiles todas las instancias. Maza 
se empeñó en permanecer en la luneta con una 
insistencia orgullosa que acobardó á los que le 
excitaban á subir. Alvaro Peña bajó entonces por 
él; pero después de una brega larga tuvo que re- 
tirarse desairado. 

Ya que estuvo casi lleno el escenario, se traje- 
ron más sillas recabadas de los chiribitiles de los 
cómicos, y se acomodaron en ellas los más se- 
lectos vecinos de Sarrio, los cuales celebraron 
conciliábulo para resolver quién había de presi- 
dir la reunión; por cierto que no acababan de en- 
tenderse, y el público daba señales claras de im- 
paciencia. La mayor parte juzgaba que á D. Ro- 
sendo correspondía la honra de sentarse detrás 
de la mesa de pino; pero éste la rehusaba con una 
modestia que le honraba muchísimo más. Al fin 
se sentó al observar que el público se iba can- 
sando. Este aplaudió reciamente. 

Nueva y fastidiosa dilación antes de resolverse 
quién había de dirigir la palabra al concurso, jí- 
varo Peña, que era hombre despachado y de 
arranque, se decidió á dar unos pasos hacia la 
boca del telón, y dijo en voz alta: 

— Señojes. 

— ¡Chis, chis! — ¡Silencio! — gritaron algunos. 

Y reinó el silencio. 

— Señojes: El motivo de celebrajse este mee- 



EL CUARTO PODER 



197 



ting (sorpresa y extraordinaria complacencia del con- 
curso al escuchar la palabreja exótica) no es otro 
¿eh?, que el de unijnos todos para fomentaj los 
intereses morales y materiales de Sajió. Hace 
algunos días me indicaba nuestro dignísimo pre- 
sidente que estos intereses se hallaban abando- 
nados ¿eh?, y que era necesario á todo trance 
fomentajlos. Señojes, en Sajió hay varios pro- 
blemas que jesolvej en este momento histórico; 
el problema del mejcado cubiejto ¿eh?, el proble- 
ma del cementerio, el problema de la cajetera 
á Rodillero, el problema del matadero y otros. 
Yo le dije á mi querido amigo, el dignísimo presi- 
dente: El único medio ¿eh?, de jesolvej estos pro- 
blemas es celebraj un meeting donde todos los 
sajienses puedan emitij libremente su opinión... 

— ¿Eh? — gritó un socarrón desde la cazuela. 

Peña alzó los ojos furibundos hacia allá; y co- 
mo era hombre á quien se le suponían malas 
pulgas, y gastaba unos bigotes desmesurados, el 
socarrón tembló por su pellejo y no volvió á 
chistar. 

— Mi buen amigo, cuyo gran corazón y amoj al 
progreso conocen todos, me dijo que hacía tiem- 
po que pensaba sobre lo mismo, y que él además 
¿eh?, tenía otro proyecto que no tajdará en comu- 
nicaj al ilustrado público. En consecuencia de 
esto hemos convocado á los vecinos de Sajió para 
una jeunión pública, y aquí estamos... pojquehe- 



ig8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mos venido. (Este desenfado produce excelente efec- 
to en el auditorio, que ríe con benevolencia.) 

— Señores — siguió el ayudante animado por 
los rumores, — yo creo que lo que le hace falta á 
este pueblo es despejtaj del letajgo en que yace 
¿eh?, vivij de la vida de la jazón y del progreso 
¿eh?, ponejse á la altura de los adelantos del si- 
glo ¿eh?, tenej conciencia de sí y de sus fuejzas. 
Hasta ahora, Sajió ha sido un pueblo dominado 
por la teocracia; mucha novena, mucho sejmón, 
mucho josario, y no pensaj para nada en el fo- 
mento de sus intereses, ni en aprendej nada útil. 
Es necesario salij cuanto más antes de esta si- 
tuación ¿eh? Es necesario sacudij el yugo teocrá- 
tico. Un pueblo dominado por los curas, es siem- 
pre un pueblo atrasado... y sucio. (Risas y aplau- 
sos, entre las cuales se oye tal cual chicheo.) 

El ayudante hablaba mejor, y adquiría cierto 
donaire en cuanto se trataba de denigrar al clero. 

— Pido la palabra — gritó una voz atiplada des- 
de un palco. 

— ¿Quién es? ¿Quién es? — se preguntaron unos 
á otros los espectadores y los altos dignatarios 
del escenario. 

— Es el hijo del Perinolo. — ¿Quién? — El hijo 
del Perinolo. — El hijo del Perinolo. 

Esta frase se fué repitiendo en voz baja por 
todo el ámbito del teatro. 

El hijo del Perinolo era un joven pálido, de ojos 



EL CUARTO PODER 



negros, que gastaba larga melena. No se adver- 
tía más en la media luz que reinaba, lo cual era 
para él gran fortuna, pues, á ser entera, se verían 
perfectamente los lamparones de su levita añe- 
ja, la grasa de su camisa y las greñas de la me- 
lena, dado que los agujeros de las botas y los 
hilachos del pantalón, en modo alguno podían 
ser vistos á causa de la barandilla del palco. Pero 
todo lo sabían de memoria los vecinos de Sarrio, 
por tropezarle harto á menudo en la calle y los 
cafés. Digamos que, á pesar de esto, era mozo 
de gentil disposición y rostro. 

Su padre, el señor José María el Perinolo, an- 
tiguo y clásico zapatero de la villa, era uno de 
aquellos viejos artesanos que á mediados del si- 
glo gastaban chaqueta y sombrero de copa alta; 
carlista fanático, miembro de todas las cofradías 
religiosas; rezaba el rosario por las tardes al to- 
que de oración en la iglesia de San Andrés, acom- 
pañado de unas cuantas mujerucas; salía en las 
procesiones de Semana Santa con hábito de dis- 
ciplinante y corona de espinas, y tenía á su car- 
go y cuidado la capilla del Nazareno en la calle 
de Atrás. Este santo varón «que nunca había dado 
nada que decir» (suprema expresión de la hon- 
radez en los pueblos pequeños), educó á su hijo 
Sinforoso y á otros dos más, en el santo temor 
de Dios y del tirapié. Azotes, penitencias de ro- 
dillas, días á pan y agua, estirones de orejas y 



200 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



bofetadas; la infancia de Sinforoso estaba poblada 
de estos recuerdos poéticos. Cuando llegó á la 
pubertad, como mostrase singular destreza para 
decorar sus lecciones, el Perinolo se persuadió 
á que no estaba llamado á sustentar la zapatería 
cuando él fuese muerto, sino á ser firme colum- 
na de la Iglesia Romana. Faltábanle medios para 
mandarle al seminario de Lancia. Vinieron en 
socorro suyo D. Rosendo y D. Melchor de las 
Cuevas, D. Rudesindo y el párroco de la villa, que 
espontáneamente le asignaron tres pesetas dia- 
rias mientras no cantase misa. Mas al cursar el 
segundo año de teología, recibieron estos señores 
del seminarista una carta elegantemente escrita 
en que les manifestaba que no se sentía llamado 
por Dios á la carrera eclesiástica, y que antes 
de ser un mal sacerdote prefería aprender el ofi- 
cio de su padre ó embarcarse para América; ter- 
minaba suplicándoles con palabras fervorosas que 
le permitiesen cambiar la Teología por el Dere- 
cho, hacia el cual se creía inclinado, y con esto 
no daría tan gran disgusto á su padre. Accedie- 
ron sus bienhechores á la demanda, y Sinforoso 
se hizo al cabo columna del Estado en vez de la 
Iglesia, como deseaba el Perinolo. Mientras siguió 
la carrera de leyes con sobresalientes y premios 
al principio, notables después y aprobados al fin, 
emborronó algunos articulejos en los diarios de 
Lancia, con lo que se creyó en el caso de dejar 



EL CUARTO PODER 



201 



crecer los pelos y ponerse quevedos sobre la na- 
riz. Así se presentó el nuevo licenciado en Sarrio 
con la aureola de gloria además, que rodea á 
quien ha hecho sus primeras armas, y aun reñido 
batallas en la prensa periódica. Se había afiliado 
en el partido liberal más avanzado renegando así 
de su prosapia. Con esto, su padre estaba fuerte- 
mente desabrido, y si le dejó entrar en casa de- 
bióse á la intercesión de la madre. No le hablaba 
ni le daba un céntimo para sus gastos, limitándo- 
se á consentir que durmiese bajo su techo y co- 
miese la ración. Al cabo de algunos meses los 
zapatos se habían despellejado y la ropa daba 
lástima verla. Pero todo lo suplía muy bien el 
letrado con el empaque y gravedad de la fisono- 
mía y lo airoso de su porte. Pasaba la mañana 
leyendo en la cama, y las tardes y las noches en 
el café discutiendo á gritos sobre lo que había 
leído por la mañana. Los vecinos no le querían; 
pero respetaban mucho su ilustración y talento. 

— ¿Quién ha pedido la palabra? — preguntó don 
Rosendo. 

— Suárez... Sinforoso Suárez — dijo el joven 
inclinando su busto sobre la barandilla. 

— Usted la tiene, Sr. Suárez. 

El joven tosió, metió los dedos de entrambas 
manos por el pelo, dejándolo más ahuecado y 
revuelto, se puso los lentes que traía colgados de 
un cordoncillo y dijo: 



202 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Señores: 

La entonación firme y sosegada que dio á esta 
palabra, y la pausa larga que después hizo ase- 
gurando los lentes sobre la nariz y paseando una 
mirada de grande hombre por el concurso, im- 
pusieron silencio y respeto. 

— Después de la brillante oración que acaba 
de pronunciarnos mi queridísimo amigo el ilus- 
trado ayudante de este puerto, Sr. Peña (el ayu- 
dante, aunque no ha hablado con Sudrez mas de 
tres veces en su vida, se inclina agradecido. Los 
respetables vecinos de Sarrio aprenden que hay más 
oraciones que el Padre Nuestro, la Salve y las de- 
más rezadas por la iglesia), quedará bien conven- 
cida la asamblea del fin generoso y patriótico 
que ha inspirado á los promovedores de este mee- 
ting. Nada tan grande, nada tan hermoso, nada 
tan sublime como ver á un pueblo reunido para 
deliberar acerca de los más altos y caros intere- 
ses de su vida. ¡ Ah, señores! al escuchar hace un 
momento al Sr. Peña, me imaginaba estar en el 
Agora de Atenas decidiendo, como ciudadano li- 
bre, entre otros ciudadanos libres también como 
yo, de los destinos de mi patria; me imaginaba 
oir la palabra vigorosa y ardiente de alguno de 
aquellos grandes oradores que ilustraron al pue- 
blo heleno... Porque la elocuencia de mi queri- 
dísimo amigo el Sr. Peña, tiene mucho de la 
arrebatada pasión que caracterizaba á Démoste- 



EL CUARTO PODER 



203 



nes, el príncipe de los oradores, y bastante tam- 
bién de la fluidez y elegancia que brillaba en los 
discursos de Pericles (Pausa: mano d los lentes); 
es viva y animada como la de Cleón; es mesura- 
da y prudente como la de Arístides; tiene tona- 
lidades graves y precisas como la de Esquines, y 
notas agradables al oído como la de Isócrates. 
¡Ah, señores! Yo también, como el elocuente 
orador que me ha precedido en el uso de la pala- 
bra, deseaba que el pueblo donde he visto por 
primera vez la luz del día, despertase á la vida 
del progreso, á la vida de la libertad y la justi- 
cia... ¡Sarrio! ¡Cuánto dulce recuerdo, cuánta 
inefable alegría despierta en mi alma este solo 
nombre! Aquí corrieron los años felices de mi in- 
fancia... Aquí comenzó á formarse mi espíritu... 
Aquí hizo el amor palpitar por primera vez mi 
corazón... En otra parte se ha enriquecido mi ra- 
zón con el conocimiento de las ciencias, con las 
grandes ideas que engendra el estudio del Dere- 
cho... Aquí se ha nutrido mi alma con las santas 
y dulces emociones del hogar. En otra parte se 
ha adiestrado mi inteligencia en la polémica, en 
la lucha de las ideas... Aquí he cultivado mi sen- 
sibilidad con el tierno amor de la familia... Seño- 
res, lo diré muy alto, suceda lo que suceda: Sa 
rrió está llamado á grandes destinos. Tiene dere- 
cho á ser una de las primeras poblaciones de la 
costa cantábrica, un emporio de actividad y de 



204 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



riqueza, tanto por la excelente situación en que 
la naturaleza lo ha colocado, como por la labo- 
riosidad, la honradez y las grandes dotes de in- 
teligencia de sus habitantes (¡Bravo! ¡Bravo! 
Unánimes y estrepitosos aplausos,) 

Roto el hielo que la sorpresa, más que una pre- 
vención injusta, había formado, los bravos y los 
aplausos se sucedieron sin interrupción á cada 
párrafo. Jamás los laboriosos, honrados é inteli- 
gentes habitantes de Sarrio habían oído hablar 
tan fácil y pulidamente. Aquel discurso fué la 
revelación de la vida parlamentaria moderna, 
según decía Alvaro Peña al disolverse la re- 
unión. 

Media hora llevaría en el uso de la palabra en 
medio del creciente entusiasmo del auditorio, 
cuando á uno de los proceres del escenario se le 
ocurrió que podía tener seca la boca y sería opor- 
tuno servirle un vaso de agua con azucarillo. Co- 
municada en voz baja la observación al presiden- 
te, éste interrumpió al orador, diciéndole: 

— Si el Sr. Suárez está fatigado, puede descan- 
sar. Voy á dar orden de que le sirvan un vaso de 
agua. 

Estas palabras fueron acogidas con un murmu- 
llo de aprobación. 

— No estoy fatigado, señor presidente — res- 
pondió suavemente el orador. 

(Sí, sí, que descanse. — Dejarle descansar. — Que 



EL CUARTO PODER 



205 



se le traiga un vaso de agua. — Puede hacerle daño: 
que le echen unas gotas de anís.) 

Los espectadores, acometidos súbito de una 
ardiente simpatía, se convertían en madres cari- 
ñosas para el hijo del Perinolo. 

Este, inflándose más de lo que estaba, sonrió 
al auditorio, y dijo: 

— La fatiga es propia de los soldados bisoños. 
Los que como yo están acostumbrados á las li- 
des de la tribuna (había hablado varias veces en 
la Academia de jurisprudencia de Lancia) no se 
rinden tan fácilmente... 

Digamos ahora que Mechacan, zapatero, vecino 
y competidor hacía muchos años del señor José 
María el Perinolo, que había visto criarse á Sin- 
foroso y le había alumbrado más de uno y más 
de dos lampreazos con el tirapié cuando al vol- 
ver de la escuela le llamaba, para vejarle, por el 
apodo, le estuvo escuchando desde la cazuela con 
las manazas apoyadas sobre la barandilla y la 
cara erizada de púas sobre las manos. En sus 
ojos, sombreados de una selva enmarañada de 
pestañas, no se advertía la chispa de entusiasmo 
que ardía en los de los demás: antes se leía el 
asombro, la ira y la envidia. Cuando acertó á 
oir las palabras jactanciosas del hijo de su rival, 
no pudiendo sufrir tanta farsa, gritó con rabia: 

— ¡Fuera ese lambión, sollo! 

Indescriptible indignación en el auditorio. To- 



206 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dos los rostros se vuelven airados á la cazuela. 
Óyense las voces de: 

— ¿Quién es ese borrico? — ¡A la cárcel! — ¡Fue- 
ra ese cerdo! 

El presidente pregunta con terrible severidad: 
— ¿Estamos en un pueblo culto ó entre hoten- 
totes? 

Esta pregunta así formulada, produce honda 
impresión en el público. 

Suárez, un poco pálido y con voz alterada, di- 
ce al fin: 

— Si la Asamblea lo desea, estoy dispuesto á 
sentarme. 

(No, no! — ¡Que siga! Estrepitosos y prolongados 
aplausos al orador.) 

La indignación contra el grosero interruptor, 
creció á tal punto con estas humildes palabras, 
que se oyen gritos amenazadores, y muchos agi- 
tan los puños frente al sitio de donde había par- 
tido la voz. Alvaro Peña, el orador griego, más 
indignado que nadie, sube por fin á la cazuela y 
á pescozones y coces, arroja al desgraciado Me- 
chacan del teatro entre los aplausos del público. 

Sosegadas ya las olas, el orador continúa. Ha- 
ce una larga excursión por el campo de la histo- 
ria para demostrar que los sarrienses, desde la 
época de la dominación romana, cuando la Espa- 
ña estaba dividida en Citerior y Ulterior y des- 
pués en Tarraconense, Bética y Lusitania, hasta 



EL CUARTO PODER 



207 



nuestros días, habían demostrado en todas oca- 
siones un ingenio poderoso muy superior al de 
los habitantes de Nieva . Tales declaraciones 
fueron acogidas con vivas muestras de aproba- 
ción. Introdúcese después repentinamente en los 
dominios del derecho y, hace gala de conocimien- 
tos pocos comunes, sobre todo en Sarrio, en la 
ciencia de Triboniano y Papiniano. Al llegar á 
cierto punto, con una modestia que le honra mu- 
cho, dice: 

— Lo que acabo de exponer, señores, no tiene 
ningún valor científico. Lo sabe cualquier niño 
que haya saludado las Pandectas... 

D. Jerónimo de la Fuente, maestro de prime- 
ras letras de la villa, que había estudiado por los 
métodos modernos y sabía algo de Frcebel y Pes- 
talozzi, hombre ilustrado, que había escrito un 
prontuario de los verbos irregulares y tenía un te- 
lescopio en el balcón de su casa siempre apuntan- 
do al cielo, se levanta de la luneta, y sonriendo 
con mucha lástima dice: 

— Las palmetas hace ya bastantes años que se 
han suprimido de las escuelas. 

— No he dicho palmetas, he dicho Pan-dec-tas 
— replica Suárez sonriendo con mucha más lás- 
tima. 

Don Jerónimo enrojece por el paso en falso 
que acaba de dar. 

El orador continúa y termina al fin, deseando, 



208 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



como el elocuente ayudante de marina, que Sa- 
rrio despierte á la vida del progreso, que salga 
del letargo en que yace, y que de algún modo se 
manifieste en su recinto la lucha de las ideas, fe- 
cunda siempre, y luzca en su horizonte el sol ra- 
diante de la civilización. 

« Si es verdad, como tengo entendido, que 

merced á la iniciativa patriótica y generosa de 
un respetabilísimo personaje de esta villa, se pre- 
para el advenimiento á ella del cuarto poder de 
los estados modernos; si es verdad que Sarrio es- 
tará dotado en breve de un periódico que refleje 
sus legítimas aspiraciones, que sea el palenque 
donde se ejerciten sus inteligencias, el salvaguar- 
da de sus más caros intereses, el centinela avan- 
zado de su tranquilidad y reposo, el órgano, en 
fin, por donde se comunique con el mundo espi- 
ritual, felicitémonos, señores, ¡felicitémonos de 
todo corazón! y felicitemos también al ilustre pa- 
tricio por cuyo esfuerzo va á llegar hasta nos- 
otros un rayo de ese astro luminoso del siglo diez 
y nueve que se llama la prensa.» 

(¡Bravo, bravo! Todas las miradas se vuelven an- 
siosas hacia la presidencia. La faz de D. Rosendo 
resplandece llena de majestad y dulzura). 

Después del hijo del Perinolo, pidió y obtuvo 
la palabra D. Jerónimo de la Fuente. El ilustra- 
do profesor de primeras letras, deseaba ardiente ■ 
mente levantarse á los ojos del público después 



EL CUARTO PODER 



20g 



de la caída de las Pandectas. Comenzó, pues, 
manifestando que abundaba en las ideas del dig- 
no orador (obsérvese que no dijo elocuente ni 
ilustrado, sino digno, digno nada más) que le ha- 
bía precedido en el uso de la palabra; que él, des- 
tinado por su profesión á encender la antorcha 
de la ciencia en las inteligencias infantiles, no 
podía menos de ser partidario decidido de los 
adelantos modernos y, sobre todo, de la prensa. 
En corroboración de estas palabras, se cree en el 
caso de manifestar, que tan pronto como la crea- 
ción de un periódico en Sarrio fuese un hecho, 
tendría el gusto de exponer á sus convecinos la 
resolución de un problema que hasta el día de 
hoy se había creído insoluble, el de la «trisección 
del ángulo», al cual había dedicado muchos es- 
fuerzos y vigilias, coronadas unas y otros afortu- 
nadamente por el mejor éxito. Habló después con 
gran oportunidad de algunas materias, de Geo- 
grafía física y Astronomía, explicando clara y 
brevemente los movimientos de rotación y trans- 
lación de la tierra, la composición del aire, la 
formación de las nubes y del rocío, de dónde 
procede la sal del mar, cómo se forman los ma- 
nantiales y los ríos, la razón científica de las ma- 
reas, y algo también de la causa de los volcanes. 
Después pasó, como por la mano, á explicar al- 
gunos problemas de la mecánica celeste, en par- 
ticular la ley de la atracción universal, descu- 

14 



210 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



bierta por Newton, gracias á la cual, los plane- 
tas se mueven alrededor del sol en órbitas elíp- 
ticas. A este propósito explicó con gran brillantez 
lo que era una elipse. Por último, al hablar de 
nuestro satélite la luna, hizo observar, que el 
tiempo de su revolución alrededor de la tierra, 
iba disminuyendo sensiblemente, lo cual indica 
que su órbita se va estrechando. Esto, en opinión 
del orador, daría por resultado más tarde ó más 
temprano que la luna caería sobre la tierra, y 
ambas se harían pedazos. D. Jerónimo se sentó, 
dejando al auditorio sumamente agitado, bajo el 
peso de esta profecía aterradora. 

Avanzó acto continuo hasta las candilejas, 
D. Rufo, el médico de la villa, hombre flaco, 
con barba de cazo y gafas de oro, y á las pocas 
palabras declaró explícitamente que, en su opi- 
nión, el pensamiento no es más que una función 
fisiológica del cerebro, y el alma un atributo de 
la materia; que el mayor ó menor grado de inte- 
ligencia en los animales, dependía del número 
de circunvoluciones en los lóbulos cerebrales y 
del peso del cerebro. Este peso lo evaluaba el 
orador en tres libras ó tres libras y media para 
el hombre. Había que tener en cuenta además la 
cantidad de grasa fosforada que contiene. El 
hombre tiene en su cerebro más grasa que los 
mamíferos, y éstos más que las aves. Lo que ca- 
racteriza el cerebro del feto, durante la gesta- 



EL CUARTO PODER 



211 



ción, es que no contiene más que una cortísi- 
ma cantidad de grasa. En los niños, la cantidad 
de grasa ha aumentado ya considerablemente en 
el momento de nacer, y todavía aumenta de una 
manera rápida con el progreso de la edad. Pero 
¿en qué parte del cerebro reside el foco de la ac- 
tividad intelectual? — se pregunta el orador.— En 
su concepto, esta actividad tiene su centro en la 
«sustancia gris, parda ó amarillenta,» y en modo 
alguno en la «sustancia blanca,» que no es más 
que la conductora de tal actividad. Habló des- 
pués de la dura-mater, de los hemisferios, de los 
lóbulos frontal, parietal y occipital, de la hoz del 
cerebro y de la tienda del cerebelo. En este punto tu- 
vo una ocurrencia feliz, comparando bellamente 
las circunvoluciones de la sustancia gris á un mon- 
tón de intestinos arrojados al acaso. Todas las 
facultades que llamamos del alma, no son sino 
funciones de esta sustancia gris, de este montón 
de intestinos. El cerebro segrega pensamien- 
tos, como el hígado segrega bilis y los ríñones 
orina. El orador termina afirmando que, mien- 
tras la humanidad no se penetre de estas verda- 
des, no podrá salir del estado de barbarie en que 
yace. 

Como nunca quiso ser menos que el médico, pi- 
dió la palabra el profesor de veterinaria Navarro, 
y después de dedicar algunas frases á congratu- 
larse por la celebración de aquel meeting (ninguno 



212 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de los que hablaron dejó de citar la palabreja) ex- 
puso algunas ideas muy razonables acerca de la 
angina gangrenosa del cerdo y su tratamiento 
profiláctico. El orador tropezaba, balbuceaba, 
sudaba para emitir su pensamiento; pero esta de- 
ficiencia de expresión, la suplía cumplidamente la 
novedad y el interés que el tema ofrecía. A la sa- 
zón estaban falleciendo de anginas en Sarrio, 
bastantes de aquellos simpáticos animales. 

El público, por más que escuchaba con respeto 
y simpatía estas noticias acerca de la enferme- 
dad que aquejaba en aquel momento al ganado 
de cerda, sentía ya impaciencia por oir las decla- 
ciones del presidente. Después de la alusión del 
hijo del Perinolo al asunto del periódico, todos 
ansiaban saber lo que había de cierto. Mientras 
Navarro disertaba, salió una voz de la cazuela 
gritando: 

— Que hable D. Rosendo. 

Y aunque el público castigó con un enérgico 
chicheo esta grosera interrupción, era unánime 
la opinión de que Nava/rro como orador «no te- 
nia condiciones.» 

Por fin el hombre notable de Sarrio, el porta- 
estandarte de todos los progresos, el ilustre pa- 
tricio D. Rosendo Belinchón, alzó su busto ma- 
jestuoso por encima de la mesa. 

(Silencio ¡chis chis! — Callarse, señores! — Aten* 
ciónü — ¡Por favor, un poco de atención! 



EL CUARTO PODER 



213 



Estos fueron los gritos que salieron de la mu- 
chedumbre, aunque nadie había osado mover un 
dedo siquiera. Tal era el afán de escuchar la pa- 
labra presidencial. 

Como todos los hombres de espíritu realmente 
elevado y de ingenio penetrante, D. Rosendo es- 
cribía mejor que hablaba. Sin embargo, su pala- 
bra reposada tenía un sello de grandeza que en 
vano se buscaría en los oradores que le habían 
precedido. 

Señores (pausa) doy las gracias (pausa) á todas 
las personas (pausa) que han acudido (pausa) es- 
ta tarde (pausa) á la reunión que he tenido el ho- 
nor de convocar (pausa mucho más larga duran- 
te la cual se suena con ruido). Tengo una verda- 
dera satisfacción (pausa) en ver reunidos en este 
sitio (pausa) á las personas más ilustradas de la 
villa (pausa) y á todos los que por uno ó por 
otro concepto valen y significan algo. 

(Bravo; muy bien, muy bien). 

Después de este exordio tan lisonjeramente 
acogido, manifestó el orador que lo que urgía 
en aquel momento era «levantar el nivel inte- 
lectual de Sarrio.» Después añadió que su pro- 
pósito al convocar este meeting no había sido 
otro que levantar este nivel. (Aplausos prolonga- 
dos.J Para llevar á cabo tal empresa se conside- 
raba sin fuerzas y méritos suficientes. (Sí, sí. 
Aplausos.) Pero contaba, creía contar al menos, 



214 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



con el auxilio poderoso de los muchos hombres 
de corazón y patriotismo, de inteligencia y de 
progreso que Sarrio encerraba. (Muestras de apro- 
bación.) El medio que creía más eficaz para ele- 
var á Sarrio á la altura que le correspondía, 
y hacerle rivalizar dignamente con otras villas, 
y aun ciudades marítimas de menos importancia, 
era la creación de un órgano que sostuviese sus 
intereses políticos,, morales y materiales... 

—Y señores (pausa) aunque todavía (pausa) no 
se hayan orillado todas las dificultades (pausa), 
tengo el gusto de manifestar á esta ilustrada 
Asamblea... (Atención, chis, chis. ¡Silencio!) que 
tal vez en el próximo mes de Agosto... (¡Bravo, 
bravo! ruidosos, frenéticos aplausos que interrum- 
pen al orador por algunos momentos.) Que tal vez 
en el próximo mes de Agosto (¡bravo, bravo! ¡si- 
lencio!) la villa de Sarrio contará con un perió- 
dico bisemanal. (Estrepitosos aplausos. Navarro 
arroja su sombrero de copa á la escena. Algunos 
otros espectadores siguen el ejemplo. Alvaro Peña y 
D. Feliciano Gómez se ocupan en recogerlos y vol- 
verlos d sus dueños. La fisonomía de D. Rosendo 
brilla con expresión augusta, y sus labios, al contraer- 
se con una sonrisa feliz, dejan ver las dos filas simé- 
tricas de sus dientes, testimonios elocuente de los pro- 
gresos odontálgicos.) 

— Á pesar de esas manifestaciones de cariño 
(pausa) que agradezco hasta el fondo del alma 



EL CUARTO PODER 



215 



(pausa) el orgullo no me ciega. La escasez de 
mis fuerzas (No, no), mi falta de ilustración (No, 
no; aplausos) hará que el órgano que funde no 
corresponda seguramente á las esperanzas del 
público. (Voces de varios sitios: Sí corresponderá. 
Tenemos confianza. Aplausos.) Pero si alguna vez 
(pausa) la falta de inteligencia (pausa) puede 
ser suplida por la fe y el entusiasmo, será cier- 
tamente ahora. Mi humilde pluma y mi modesta 
fortuna pertenecen al pueblo de Sarrio. (Mues- 
tras vehementes de aprobación.) 

El nuevo periódico, según el orador, tenía 
«una gran misión que cumplir.» Esta misión con- 
sistía en plantear las reformas, los progresos que 
la villa reclamaba. La necesidad de estas refor- 
mas y estos progresos «estaba en la conciencia 
de todo el mundo.» El mercado cubierto se ha- 
bía hecho absolutamente indispensable, la carre- 
tera á Rodillero era el anhelo constante de ambos 
pueblos; en cuanto al macero público D. Rosendo 
se preguntaba con sorpresa cómo la villa podía 
consentir que existiese un foco de inmundicia 
como el actual, que era «un verdadero padrón de 
ignominia.» 

Gabino Maza había estado escuchando con mar- 
cado desdén y disgusto desde su butaca, á cuan- 
tos habían hecho uso de la palabra. Revolvíase 
como si el asiento tuviese pinchos, y le venían ga- 
nas atroces de gritar á los oradores: «¡Burros' 



2l6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pollinos!» como acostumbraba á hacer en el Sa- 
loncillo, ó de fulminar contra ellos uno de esos 
sarcasmos feroces que levantan roncha. «Aque- 
llas payasadas» le habían revuelto la bilis. No 
era milagro, pues ya conocemos la gran virtud 
de segregación que el hígado del ex-marino po- 
seía. Respiraba con fuerza, sonreía sarcástica- 
mente, rechinaba los dientes y escupía á menu- 
do, mostrando de este modo su desaprobación á 
todo lo que se había dicho, lo que se estaba di- 
ciendo y lo que se había de decir. De vez en 
cuando, dejaba escapar algún ¡Bah! ó algún 
¡pouh! ó un ¡ta! y otras partículas no menos 
significativas. Por último, en mitad del discurso 
de D. Rosendo, ó porque nada pudiese oponer á 
su grave elocuencia, ó porque el ruido de los 
aplausos le exacerbase de un modo irresistible, 
es lo cierto que salió de la sala, y comenzó á 
dar paseos por delante de la puerta del teatro en 
un estado de agitación lamentable. A los pocos 
momentos, volvió á entrar y subió á la cazuela. 
Allí, oyendo á D. Rosendo tocar el punto del ma- 
tadero, pidió por favor á la plebe que le dejase 
paso y una vez en las primeras filas, gritó recia- 
mente: 

— ¡Aquí no se juega trigo limpio! 
Después, se retiró. 

No sabemos en qué consiste; pero es lo cierto, 
que siempre que en una reunión se insinúa por 



EL CUARTO PODER 



217 



alguno la idea más ó menos gratuita de que allí 
no se juega trigo limpio, tal afirmación produce 
efectos desastrosos. Esto es tanto más extraordi- 
nario, cuanto que por regla general, en las 
asambleas nadie lleva trigo en los bolsillos, ni lim- 
pio ni sucio: y si por casualidad alguno lo lleva- 
se, estoy seguro de que no le pasaría siquiera por 
el pensamiento jugar con él. 

D. Rosendo, al oir la frase, quedó repentina- 
mente mudo y pálido. Un fuerte murmullo de 
sorpresa corrió por todo el ámbito del teatro. Al- 
gunos gritaron: — ¡Fuera! — Otros dijeron: — ¡Chis 
chis! — y las miradas de todos, después de es- 
crutar las alturas de la cazuela, se dirigieron á la 
presidencia. D. Rosendo turbado aún, y con voz 
algo enronquecida, dijo: 

— Señores. Si con esas palabras se quiere ma- 
nifestar que yo, al convocar esta reunión he abri- 
gado algún pensamiento bastardo, mi delicadeza 
no me permite continuar en este sitio, y me re- 
tiro... 

— ¡No, no! ¡Que siga! ¡Viva el presidente! 

— Yo estoy seguro, señores — dijo el orador 
visiblemente conmovido, —de que el individuo que 
ha gritado no es vecino de Sarrio, no ha nacido 
en Sarrio, ¡no puede ser de Sarrio! 

Habiendo murmurado uno que el interruptor 
era de Nieva, se armó en el teatro terrible con- 
fusión y estruendo. Un grito formidable de: — 



2l8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



¡Mueran los mazaricos! ¡Viva Sarrio! — se eleva 
de todas partes. Hay que advertir que en Sarrio 
se llamaba á los habitantes de Nieva mazaricos á 
causa quizá, del gran número de pájaros de este 
nombre que allí suele haber, mientras los de Sa- 
rrio eran llamados en Nieva pinzones, por la mis- 
ma razón. 

Sosegados al fin los ánimos, D. Rosendo da 
las gracias y cede á las instancias del público. 

—Antes de ocupar otra vez este sitial (el pre- 
sidente se había retirado al fondo del escenario), 
debo manifestar que si ese papagayo... ó maza- 
rico (Risas) pretende arrancarme una declaración 
acerca del problema del macero público, no tengo 
inconveniente en hacerla, porque á mí no me due- 
len prendas. (Viva curiosidad. No se oye ana mosca 
volar.) Yo declaro solemnemente, señores, que 
el nuevo macero, en mi concepto, no debe em- 
plazarse en otro sitio que en la Escombrera. (In- 
mensa sensación). 

El orador termina con pocas palabras más su 
grandioso discurso, y levanta la sesión. Los es- 
pectadores salen del teatro medio asfixiados, tan- 
to por las múltiples emociones que en poco tiem- 
po habían experimentado, como por los treinta 
y ocho grados centígrados que había en el local. 



CAP. IX 



Historia de una lágrima 



FAp^k ST0 P asa ba e n las altas esferas. En los 
Jt^y dominios oscuros de la vida privada 
&líH ocurrían al mismo tiempo algunos su- 
cesos, que aunque no tan memorables, 
no dejaban de tener importancia para las perso- 
nas que en ellos intervinieron, 

Al día siguiente de la entrevista de Venturita 
y Gonzalo, que hemos narrado, éste no visitó la 
casa de su prometida: permaneció en la suya, fin- 
giéndose aquejado por un fuerte dolor de muelas: 
tal fué al menos la noticia que llegó hasta Cecilia 
por conducto de Elvira, la doncella, que había 
visto al criado de D. Melchor en la plaza. Al otro 
día, como no pareciese tampoco, la familia supu- 



220 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



so que aún seguía el dolor. Nadie dudaba más 
que Venturita y Valentina. La bordadora huía 
de tropezar con la mirada de la niña, quizá por 
no avergonzarla, ó porque ella misma se sintiese 
avergonzada sin saber por qué. Venturita estaba 
tan risueña como siempre. Cecilia, á quien sólo 
se le conocía el mal humor en que hablaba me- 
nos, sacó de su cómoda un elixir dentrífico, copió 
una oración á Santa Polonia que le habían dado, 
y llamando con misterio á Elvira, le dijo toda 
ruborizada: 

— Elvira, ¿quieres hacerme el favor de llevar 
este frasco y este papel al señorito Gonzalo? 
— ¿Ahora mismo? 

— Cuando puedas... Si ahora no tienes que 
hacer... Quisiera que no se enterasen... 

— Descuide V. señorita — respondió la moreni- 
ta pálida sonriendo con amabilidad; — nadie sabrá 
una palabra. Su mamá me va á mandar por al- 
midón, y á la vuelta ¡zás! me encajo allá. 

Al recibir Gonzalo el recado, sintióse acometi- 
do de punzantes remordimientos, y comenzó á 
pasear agitadamente por su cuarto. Tres ó cuatro 
veces estuvo á punto de tomar el sombrero y 
plantarse en casa de Belinchón, y dejar que las 
cosas siguiesen como habían comenzado. Los 
sentimientos honrados, bondadosos y compasivos 
que en su corazón existían; la voz de la razón 
que abogaba en defensa de Cecilia; el ángel, en 



EL CUARTO PODER 



221 



una palabra, que todo hombre lleva dentro de sí, 
le incitaba para que lo hiciese. La imagen gentil 
y graciosa de Venturita, presente al recuerdo; el 
fuego de sus ojos que aún le relampagueaba por 
el alma; el dulce contacto voluptuoso de sus ca- 
bellos de oro; el demonio, en fin, le retenía. Gon- 
zalo era un hombre sano de cuerpo, de músculos 
poderosos, rico de sangre, pero muy pobre de 
voluntad. Los diablos temen más á los tempe- 
ramentos exhaustos que á los opulentos como el 
suyo. La batalla que el demonio y el ángel libra- 
ron, no duró mucho tiempo: vino á decidirla en 
favor del primero un billetito de Ventura que 
Generosa, la otra doncella de la casa, le trajo. 
Decía así: No te impacientes. Hoy hablaré á mamá. 
Ten confianza en tu — Ventura. 

La mirada de la doncella al entregárselo, don- 
de creyó advertir á pesar de la sonrisa una tácita 
censura, le turbó un poco. Despidióla con larga 
propina, y al abrir después con mano trémula la 
carta, percibió el perfume de sándalo que Ven- 
turita usaba. Ofrecióse súbito á su imaginación 
la imagen hermosa provocativa de la niña, y re- 
movió las últimas fibras que en su sér aún no ha- 
bían vibrado. Acercóla á los labios, y embriagado 
y palpitante de deseo, la besó con frenesí repe- 
tidas veces. 

¡Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de 
papel que le venía á la mano, y sin cuidarse de 



222 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



guardarlo entre esencias, escribía á su novio con 
lápiz la mayoría de las veces. ¡Si las mujeres su- 
piesen la importancia de estos miserables porme- 
nores! 

Venturita había dado vueltas todo el día alre- 
dedor de su madre, esperando ocasión de hablar- 
la sin testigos. A la hora del crepúsculo, cuando 
las costureras se fueron, madre é hija quedaron 
al fin solas. Cecilia se había retirado á su cuarto 
dominada por la tristeza que había disimulado 
con trabajo durante el día. Doña Paula estaba 
sentada en una butaca con los ojos clavados en 
el balcón, recogiendo los últimos rayos de la luz 
moribunda, en una actitud melancólica y reflexi- 
va, poco frecuente en ella. Parecía presentir el 
disgusto que se cernía sobre su cabeza. Venturi- 
ta colocaba los bastidores en un rincón y los ta- 
paba con un lienzo, arreglaba las sillas y arras- 
traba la cesta de la costura á un lado para que 
no estorbase. 

— Avisa que traigan luz — dijo Doña Paula. 

— ¿Para qué? — respondió la niña sentándose 
en una silla baja á su lado. — Ya está todo arre- 
glado. 

Su madre volvió á entornar los ojos hacia el 
balcón y quedó en la misma actitud melancólica. 
Al cabo de unos momentos de silencio, Venturi- 
ta tomó su mano y la llevó con ternura á los la- 
bios. Doña Paula volvió la cabeza con sorpresa. 



EL CUARTO PODER 



223 



Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor 
le había dado este beso respetuoso. Sonrió con 
dulzura y tomándole la barba entre los dedos, le 
dijo: 

— ¿Estás contenta con el vestido? 
— Sí, mamá. 

— Te hace un cuerpo muy bonito; en cuanto 
le toquen un poco en el pecho, quedará que ni 
pintado.. 

La niña calló, y alzando los ojos al cabo de un 
instante le dijo, esforzándose en dar á su voz una 
inflexión segura: 

— Dime, mamá, ¿qué opinas de la retirada de 
Gonzalo? 

— ¡La retirada de Gonzalo! — exclamó la seño- 
ra volviendo con asombro la cabeza. — ¿Qué quie- 
res decir, criatura? 

— Sí, la retirada, porque á mí me consta que 
no está enfermo; ayer estuvo toda la noche ju- 
gando al billar en el café de la Marina. 

— ¡Bah, bah! ¿Tienes ganas de reirte? 

— No me río, mamá, hablo en serio. 

—¿Y quién te ha dicho á tí eso? 

— Lo sé por Nieves, que se lo dijo su her- 
mano. 

— Puede que le haya aliviado el dolor por la 
noche y saliese á esparcirse un poco. 

— Y entonces, ¿por qué no ha venido hoy? 
— Porque le habrá vuelto otra vez. 



224 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— No lo crea>, mamá... Ten la seguridad de 
que Gonzalo no quiere á Cecilia. 

— ¿Sabes lo que estás diciendo, necia? Hazme 
el favor de callarte, antes que me enfade. 

— Me callaré; pero las pruebas de cariño que 
está dando no son grandes. 

— ¡Tendría que ver eso! — dijo la señora vol- 
viéndose airada. — Si Gonzalo es mucho, Cecilia 
es más... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni 
el Príncipe de Asturias, ¿sabes?... Me enteraré de 
lo que acabas de decir, y si resulta cierto, ya to- 
maré yo mis medidas. 

Doña Paula era de natural bondadoso y tier- 
no, amiga de los pobres y generosa; pero tenía 
la altivez irreflexiva y la susceptibilidad exagera- 
da de las artesanas de Sarrio. 

— No, mamá, no se trata de eso. ¿Quién te ha 
dicho que Gonzalo desprecia á Cecilia? 

— Tú misma. ¿Por qué no la quiere entonces? 

Venturita se detuvo un instante, y respondió 
con firmeza: 

— Porque me quiere á mí. 

— Vamos — dijo la señora sonriendo. — Ya debí 
comprender desde el principio que era todo una 
broma. 

— No es broma, es la pura verdad... Y si quie- 
res convencerte, entérate... 

Sacó al mismo tiempo del pecho una carta que 
llevaba á prevención, y se la alargó. 



EL CUARTO PODER 



225 



Doña Paula se puso en pie vivamente, y gritó: 

— ¡Pronto!... ¡Una luz, pronto! 

Venturita tomó una caja de cerillas que había 
sobre el costurero, y encendió una. 

Madre é hija estaban pálidas. Aquélla arrimó 
la carta á la luz, y en cuanto leyó unos cuantos 
renglones, se dejó caer en la butaca, y clavando 
los ojos con expresión dolorosa en su hija, la 
dijo: 

— Ventura, ¿qué has hecho? 

— ¿Yo? Nada — respondió la niña tirando al 
suelo la cerilla que tocaba á su fin. 

— ¿Nada te parece, loca, impedir el matrimo- 
nio de tu hermana, engañarla miserablemente, 
dar un escándalo en la villa como nunca se habrá 
visto? 

— Yo no he hecho nada de eso. El fué quien 
se me declaró. ¿Es pecado dejarse querer? 

— En esta ocasión, sí — replicó con severidad 
la señora. — A la primera señal debiste advertir- 
me. Consentir que te hablase de otro modo que 
como una hermana, era hacer traición á tu 
hermana y hacerte á tí muy poco favor. 

— Pues ya está — replicó la niña en tono desde- 
ñoso. 

— Pues no estará — replicó Doña Paula con 
enojo y levantándose. — ¿Qué te has propuesto, 
vamos, di?... Mejor dicho, ¿qué os habéis pro- 
puesto? 

*5 



226 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Debes suponerlo. 

— Casaros, ¿verdad? — preguntó en tono sar- 
cástico. — ¡Qué equivocada estás!.. El matrimo- 
nio de tu hermana quedará deshecho... desde 
ahora mismo lo doy por deshecho... ¡pero lo que 
es tú, bien libre estás de casarte con Gonzalo!... 
ni de que éste ponga siquiera los piés más en 
casa... En primer lugar, tú eres una mocosa que 
debieras estar jugando con las muñecas y reci- 
biendo azotes... y aunque no lo fueras, ni tu pa- 
dre ni yo podíamos consentir que te casaras con 
un hombre que ha engañado miserablemente á 
tu hermana y nos ha engañado á todos... Lo 
menos que diría la gente es que estamos muertos 
por hacerle nuestro yerno. ¡Que se te quite, 
niña! 

— Pues que quieras ó no quieras — dijo Ventu- 
rita retrocediendo de espaldas hacia la puerta, — 
me casaré. 

Doña Paula quiso castigar la insolencia; pero 
la niña salió precipitadamente, sujetó la puerta, 
y entreabriéndola después, dijo con acento ra- 
bioso: 

— ¡Me casaré! ¡me casaré! ¡me casaré! 

Al dia siguiente, Gonzalo recibió una carta de 
ella, que decía: «Ayer hablé con mamá. Se ha 
enfadado mucho. Hoy hablaré otra vez, y espero 
que cederá. Ten confianza.» 

Y en efecto, aquella misma mañana madre é 



EL CUARTO PODER 



227 



hija volvían á tener habla en el cuarto de la úl- 
tima. Fué larga, y no sabemos lo que en ella 
pasó. Doña Paula salió al cabo de una hora con 
los ojos enrojecidos de llorar, llevándose la mano 
al corazón, del cual padecía á menudo, en direc- 
ción á su cuarto, y se acostó. Ventura salió en 
pos de ella, serena; pero pálida: llamó á Gene- 
rosa, su confidente, y le dio un recado para 
Gonzalo. Este, á las nueve de la noche, se pasea- 
ba por delante de la casa de Belinchón. Pocos 
minutos después, Venturita abría la ventana 
del escritorio, que estaba en la planta baja y tenía 
rejas. 

— Ya está todo arreglado — dijo en voz de fal- 
sete luego que el joven se hubo acercado. 

— ¿Cómo? ¿De veras? — preguntó éste con ale- 
gría. 

— ¡Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba 
furiosa. 

— Y tu papá. 

— Papá aún no sabe nada; pero cederá tam- 
bién... ¡Vaya si cederá!... La receta no puede 
ser más eficaz. 

— ¿Qué receta? 

— La que he empleado... La cosa se había 
puesto tan fea, que ya estaba resuelto que tú no 
volvieras más á casa: á mí me mandaba á Teja- 
da en castigo: ni súplicas ni razones valían de 
nada: estaba loca de ira: te llamaba infame y 



228 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



traidor: á mí, ¡figúrate cómo me pondría!... En- 
tonces no tuve más remedio que apelar al último 
recurso... por más que sea un poco fuerte — aña- 
dió en voz más baja y alterada. 

— ¿Qué recurso? — preguntó Gonzalo con cu- 
riosidad. 

Venturita guardó silencio algunos momentos, 
y al cabo respondió avergonzada: 

— Le dije... le dije que tú y yo no podíamos 
menos de casarnos ya. 

— ¿Pues? 

— Pues... pues... adivínalo — dijo la niña con 
impaciencia. 

En efecto, Gonzalo adivinó y experimentó una 
impresión de repugnancia y temor. Calló obsti- 
nadamente por algún tiempo. Venturita le pre- 
guntó al fin: 

—¿Te ha parecido mal? 

— Sí — contestó secamente. 

— Pues dispensa, chico... Mañana le diré que 
todo ha sido una mentira... y hemos concluido. 

— -Nada se adelanta ya. Lo que me parece 
mal no es el resultado, como debes comprender, 
sino que haya salido eso de tí. 

— Más pierdo yo que tú. 

— ¡Por lo mismo lo siento! 

— Bien, pues dale expresiones — replicó desa- 
bridamente levantándose del alféizar de la venta- 
na, donde estaba sentada. 



EL CUARTO PODER 



229 



Gonzalo alargó la mano por entre las rejas, y 
la retuvo por el vestido. 
— Espera. 
La tela crujió. 

— Ya me has roto el vestido, ¿lo ves? 
— Si no te disparases tan pronto... 
Y logrando cogerla por un brazo, la obligó á 
sentarse. 

— ¡Qué barbaridad! — exclamó la niña riendo. 
— Así deben hacerse el amor los osos. 

— ¿Me quieres? — preguntó Gonzalo riendo tam- 
bién. 

—No. 

—Sí. 

—No. 

— Dame la mano de amigo. 

La niña le alargó su blanca y primorosa mano, 
y el hercúleo mancebo la besó con pasión repeti- 
das veces. 

— Hasta mañana. Ya te daré noticias de lo que 
ocurra — dijo levantándose otra vez. 

Gonzalo se alejó, y á los cuatro pasos se le 
ocurrió que las noticias tenían que ser referentes 
al modo como Cecilia recibía la de su desleal 
conducta, y su frente se arrugó de nuevo con ex- 
presión dolorosa. 

A vueltas con esta preocupación cruzó distraí- 
do la Rúa Nueva, entró en la plaza de la Marina, 
siguió caminando por el muelle y se alargó has- 



23O ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ta la punta del Peón. La noche estaba serena y 
despejada. Las estrellas centelleaban en el fir- 
mamento cabrilleando en las aguas tranquilas de 
la bahía. La jarcia de los buques surtos en ella 
se destacaba con bastante claridad del fondo azul 
oscuro. Aún no había sonado el grito de «apaga- 
fogones, » y se notaban en ellos algunas luces y 
algún movimiento; los marineros, recostados 
sobre la obra muerta, departían antes de retirar- 
se al camarote. De vez en cuando, mirando ha- 
cia un gran vapor inglés anclado en el medio, 
gritaba uno: aAll righU exagerando la pronun- 
ciación: aall right,)) contestaban de un patache. 
El grito se iba repitiendo en todas las goletas, 
pataches y quechemarines. Era la broma que gas- 
taban con los ingleses que allí arribaban. Pero el 
gran vapor se mantenía silencioso, cabeceando 
flemáticamente con ese desprecio tan profundo 
que nadie mejor que un hijo de Albión sabe 
afectar. 

En la punta del Peón se tropezaba con tal 
cual paseante que tomaban el poco fresco que 
había. Era una de las noches más calurosas de 
Agosto. Gonzalo, atormentado por el calor y por 
la idea de su comprometida situación, se pasea- 
ba con el sombrero en la mano. Antes de llegar 
al término del malecón, percibió sobre el segun- 
do paredón una figura gigantesca. 

— Allí está mi tío — se dijo. 



EL CUARTO PODER 



231 



El viejo marino pasaba una gran parte de su 
existencia sobre aquel paredón, en íntimo colo- 
quio con el mar, su antiguo amigo y compañero. 
Para él no tenía secretos el terrible Océano, ora 
durmiese tranquilo en su inmenso lecho de are- 
na, ora despertarse furioso escupiendo al cielo 
sus espumas. Podía dar nuevas seguras y antici- 
padas de sus cóleras, de sus desmayos, de sus 
sonrisas, de sus más profundas palpitaciones. El 
monstruo le abría su seno líquido, como á un 
confindente leal, y le decía cuánto se aburría en 
su prisión de granito, y qué ganas le acometían 
á veces, presenciando las infamias de los hom- 
bres, de precipitarse sobre la tierra, y barrer de 
una vez éste asqueroso hormiguero. Y el buen 
caballero solía responderle, pensando en el cri- 
men que acaba de leer: 

— Tienes razón, camarada; yo, en tu caso, es 
posible que lo hiciera. 

Por nada en el mundo dejaría D. Melchor de 
dar sus paseos matutinos, vespertinos y noctur- 
nos por la punta del Peón. En vida de su mujer, 
cuando estaba acatarrado, veíase precisado á 
prescindir de estas visitas, y era lo que más le 
atormentaba. Ahora que, por desgracia, no te- 
nía quién le sujetase, acatarrado y todo salía. 

— Para los catarros, no hay nada como el aire 
libre del mar. 

Cuando de tarde en tarde se resentía del esto- 



232 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mago, bebía un par de vasos de salmuera, y que- 
daba arreglado. 

— No hay purga tan natural, tan eficaz é in- 
ofensiva como el agua del mar. 

En cierta ocasión adoleció de una pierna; dos 
úlceras le fueron corroyendo la carne, hasta de- 
jar descubierto el hueso; los médicos, no sólo da- 
ban por perdida la pierna, sino que temían por 
su vida. Desahuciado ya, tuvo la audacia de ha- 
cer que le llevasen á la playa y le bañasen. A 
los nueve baños, las úlceras estaban cerradas. 
Imagínese lo que pensaría después de esto, de la 
virtud curativa del mar. 

En cambio, tenía marcada ojeriza á los ríos. 
El aire del río le ponía ronco; la humedad le da- 
ba dolores de reuma; las nieblas le sofocaban y 
le ponían asmático. Eso de que el aire fuese en 
ellos «encallejonado», le inspiraba una aversión 
y un desprecio indecibles. 

D. Melchor dormía poco; se levantaba con es- 
trellas, y en cuanto se levantaba subía al mira- 
dor, escrutaba el cielo y el mar, y después de 
haber trazado en la cabeza un estado metereo- 
lógico provisional del día, bajaba á fijarlo defini- 
tivamente á la punta del Peón. Allí establecía de 
una vez si el viento era entablado ó simple vahaji- 
llo, si era francamente á la estrella ó se inclina- 
ba al cuarto cuadrante; si el semblante estaba 
calimoso ó cerrado; si la mar estaba picada ó de 



EL CUARTO PODER 



233 



leche; cuánto tiempo duraría todo esto; qué vien- 
to apuntaría al mediodía; si la mar sería gruesa 
á la tarde ó abonanzaría, etc. , etc. No podría 
tomar el chocolate si no hubiese hecho tales ob- 
servaciones. 

Y, en verdad, que aunque esto parezca una 
manía, téngola por menos insensata que la de 
levantarse de la cama para escrutar el rostro del 
vecino, si está limpio ó sucio, alegre ó aborras- 
cado, si come ó si ayuna, si duerme ó si vela, si 
huelga ó trabaja, cuánto tiempo permanece en 
casa, y qué rumbo toma cuando sale. 

Gonzalo subió al segundo paredón con un de- 
seo irresistible de desahogar el pecho, y poner á 
su tío al tanto de lo que ocurría; y eso que la 
condición brusca y severa de éste, no se amolda- 
ba muy bien á las confidencias amorosas: pero la 
ocasión era crítica y precisa. D. Melchor, que con 
el peso de los años solía doblar un poco el cuerpo 
hacia adelante, al ver acercarse un hombre á él, 
se irguió; porque era empeño el que tenía en que 
nadie advirtiese su decadencia y le diputasen por 
varón inexpugnable. 

— ¿Eres tú, Gonzalillo? 

— El mismo, tío. 

— ¡Milagro! A tí te gusta más ver rodar las bo- 
las de marfil que las olas. 

— No; hoy no he jugado al billar. Me encuen- 
tro triste, preocupado... y quisiera hablar con 



234 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



usted de un asunto serio, á ver qué me aconseja. 
D. Melchor le miró con sorpresa. 
— ¿Un asunto serio? 

— Sí... Vamos á ver, tío: ¿V. se casaría con 
una mujer á quien no quisiera? 

— ¡Qué pregunta! El matrimonio á mi edad es 
un barreno en los fondos, querido. 

— ¿Pero si fuese joven, se casaría?... 

— Jamás. 

— Pues bien, tío... Yo no quiero á Cecilia. 

— ¿Que no quieres á Cecilia? — exclamó estupe- 
facto el caballero. 

Hay que advertir que D. Melchor sentía un ca- 
riño ciego, casi adoración por la prometida de su 
sobrino. Para él aquella criatura era sagrada. 
Desde que Gonzalo se fijó en ella y él lo supo, la 
hizo objeto de una observación pertinaz lo mis- 
mo que si estuviese reconociendo el casco de un 
buque antes de arbolarlo. La halló buena, calla- 
da, inteligente y hacendosa, y sintió una intensa 
alegría amargada tan sólo por la noticia de que 
los novios no se irían á vivir con él. Visitaba po- 
co la casa de Belinchón, pero cuando tropezaba 
á la joven en la calle, nunca dejaba depararla, 
mostrándose tan galante y expresivo como jamás 
le había visto nadie. 

— ¿Que no la quieres? — repitió — ¿Y por qué no 
la quieres, zopenco? 

— No lo sé. — Hice esfuerzos sobrehumanos 



EL CUARTO PODER 



235 



por cobrarle amor, y no lo he conseguido. 

— ¿Y ahora te acuerdas de eso? ¿Un mes antes 
de casarte? Vamos, Gonzalo, á tí hay que darte 
una carena en la cabeza. 

— Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo 
no puedo resignarme á ser desgraciado toda la 
vida. 

— ¡Desgraciado! — Y llamas desgracia, grandísi- 
mo zarramplín, casarte con una joven tan buena 
y tan hermosa que no hay otra en Sarrio que le 
llegue á la suela de los zapatos? 

Gonzalo no pudo menos de sonreír. 

— Cecilia es una buena muchacha, digna de 
casarse con un hombre mejor que yo... pero her- 
mosa, tío... 

— ¡Hermosa, sí, hermosa, majadero! — excla- 
mó furioso el señor délas Cuevas. — ¿Serás capaz 
de poner tachas á un ángel? 

El veterano estaba (aunque la afirmación cau- 
se asombro) en la edad en que mejor se siente 
la poesía de la mujer, que es la exquisita sensi- 
bilidad, la resignación, la dulzura, el sacrificio y 
no la efímera disposición de la forma, como juzga 
la impetuosa y desapoderada juventud. 

— No riñamos por eso. 

— Sí reñiremos... No quiero que vuelvas á ha- 
blarme de Cecilia de ese modo... ¡Vaya, vaya! 

— Bien; pues confieso que Cecilia es una chica 
muy linda... pero... 



236 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Pero qué? 

— Pero yo no puedo quererla... porque ya quie- 
ro á otra. 

— ¿Qué mil diablos estás diciendo ahí, mucha- 
cho? — profirió D. Melchor sujetando por el brazo 
á su sobrino y sacudiéndole. 

— No puedo remediarlo, tío: estoy enamorado 
hasta el cogote de su hermana Ventura. 

— ¿Estás en tu juicio ó entre dos aguas, rapaz? 

— Hablo en serio... — La quiero, y ella me 
quiere. 

— ¿Y crees que con eso está dicho todo? — dijo 
el anciano cada vez más irritado. — ¿Crees que 
así se puede faltar á un compromiso sagrado? 
¿Crees que así se puede dejar á una joven expues- 
ta á la burla de la población? ¿Crees que habrá 
padres que autoricen semejante infamia? 

— Tío — respondió Gonzalo suavemente, — antes 
de atreverme á decirle á V. lo que acaba de oir, 
han ocurrido cosas que me obligaban á dar este 
paso. Mis relaciones con Venturita son formales: 
su madre las conoce y las ha autorizado, y á es- 
tas horas también su padre debe tener noticia 
de ellas. 

— ¿Y las autorizará? 

— Estoy seguro de ello. 

D. Melchor dejó el brazo de su sobrino que te- 
nía cogido, y se llevó la mano á la frente. Estuvo 
un rato largo sin hablar. 



EL CUARTO PODER 



237 



Al cabo dijo con palabra lenta y acento melan- 
cólico : 

— Bien está... Yo nada puedo hacer para evi- 
tar esa vergüenza... ¡porque es una vergüen- 
za! — añadió con energía. — Eres mayor de edad, 
y aunque no lo fueses, en estos asuntos no inter- 
vendría jamás. 

— ¿Se enfada V.? 

— Tampoco cabe aquí el enfadarse. Lo siento 
únicamente, lo siento por ella, pues he llega- 
do á cobrarla cariño... y lo siento aún más 
por tí, Gonzalo. Al hombre que falta á su pala- 
bra, no puede ayudarle Dios... Estabas ya á bor- 
do de un barco seguro, de porte, de madera blan- 
ca bien sangrada, con los fondos forrados, los ár- 
boles recios y el aparejo limpio y sencillo, y lo 
dejas para embarcarte en otro más ligero y ga- 
lán... Buen provecho te haga; pero ten en cuen- 
ta, hijo, que el viaje es largo, la mar ancha y 
brava; lo que ahora es bonanza, en un instante 
se convierte en marejada de leva; el viento no 
siempre fresquito, y cuando arrecia, se pone pe- 
sado de veras: entonces no valen primores en la 
arboladura ni pinturas en las bandas, sino made- 
ra, mucha madera. Dame quillas y te daré mi- 
llas. De poco vale salir empavesado del puerto 
si el casco no puede con el aparejo... Ya sabes 
que Cecilia me gustaba... Siento mucho no poder 
decirte lo mismo de su hermana... Esto no es 



238 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



hablar contra ella: ni la conozco bastante, ni á 
mí me corresponde hacerlo; pero puedo y debo 
decirte mis sentimientos, aunque no hagas caso 
de ellos... 
— ¡Oh> tío!... 

— Nada, nada, querido: cuando á un mucha- 
cho le cae sobre la cabeza un suestazo de estos, 
es menester arriar de salto las escotas y dejarle 
navegar á bolina desahogada. Tú estás requema- 
do al parecer... bueno, pues refréscate... Pero 
ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni 
obras como caballero. 

—¡Tío! 

— Más claro que yo, el agua, querido. Si has 
logrado vencer la resistencia de los padres, y si 
has salvado las dificultades, no lograrás por eso 
hacer de lo blanco negro, ni convertir una mala 
acción en buena... Pica, pica los cables y larga 
vela. Yo soy viejo ya, y tengo esperanza de no 
verte correr los temporales que sobre tí han de 
caer... Pero si Dios quisiera darme ese castigo, 
si algún día, por mis pecados, te viese corriendo 
á palo seco y bebiendo agua por las bordas... 
sentiré, hijo mío, no tener fuerzas ya para tirarte 
un cabo. 

La voz del anciano se había conmovido al pro- 
nunciar estas últimas palabras. Gonzalo sintió 
apretársele el corazón. Guardaron silencio obsti- 
nado un buen rato. Al cabo D. Melchor dijo: 



EL CUARTO PODER 



¿39 



— ¿Vienes á cenar, Gonzalito? 
— Ahora no tengo apetito, tío; allá iré un poco 
más tarde. 

—Bien, pues hasta ahora — pronunció triste- 
mente el señor de las Cuevas. 

Y se alejó lentamente en dirección de tierra, 
perdiéndose á poco entre las sombras. 

Gonzalo quedó como estaba, de bruces sobre 
el pretil del paredón, contemplando el mar que 
lo batía suavemente. Las olas, después de cho- 
car en la piedra con leve y hueco estampido, re- 
trocedían corriendo sobre las otras, y producían 
un rumor semejante al de una cortina que se des- 
pliega: de sus espumas brotaba claridad fosfores- 
cente acusando la presencia de los millones de mi- 
llones de seres que allí habitan, con el mismo so- 
siego que nosotros en la tierra, á pesar de su ver- 
tiginosa marcha por los espacios. El monstruo 
dormía debajo del manto oscuro de la noche, 
tranquilo y feliz como un niño, á quien no agitan 
tristes ensueños. Apenas se percibía el blando 
soplo de su respiración en las concavidades de 
las peñas. Hacia el Poniente alzábase la negra 
silueta del cabo de San Lorenzo que avanzaba 
mar adentro buen trecho, y en su extremidad un 
faro movible desparramaba á intervalos iguales 
sus luces, ora blancas, ora verdes, ora rojizas. 
En el firmamento brillaban las estrellas con fulgor 
extraordinario; hasta los innumerables soles de 



24O ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la vía láctea dejaban caer como nunca su blanca 
luz sobre la húmeda llanura Júpiter relampa- 
gueaba en el cielo como el dios de la noche , 
rompiendo la oscuridad con sus hermosos rayos 
anaranjados. 

De pronto cambió la decoración. Allá hacia 
Levante el pálido semicírculo de la luna asomó 
su cuerno superior sobre las aguas dormidas; una 
estela de luz corrió vivamente sobre ellas infla- 
mándolas. El lucero divino recogió sus rayos 
con galantería, ante la luz serena de la diosa que 
empezó á levantarse lenta y majestuosamente, 
eclipsando los diamantes de todos tamaños que 
en torno suyo lucían. Alzábase en medio de una 
atmósfera radiante y espléndida, dibujando sobre 
ella sus graciosos contornos y esparciendo por el 
ambiente balsámico influjo. Y el Océano que 
dócil á él va y viene sin cesar desde el princi- 
pio del mundo, se encendió en pura llama, tem- 
bló su vasto seno inflamado, y arrojó sus aguas á 
las peñas de Santa María como enormes capas 
de mercurio que al retirarse se sobreponían á 
otras y se fundían con ellas. 

Reinaba silencio sublime, un recogimiento de 
suavidad inefable en aquella escena tan vieja y 
tan nueva á la vez. La naturaleza parecía sus- 
pender su curso para escuchar la eterna armonía 
de los cielos. 

Las olas se acariciaban blandamente sin osar 



EL CUARTO PODER 



24I 



interrumpir con ruidosos juegos la augusta se- 
renidad de la noche. 

Gonzalo, á pesar de la viva inquietud en que 
conversación con su tío le dejara, sintió la fas- 
cinación de aquelmar, de aquel cielo, de aquella 
luna, y su agitación se fué transformando en tris- 
teza. Las severas palabras del viejo marino ha- 
bían despertado á latigazos su conciencia; re- 
nació con más furia que antes la lucha entre el 
ángel y el demonio. Una vez estuvo aquél á pun- 
to de vencer. El joven imaginó presentarse al 
día siguiente en casa de Belinchón, hablar con 
Doña Paula y rogarla que no dijese nada á Ce- 
cilia y apresurase el matrimonio. Pero al instan- 
te se le ofreció á la mente la imagen de Ventu- 
rita, y pensó que le sería imposible vivir al lado 
de ella sin padecer horribles tormentos. Enton- 
ces, como acaece casi siempre en estas luchas, 
vino el período de las transacciones. — Nada, lo 
mejor — se dijo — es huir, marcharse otra vez á 
Francia ó Inglaterra, y no casarse con una ni con 
otra. De este modo no hay traición. La herida 
que causo á Cecilia se cicatrizará pronto. Hallará 
un marido que valga más que yo, y cuando vuel- 
va al cabo de algunos años, probablemente la 
encontraré feliz y rodeada de hijos... 

Pero... ¡pero huir de Ventura! ¡Huir de aque- 
lla imagen radiante de felicidad! ¡No escuchar 
más su voz que causaba en el alma delicias in- 

16 



242 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



comprensibles! ¡No sentir el dulce contacto de 
su mano fresca y maciza como un botón de rosa! 
¡Alejarse de sus ojos brillantes y risueños y mag- 
néticos!... ¡Oh, no! 

Sentía la frente bañada en sudor. Una mortal 
congoja le acometió pensando en esto, como si 
ya la decisión estuviese tomada, y para salir de 
ella tuvo que decirse: « — Ya veremos, ya vere- 
mos... Ahora es muy difícil, casi imposible, vol- 
verse atrás... La madre ya lo sabe... D. Rosendo 
también... y Cecilia á estas horas acaso... 

El ángel aflojó sus brazos, cansados ya, des- 
prendió las manos y cayó al fin rendido. Si no 
con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los 
ojos del espíritu su blanca imagen cruzar la at- 
mósfera serena y hundirse en las aguas resplan- 
decientes. 

Y lloró acometido de extraña tristeza. Esta 
clase de luchas nunca se efectúan en el alma hu- 
mana sin desgarrarla por algún sitio. Para al- 
canzar la dicha necesitaba pisar el corazón de 
una inocente joven, violar un juramento, ser un 
traidor. Las palabras de su tío vibraban aún en 
sus oídos: « — Al hombre que falta á su palabra 
no puede ayudarle Dios.» Y, en efecto, él se con- 
sideraba indigno de esta ayuda: un presentimien- 
to cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de 
tristeza, le atravesó el pecho, y en intensa y rá- 
pida visión observó la fealdad de la vida sin vir- 



EL CUARTO PODER 



243 



tud ni sosiego, como el caballero de la leyenda 
que, abrazado á una dama joven y hermosa, 
al oscilar la luz por la fuerza del Viento la 
veía transformada en vieja, descarnada y he- 
dionda. 

Las aguas batían suavemente el paredón á sus 
piés. Con los ojos clavados en ellas seguía dis- 
traído su movimiento ondulante. Las algas, suje- 
tas al fondo, se agitaban con el vaivén de las 
olas semejando la cabellera de un muerto. ¡Qué 
bien se dormiría allá abajo! ¡Qué paz en aquel 
fondo transparente! ¡Qué mágica luz arriba! Gon- 
zalo escuchó por primera vez en su vida la voz 
elocuente de la naturaleza que invita á reposar 
en su seno maternal, esa voz dulce de irresistible 
atractivo que los desgraciados escuchan hasta en 
sueños, y que les impulsa tantas veces á acercar 
el frío cañón de una pistola á la sién. 

Fué un instante no más. Su feliz tempera- 
mento sanguíneo se rebeló contra ese llamamien- 
to; la vida, que hervía exuberante en su natura- 
leza de atleta, rechazó con indignación aquel 
fugaz pensamiento de muerte. Un suceso insigni- 
ficante, la aparición de una lucecita verde en los 
confines del horizonte, bastó para divertir su 
imaginación de aquellas ideas tristes. « — Un bar- 
co que quiere entrar — se dijo. — ¿Qué hora será?» 
(Sacó el reloj.) ¡Las diez y media ya! Si fuese un 
poco más temprano, me quedaría. Vamos á ver 



244 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



si aún está esa gente en el café y quiere jugar 
unos chapos. 

Sacó un magnífico cigarro habano de la peta- 
ca, lo encendió, y chupándolo voluptuosamente, 
se fué acercando poco á poco, al café de la Ma- 
rina. 

Casi á la misma hora pasaba en casa de Be- 
linchón una escena triste. Todo aquel día había 
estado Doña Paula en su lecho, quejándose de 
una fuerte opresión en el lado izquierdo, que le 
dificultaba mucho el respirar. No le gustaba lla- 
mar al médico, por esa antipatía invencible y 
aun terror que tiene la plebe á la ciencia; pero 
en cambio acostumbraba á propinarse cuantos 
remedios absurdos le aconsejaban las muchas 
mujerucas que acudían diariamente á su casa 
para sacarle los cuartos con viles é hiperbólicas 
adulaciones. Así, que no cesaron las fricciones 
de sebo de carnero, las tazas de hortelana, la 
enjundia de gallina, etc., etc. Por fin, á despe- 
cho de esta formidable terapéutica, la buena se- 
ñora mejoró bastante al oscurecer, y hasta quiso 
levantarse; pero se lo impidieron Cecilia y Pa- 
blito. Uno y otra la habían acompañado largos 
ratos sentados á la cabecera de la cama; en par- 
ticular Cecilia apenas se separó más instantes 
que los necesarios para preparar las unturas y 
tisanas. Pablito hacía frecuentes excursiones á 
los corredores, donde, por rara casualidad, tro- 



EL CUARTO PODER 



245 



pezaba casi siempre á Nieves y la hacía pagar 
derechos de peaje. A veces, sus carcajadas re- 
primidas llegaban hasta el cuarto de la enferma, 
y ésta sonreía con benevolencia diciendo á Ce- 
cilia: 

— ¡Qué locos! 

Sin ocurrírsele, por supuesto, que su adorado 
hijo pudiera hacer otra cosa que jugar al es- 
condite. 

Según iba quedando libre y desembarazado 
su pecho, cargábasele la cabeza con el cuidado 
de comunicar á su hija aquella tan triste noticia 
que la había puesto en cama. No hacía más que 
dirigirle largas y melancólicas miradas, suspiran- 
do al mismo tiempo con señales de dolor. Varias 
veces había dicho: 

— Cecilia, oye. 

Y otras tantas, arrepentida, la había ordenado 
cualquier menudencia. 

Había cerrado la noche. Venturita encendió la 
lámpara veladora, y después se fué. Pablo, vien- 
do á su madre mejor, y no teniendo ya ocasión 
de ejercer sus derechos señoriales en los pasillos 
de la casa, fué á dar una vuelta por el café. Que- 
daron madre é hija en la alcoba; la primera en 
la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca 
de ella. Después de un rato largo de silencio, 
durante el cual la señora de Belinchón dio mil 
vueltas en su cabeza para hallar una entrada que 



246 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la llevase naturalmente á la confidencia que es- 
taba obligada á hacer. 

— ¿Han cosido mucho hoy las chicas? — pre- 
guntó. 

— No sé... Apenas he ido por allá — respondió 
Cecilia. 

— Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, 
vamos á concluir demasiado pronto. 
— Puede ser. 

Doña Paula no supo cómo continuar, y guardó 
silencio. 

Al cabo de algunos minutos cogió el hilo de 
nuevo. 

— En todo este mes de Agosto quedará termi- 
nado el equipo... Y yo creo que tardaréis aún al- 
gunos meses en casaros. 

— ¿Algunos meses?... 

— Me parece... Creo que Gonzalo no desea 
que la ceremonia sea tan pronto — dijo la señora 
con voz temblorosa. 

— ¿Te lo ha dicho él? 

— Sí; me lo ha dicho... Digo, no, decírmelo, 
no... pero lo he adivinado por ciertas cosas... 
por algunas palabras indirectas... 

Doña Paula estaba aturdida y sofocada. Afor- 
tunadamente, Cecilia no podía observar bien el 
color encendido de sus mejillas. 

— Desearía saber qué palabras fueron esas — 
manifestó la joven con firmeza. 



EL CUARTO PODER 



247 



— ¡No me lo preguntes, hija de mi alma! — 
exclamó la señora rompiendo á sollozar. 

Cecilia se puso fuertemente pálida, y dejó que 
su madre le besase con efusión la mano que te- 
nía entre las suyas. 

Repuesta del susto, preguntó: 

— ¿Qué ha pasado, mamá?... Habla. 

— Una cosa horrible, alma mía... ¡Una infa- 
mia!... Quisiera morirme en este momento, para 
no ver la ruindad, la maldad que se hace con una 
hija mía. 

— Tranquilízate, mamá; estás enferma, y pue- 
de hacerte mucho daño esta emoción. 

— ¡Qué importa! Te digo que quisiera morir- 
me... Daría con gusto la vida por que no quisie- 
ras á Gonzalo... ¿Le quieres, corazón mío, le 
quieres mucho?... 

Cecilia no contestó. 

— ¡Dime, por Dios, que no le quieres! 

Cecilia siguió callada; al cabo de unos instan- 
tes dijo, esforzándose en vano por dar una in- 
flexión segura á la voz: 

— Gonzalo renuncia á casarse conmigo, ¿verdad? 

A su vez Doña Paula guardó silencio y ocultó 
su rostro lloroso entre las manos. 

Transcurrieron algunos instantes. 

— ¿Tiene alguna queja de mí? 

— ¡Qué ha de tener! ¿Quién podrá tener queja 
de tí, mi cordera? 



248 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Entonces, si es que ya no le gusto ó no me 
quiere, ¿qué vamos á hacer?... Más vale que me 
desengañe á tiempo. 

— ¡Oh! — gritó Doña Paula rompiendo de nuevo 
á sollozar.; — Bajo la aparente resignación de su 
hija adivinaba un dolor profundo, que hacía es- 
fuerzos por ocultarse. 

— ¡Qué le vamos á hacer, mamá! ¿Nóvale más 
que me lo diga ahora que después de casados? 
¿No comprendes la vida de tormentos que pasaría 
unido á una mujer á quien no quisiera?... La 
pena que puede causarme en este momento, por 
grande que sea, no puede compararse á la que 
tendría al saber que mi marido no me amaba. 
La pena entonces sería cada vez mayor hasta la 
muerte, mientras que ahora puede desaparecer ó 
por lo menos calmarse... Acaso después que él 
se vaya, no viéndole en mucho tiempo le iré olvi- 
dando poco á poco... 

— Es... que no se va — profirió confusamente la 
señora. 

— Si no se va, paciencia... procuraré no salir 
de casa, y así no le veré. 

— Es que... ¡hija de mi alma, tu desgracia es 
aún mucho mayor!... Gonzalo está enamorado de 
tu hermana. 

Cecilia se puso aún más pálida, hasta dar en lí- 
vida, y guardó silencio. 

Su madre le volvió á besar la mano con efu- 



EL CUARTO PODER 



249 



sión; después la trajo hacia sí y le cubrió de be- 
sos el rostro. 

— Perdóname que te esté martirizando de este 
modo... Por mucho que tú sufras, aún sufro yo 
más. . . Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino á 
decir... Figúrate el susto y el dolor que habré re- 
cibido... Mi primer impulso fué ahogarla, porque 
es imposible que ella no tenga la mayor parte de 
la culpa... Me dio pruebas de que estaban ya hace 
tiempo en relaciones, me enseñó cartas... luego, 
la falta de Gonzalo en estos días, lo hacía todo 
muy creíble. En cuanto estuve convencida de la 
traición, le dije lo que venía al caso, esto es, que 
yo no podía consentir que nadie hiciese burla de 
una hija mía, y que Gonzalo no pondría más los 
piés en esta casa en toda su vida; que tan villano 
y tan infame era él como ella... todo lo que se 
me vino á la boca. Pero esta mañana... esta ma- 
ñana supe una cosa más horrible todavía... supe 
que tu hermana ha llegado donde no puedo ni 
quiero decirte. No hay más remedio que casarlos, 
y cuanto más pronto... Ya sabes por qué me ha 
dado esta opresión que por poco me mata ¡y más 
valiera que así fuese!... Lo mismo tu padre que 
yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. 
Si no fuese así, antes que consentir en ese matri- 
monio, me harían primero pedazos... La infamia 
que contigo ha usado ese hombre, me lo hace 
aborrecible ya para toda la vida... ¡Sí, sí, para 



250 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



toda la vida! — añadió con acento iracundo. 

Cecilia no respondió: cruzadas las manos sobre 
el regazo, y la cabeza inclinada sobre el pecho, 
miraba al suelo con ojos atónitos. Ni el discurso 
entrecortado y vehemente de su madre, ni los so- 
llozos que le siguieron, lograron hacerla variar 
de actitud. Así permaneció un buen rato, inmó- 
vil y blanca como una estatua. 

En aquellos grandes ojos estáticos, tembló al 
fin una lágrima, creció, vaciló... desprendióse 
rodando, dejando húmedo surco sobre sus meji- 
llas marchitas, y cayó como una gota de fuego 
sobre su mano, que se dejó quemar sin moverse. 
Poco después, se había evaporado. Un ángel la 
recogió y la llevó á Dios para que pidiese cuenta 
de ella á quien correspondiese. 



CAP. X 



De la gloriosa aparición de "El Faro de Sa- 
rrio" en el estadio de la prensa. — Primeros 
fuegos de la batalla del pensamiento 



j N A nueva y clara luz amanecía sobre 
Sarrio, después de tantas tinieblas. Por 
la merced y gracia singular de Dios, 
hallóse la hermosa villa provista, cuan- 
do menos lo pensaba, de un órgano en la prensa, 
siquiera fuese semanal ó ((hebdomadario,» según 
decía su ilustre fundador. Graves obstáculos, es- 
collos peligrosos se oponían á la realización de 
la empresa; pero todos supo vencerlos y evitar- 
los la perseverancia y el genio del hombre ex- 
traordinario que la tomara á su cargo. La primer 
dificultad vencida fué la del dinero. Se crearon 
cincuenta acciones de mil reales cada una, para 




252 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



el sostenimiento del periódico, de las cuales los 
amigos de D. Rosendo sólo tomaron nueve; don 
Rudesindo cinco, D. Feliciano dos y D. Pedro 
Miranda, á pesar de su cuantiosa renta, otras 
dos nada más. En cuanto á los otros, Alvaro 
Peña, D. Rufo, Navarro, etc., se disculparon 
con su falta de recursos, y no les faltaba razón; 
además, ponían en el negocio su inteligencia, 
que es lo principal. Quedóse con las cuarenta y 
una restantes, D. Rosendo; grandeza singular 
de ánimo que causó excelente impresión en todos. 

Despacháronse emisarios á Lancia en busca 
de imprenta; mas no habiendo dado resultado 
sus gestiones, el mismo fundador se trasladó á 
la ciudad. Al cabo de algunos días tuvo la for- 
tuna de descubrir á un impresor arruinado hacía 
algunos años, cuyos tórculos rotos y enmoheci- 
dos no había querido comprar nadie y yacían cu- 
biertos de polvo en un oscuro sótano. Cuando 
D. Rosendo fué á examinarlos en compañía de 
su dueño, no pudo menos de sentir respetuosa 
emoción, y un raudal de graves y profundas re- 
flexiones se desprendió acto continuo de su men- 
te al contemplarlos: « — Hé aquí — se dijo — los 
instrumentos más poderosos del progreso humano 
en vergonzosa holganza, no por culpa suya, 
sino por el abandono de los hombres. ¡Cuánta 
ilustración, cuánto pan espiritual pudieron es- 
parcir en los años que llevan arrinconados y si- 



EL CUARTO PODER 



253 



lenciosos! Mientras la barbarie y la ignorancia 
imperan en la mayor parte de nuestras comarcas, 
ellos, que son los únicos que tienen fuerza para 
desterrarlas, permanecían aquí inmóviles, faltos 
de una mano que los empuje y arranque de sus 
entrañas los secretos de la ciencia y la política.» 

Poco faltó para que los besara y abrazara tier- 
namente. El impresor, hallándole en tan bené- 
vola disposición de ánimo respecto de ellos, no 
quiso ser menos, y se declaró enamorado hasta 
los huesos de sus instrumentos: por ningún dinero 
consentiría en desprenderse de aquellos antiguos 
compañeros que le habían ayudado á ganarse el 
pan (y el vino también, según lo que se decía 
por el pueblo). Cantó sus excelencias con tal fue- 
go y entusiasmo, como si fueran sus padres y 
sus hermanos y á ellos debiera el soplo de vida 
que le animaba, é hizo además la importante de- 
claración de que imprimían, si no tan pronto, 
mejor y más limpio que todas las prensas co- 
nocidas hasta el día. De acuerdo con estos ex- 
tremos, D. Rosendo se esforzó, no obstante, en 
convencerle de que debía enajenarlos siquiera 
porque no se perdiesen sus notabilísimas cualida- 
des; pero cuanto más elocuente se mostraba el 
negociante, más tierno y encariñado aparecía 
el impresor. Por último, se convino en que éste 
no se desprendiese de aquellas prendas tan caras 
á su corazón, ya que no tenía valor para llevarlo 



254 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á cabo, y se trasladase con ellas á Sarrio, donde 
se establecerían definitivamente. Llevaría consigo 
algunos cajistas que pudiesen enseñar á otros jó- 
venes de la villa, y todos los enseres necesarios 
para montar la imprenta. Folgueras, que así se 
llamaba el impresor arruinado, quedaba como 
dueño y regente de ella, y cobraría por la tirada 
del nuevo periódico un tanto, mayor dos veces, 
según nuestros cálculos, á lo que cobran en las 
mejores imprentas de Madrid. No era mucho si 
se tiene en cuenta el mérito de los tórculos y el 
acendrado amor que les profesaba. 

El título fué uno de los puntos en que mejor 
se mostró el gallardo ingenio é invención de don 
Rosendo. Intitulólo El Faro de Sarrio, nombre 
altamente expresivo y sonoro, y de alcance sin- 
gular, por cuanto no otra cosa se proponía su 
fundador que esclarecer á su pueblo y darle es- 
plendor. Secretamente encargó á Madrid un gra- 
bado para la cabeza del periódico, y al llegar 
pocos días después, causó espasmos de alegría, 
tanto entre los accionistas como entre todos los 
que tuvieron la fortuna de verle. Representaba 
un puerto de mar, Sarrio al parecer, en las altas 
horas de la noche, á juzgar por las negras tintas 
del cielo y el mar: á la izquierda se elevaba una 
altísima montaña ideal que lo dominaba entera- 
mente, y sobre ella se veía un caballero que guar- 
daba cierto parecido lejano con D. Rosendo, di- 



EL CUARTO PODER 



255 



rigiendo los fuegos de una inmensa linterna sobre 
la villa: cerca de él percibíanse las cabezas de 
otros cuantos personajes: los accionistas creyeron 
de buena fe que eran sus efigies, y quedaron vi- 
vamente agradecidos al dibujante. 

Fué designado como local para la imprenta 
un almacén de D. Rudesindo, pagándole la ren- 
ta, por supuesto, y á la redacción se destinó en 
el mismo local un compartimiento, para lo cual 
hubo que ejecutar algunas obras. Montóse al fin 
la imprenta, no sin muchos é impensados gastos, 
pues Folgueras, que decía estar provisto de todo 
lo necesario, no tenía nada, y fué preciso encar- 
gar á Madrid fundiciones y piezas que faltaban 
á la prensa, construir galerines, comprar me- 
sas, etc., etc. Al fin todo quedó arreglado: Don 
Rosendo trabajaba como un negro, ocupándose 
hasta en los más ínfimos pormenores; su talento 
organizador se reveló en esta ocasión mejor que 
nunca. Se nombró redactor en jefe á Sinforoso 
Suárez, con un sueldo de veinticinco duros men- 
suales, y administrador al hijo primero de don 
Rufo. 

Faltaba el papel. Se había telegrafiado á Ma- 
drid pidiendo una remesa, y no acababa de lle- 
gar. La impaciencia de Belinchón era grande: 
telegramas iban y venían por los alambres eléc- 
tricos. Unas veces se decía que estaba detenido 
en Lancia: telegrama á Lancia reclamándolo. 



256 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Otras, que no había pasado de Valladolid: tele- 
grama á Valladolid. Otras, que no había salido 
de Madrid: telegrama á Madrid. D. Rosendo juró 
en esta ocasión que no encargaría más papel á 
Madrid, y sí lo haría traer de Bélgica. Mas lo 
que fué motivo de disgusto convirtióse en placer 
intenso, como sucede siempre, cuando al cabo 
se les participó que unos cuantos fardos habían 
llegado á Lancia, y que allí esperaban el carro 
que había de traerlos á su destino. Como el pe- 
riódico estaba ya compuesto hacía días, proce- 
dióse inmediatamente á la tirada, que había de 
ser cuantiosa, porque D. Rosendo pretendía es- 
parcirlo profusamente por la provincia, enviarlo 
á todas las de España, y hasta darlo á conocer 
en las naciones extranjeras. Tanto aquél como 
sus socios asistieron con interés al acto de fun- 
cionar la máquina, y no se cansaron de admirar 
su complicado rodaje, la singular precisión de sus 
movimientos, y la pasmosa velocidad con que 
imprimía el periódico, pues no bajaban de dos- 
cientos los ejemplares que dejaba enteramente 
concluidos en una hora. Su ilustre fundador, no 
pudiendo reprimir el fuego periodístico que le 
devoraba, se despojó á presencia de todos de la 
levita y se puso á dar con energía al manubrio 
de la rueda- volante, hasta que el sudor brotó en 
abundancia de su despejada frente. Ejemplo se- 
ñalado de entusiasmo y amor á la civilización, 



EL CUARTO PODER 



¿57 



que nos complacemos en referir para enseñanza 
de las nuevas generaciones. 

Salió al fin El Faro de Sarrio en gran tamaño, 
porque su fundador no quería que se escatimase 
papel, y bastante bien impreso: lo único que apa- 
reció borroso fué el grabado de la cabecera, has- 
ta el punto de que la mayoría del público quedó 
convencido de que en el individuo que tenía la 
linterna en la mano, se quería representar un ne- 
gro en vez de la respetable persona que ya he- 
mos indicado. Contenía un artículo de fondo im- 
preso en letra grande del doce, titulado Nuestros 
propósitos. Aunque estaba firmado por La Redac- 
ción era debido únicamente á la pluma de D. Ro- 
sendo. Los propósitos del Faro «al aparecer en 
el estadio de la prensa,» eran principalmente de- 
fender «alta la adarga y calada la visera,» los in- 
tereses morales y materiales de Sarrio, combatir 
la ignorancia «en todas sus manifestaciones» y en 
las batallas ardientes de la prensa, luchar sin des- 
canso por el triunfo .de las reformas que el pro- 
greso de los tiempos exigía. La redacción del 
Faro creía que «había sonado la hora de romper 
definitivamente con las doctrinas del pasado.» Sa- 
rrio deseaba con afán emanciparse de la rutina y 
y de las ideas mezquinas, «romper los moldes 
estrechos en que yacía aprisionado» y «entrar de 
lleno en el dominio de su propia conciencia y de 
us derechos.» «Hacemos votos —decía el articu- 

17 



2 5 8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lista — por que la aparición de nuestro periódico 
coincida con un período de actividad moral y 
material, y podamos asistir á una de esas trans- 
formaciones sociales que forman época en los 
anales de los pueblos. Si nuestra voz consiguiese 
despertar á la villa de Sarrio de su largo sueño y 
estancamiento, y lográsemos ver lucir pronto la 
alborada de una era de labor y de estudio propia 
del movimiento reformista que aspiramos á ini- 
ciar, ese será el mejor galardón que recibirán 
nuestros esfuerzos y sacrificios.» 

El lenguaje no podía ser más noble y patrióti- 
co. Y, como siempre, la modestia corría á las pa- 
rejas con la autoridad y la elocuencia. 

«No abrigamos la pretensión — decía — de ser 
los caudillos en esta gran batalla del pensamien- 
to que no tardará en iniciarse dentro del recin- 
to de Sarrio: sólo aspiramos á luchar como os- 
curos soldados, y que se nos conceda un puesto 
en la vanguardia. Allí pelearemos como buenos; 
y si al fin caemos vencidos, lo haremos envueltos 
en la sagrada bandera del progreso.» 

Esta alegoría militar, causó excelente impre- 
sión entre los vecinos, y contribuyó no poco á la 
entusiasta acogida que el periódico obtuvo. Final- 
mente, el artículo era tan elegante en las pala- 
bras, tan lleno de graves sentencias, el estilo tan 
concertado, que el público no tuvo á quién atri- 
buírselo dignamente, sino á su glorioso director. 



EL CUARTO PODER 



259 



Y así era la verdad. 

Insertaba después el periódico un largo artícu- 
lo de Sinforoso, sobre la mujer. Eran dos colum- 
nas cerradas de prosa poética, engalanada con 
todas las flores de la retórica, en que se cantaba 
la dulce influencia de esta mitad del género hu- 
mano. Aseguraba en términos calurosos, que la 
civilización no existe sino en el matrimonio: el 
amor conyugal es su única base. Todo es santo, 
todo es hermoso, todo es feliz en el lazo íntimo 
que une á dos jóvenes esposos. El hombre feliz por 
su compañera, siente crecer sus facultades, y es 
capaz de realizar empresas que de otro modo no 
podría llevar á cabo. La influencia de la mujer 
empuja al hombre á la virtud y á la gloria; es el 
más dulce y al mismo tiempo el más enérgico de 
los poderes sociales. Sinforoso se preguntaba con 
sorpresa: ¿cómo había todavía seres que la consi- 
derasen inferior al hombre? La mujer, por su her- 
mosura, por su delicadeza, por su gracia, por su 
penetración, por su dulzura, por su paciencia, es 
la obra maestra de la Creación. Pero la misión de 
la mujer es la de ser esposa y madre. Sin estos dos 
atributos no puede realizarse, y la mujer se mar- 
chita como una flor sin perfume. El articulista ter- 
mina aconsejando á las mujeres que no lo echen 
en olvido, y que por ninguna consideración te- 
rrestre se despojen voluntariamente de estos dos 
atributos que constituyen su honor y su gloria. 



2Ó0 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Esta invitación al matrimonio, aunque dirigida 
al bello sexo en general, iba en particular, según 
la opinión pública, á cierta bella estanquera de la 
calle de Caborana, cuyo amor pretendía Sinforo- 
so hacía algunos años sin resultado. El público 
creía también que la joven concluiría por acep- 
tarla, tanto por los términos poéticos en que iba 
expuesta, como por los quinientos reales mensua- 
les que había comenzado á devengar el invitador. 

Venía después otro del maestro de la villa, 
D. Jerónimo de la Fuente, que era una seria y 
violenta impugnación de las tres famosas leyes 
de Kepler sobre la mecánica celeste, ó más bien 
de dos de ellas, pues acerca de la primera, refe- 
rente á la forma elíptica de las órbitas planeta- 
rias, guardaba silencio. Atacaba duramente la 
segunda, sosteniendo y demostrando por me- 
dio de un cálculo sencillísimo, que las superficies 
descriptas por el radio sector de los planetas no 
son, en manera alguna, proporcionales á los tiem- 
pos empleados en describirlas, sino que guardan 
relación con la fuerza atractiva ó repulsiva de los 
cuerpos celestes. Pero la que parecía objeto prin- 
cipalmente de sus iras, era la tercera. D. Jeróni- 
mo atacaba por anticuada y absurda la idea de 
que los cuadrados de los tiempos de las revolu- 
ciones de los planetas fuesen proporcionales á 
los cubos de las distancias, y no «con huecas de- 
clamaciones,» sino con números demostraba que 



EL CUARTO PODER 



26l 



no existe semejante proporción. Para el próximo 
número anunciaba otro artículo, estableciendo 
las bases de una nueva mecánica celeste que 
echaba por tierra la antigua. Y, en efecto, lo es- 
cribió y lo publicó. En él sostenía que los astros 
se atraían por un polo y se repelían por otro, 
como todos los cuerpos electrizados, y fundado 
en este gran principio, explicaba de un modo sa- 
tisfactorio los movimientos de los cuerpos celes- 
tes, sus perturbaciones, y muchos problemas que 
hasta la fecha se creían insolubles. Gracias al 
anteojo que tenía en el balcón de su casa, D. Je- 
rónimo había hecho una serie de prodigiosos des- 
cubrimientos, que daban al traste con todos los co- 
nocimientos existentes en Astronomía. No es ma- 
ravilla que el dignísimo profesor de primeras le- 
tras, poseído de legítimo orgullo, exclamase al 
final de su artículo: — ((¡Bajen, pues, del pedestal 
en que la ignorancia de los hombres les ha colo- 
cado esos colosos porta-estandartes de una falsa 
ciencia: Kepler, Newton, Laplace, Galileo; todos 
sus cálculos se han deshecho como el humo, y sus 
magníficos sistemas son hojas secas que, despren- 
didas del árbol de la ciencia, no tardarán en pu- 
drirse!» 

Insertábanse también unos versos de Periqui- 
to, el hijo de D. Pedro Miranda, en que le decía 
á cierta misteriosa G., que «él era un gusano; 
ella una estrella;» «él una rama; el árbol ella;» 



2Ó2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



«ella una rosa; la oruga él;» «ella una luz; él 
una sombra;» «ella la nieve; el fango él, etc., 
etcétera.» 

Había motivos para sospechar que aquella G... 
era cierta Gumersinda, esposa de un comercian- 
te de harinas, mujer notable por la abundan- 
cia de carnes, que la hacían caminar con difi- 
cultad. Periquito amaba á las casadas y á las 
gordas: cuando estas dos preciosas cualidades se 
reunían dichosamente en un sér, su pasión no 
tenía límites. Y tal era el caso presente. No hay 
que pensar, sin embargo, que nuestro joven era 
un animal dañino. Los maridos podían dormir 
tranquilos en Sarrio. Periquito pasaba la vida 
enamorado, cuándo de una, cuándo de otra se- 
ñora, pero sin acercarse jamás ni osar siquiera 
enviarle un billete amoroso. Tales procedimien- 
tos no entraban en su método, el cual consistía 
principalmente en fascinarlas por la mirada. Para 
esto, donde quiera que topaba con ellas, fuese en 
la iglesia ó en el teatro, procuraba, lo primero, 
colocarse á conveniente distancia, y, una vez to- 
mada la posición, dirigía en línea recta los eflu- 
vios magnéticos de sus ojos hacia el sujeto pasi- 
vo del experimento, que de vez en cuando levan- 
taba hacia él los suyos con expresión de asombro. 
Muchas veces las honradas esposas, no conside- 
rándose dignas de tan singular adoración, se mi- 
raban á todas partes, y preguntaban á los que 



EL CUARTO PODER 



263 



estaban á su lado si por casualidad tenían algún 
tizne en la cara, ó llevaban enredado en el pelo 
cualquier hilacho. Periquito era incansable, y to- 
maba estos asuntos con la seriedad que mere- 
cían. A veces acaecía pasarse una hora y más 
sin apartar un punto la vista del sitio. Y á veces 
acaecía también que, transcurrida esta hora, 
cuando ya pensaba el enamorado mancebo que 
su alma se había filtrado por los poros de la obe- 
sa dama, y se apoderaba de todas sus faculta- 
des y sentidos, decía ésta por lo bajo á sus com- 
pañeras: 

— ¡Jesús, este mico de D. Pedro, qué mirón es! 

¡Cuán ajeno estaba el poeta de que la estrella 
de sus sueños le hacía descender de un modo tan 
odioso en la escala zoológica! 

Algunas veces, muy pocas, Periquito pasaba á 
mayores. Cuando estaba bien seguro de que el 
marido no se hallaba en casa, ni aun dentro del 
recinto de la villa, remitía á la dama misteriosa- 
mente un ramo de flores, que sería una verdade- 
ra epístola apasionada y elocuente, si la señora 
estuviese tan versada como él en el lenguaje de 
las flores. Desgraciadamente, la ignorancia supi- 
na del bello sexo de Sarrio hacía estériles estos 
ingeniosos medios de comunicación. Lo mismo 
decimos de ciertos refinamientos que Periquito 
usaba para testimoniar sus ansias amorosas. Veía, 
por ejemplo, que la dama usaba vestido azul: ac- 



264 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



to continuo se ponía corbata del mismo color, ca- 
misa con rayas azules, florecita azul en el hojal 
del chaquet, y, si la dama insistía, hasta llevaba 
azules los pantalones. En el caso de que fuese 
verde, morado ó gris el vestido, sucedía lo mis- 
mo. Cuando la mórbida señora era dada al mis- 
ticismo, Periquito se imponía voluntariamente 
el terrible sacrificio de levantarse temprano, y 
asistía á la misa que ella acostumbraba á oir, y 
si los sábados, los lunes ó los jueves se acercaba 
á la sagrada mesa para comulgar, él también de- 
mandaba contrito en los mismos días el pan del 
alma al sacerdote. Si la dama tenía tiestos en su 
balcón, pronto averiguaba Periquito á qué hora 
los regaba, y tenía el cuidado de cruzar por de- 
bajo al mismo tiempo, gozando lo indecible si al- 
gunas gotas, desprendidas de la regadera, venían 
á caer sobre su sombrero. A las altas horas de la 
noche, vagaba por los alrededores de la casa in- 
vocando á la luna y rogándola que velase el sue- 
ño de su amada. En cierta ocasión en que estaba 
enamorado de la señora de un teniente de cara- 
bineros, habiendo sido éste trasladado á Burgos, 
quiso morir de pesar. Su frenética pasión le ins- 
piró la idea de escaparse á verla, y en efecto, 
después de escribir una carta de despedida á su 
padre, juntando hasta veinte duros de sus aho- 
rros, tomó soleta para la ciudad del Cid; pero en 
Venta de Baños tuvo la desgracia de tropezar con 



EL CUARTO PODER 



265 



una pareja de la Guardia civil que le entregó en 
Palencia á otra, ésta á otra más allá, y así suce- 
sivamente, hasta dar de nuevo con él en Sarrio. 
No fué esta la única escapatoria. En otra ocasión, 
anduvo quince leguas á pie, sólo para ver un ins- 
tante asomada al balcón á cierta dama, casada 
en segundas nupcias con un vista de aduanas. 
Como último rasgo de este perfil, añadiremos 
que Periquito, según la expresión de su padre, 
comía como un Heliogábalo, y no por eso esta- 
ba menos flaco. 

El Faro de Sarrio fué para nuestro amartelado 
joven, un medio admirable de dar forma á las 
vagas fantasías, inquietudes, ardores y tristezas 
que á la continua le agitaban, y declararse su- 
cesivamente con acrósticos misteriosos é iniciales 
á todas las beldades más ó menos macizas que 
ostentaban sus amables curvas por las calles de 
la floreciente villa. 

Venían por fin las gacetillas con su correspon- 
diente título cada una, donde brillaba el ingenio, 
tanto de Sinforoso, como de todos los que cola- 
boraban en El Faro, Una se titulaba: Van vinien- 
do. Se refería á los forasteros que llegaban á Sa- 
rrio con motivo de las próximas fiestas. Otra: A 
pasear, sarrienses. El gacetillero afirmaba en ella, 
con estilo sencillo y elegante, que el tiempo es- 
taba delicioso, y que nada mejor podían hacer 
los habitantes de Sarrio en las horas de la tarde, 



266 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que dar un paseo por las amenas y frondosas cer- 
canías de la población. Otra: ¡Sr. Alcalde, por 
Dios! Se excitaba á D. Roque para que obligase 
á poner canalones en algunas casas. 

Posteriormente, esta sección dejó el título de 
Gacetilla que llevaba por el de Novelas d la mano, 
que le puso D. Rosendo á imitación de las céle- 
bres Nouvelles d la main del Fígaro. 

Cerraba el periódico una charada en verso, 
que, si no recordamos mal, era la palabra ave- 
llana. 

El folletín estaba á cargo de D. Rufo, que ha- 
cía año y medio que estudiaba el francés sin 
maestro, por el método Ollendorf. Se resolvió á 
traducir, para el periódico, Los misterios de Pa- 
rís, obra en seis tomos. Excusado es decir que, 
El Faro de Sarrio, á pesar de vivir algunos años, 
nunca pudo llegar al tomo tercero. D. Rufo era 
un traductor notable. Si algún defecto podía po- 
nérsele, era el de ajustarse demasiadamente al 
original. Una vez, traducía: «El carruaje partió 
al gran trote; dentro iba una joven hija blonda y 
frele.)) En otro pasaje decía que M. Rodolfo, se 
entretenía en su juventud leyendo los jefes de obra de 
la antigüedad. Por fin, un día se aventuró á decir 
que «la condesa había echado mano al botón de su 
secretario,)) y esta declaración, levantó tan gran 
polvareda entre la gente ignorante, que D. Rufo, 
justamente irritado, dejó la traducción del folie- 



EL CUARTO PODER 



267 



tín. Se le encomendó á un piloto que había hecho 
muchos años la carrera de Bayona. 

El éxito del número primero, como era de es- 
perar, fué prodigioso. El artículo de Sinforoso, la 
sabia disertación de D. Jerónimo de la Fuente, 
las gacetillas y hasta los versos de Periquito, to- 
do fué leído y justamente celebrado. Pero lo que 
preferentemente llamó la atención de las perso- 
nas serias y causó en ellas honda impresión, fué 
el artículo de D. Rosendo Nuestros propósitos. 
Aquel lenguaje periodístico tan animado y fogo- 
so, aquellos tan nobles pensamientos, el entu- 
siasmo por los intereses de Sarrio, la franqueza 
y la modestia que en él resplandecía, llenó de jú- 
bilo los corazones y les hizo presentir una era de 
prosperidad y bienandanza. Por la noche, la or- 
questa, dirigida por el señor Anselmo con su gran 
llave lustrosa, dio serenata á la redacción. Ilumi- 
nóse la fachada de la imprenta con farolillos ve- 
necianos, y las bellas y regocijadas artesanas de 
Sarrio, cogieron,, como siempre, la ocasión por los 
pelos para bailar habaneras y mazurcas sobre los 
duros guijarros de la calle. Los dignos individuos 
que con la lengua del metal rendían tributo de 
admiración y entusiasmo á los redactores del 
Faro, fueron obsequiados por éstos con vino de 
Rueda y cigarros. La alegría rebosaba de todos 
los pechos y se desbordaba en abrazos, tan fuer- 
tes como espontáneos. D. Rosendo abrazaba á 



268 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Navarro, Alvaro Peña á D. Rudesindo, D. Ru- 
fo á Sinforoso, y D. Pedro Miranda al impresor 
Folgueras. Los músicos se abrazaban entre sí, y 
todos y cada uno á su peritísimo director, el se- 
ñor Anselmo. Fuera de la imprenta, y para con- 
memorar también aquel día glorioso , Pablito 
abrazaba á la blonda Nieves, aprovechando la os- 
curidad de un portal, y varios otros mancebos, 
siguiendo su ejemplo , distribuían igualmente 
abrazos conmemorativos entre las alegres mozas 
aborígenes. A nadie parecerá mal si emitimos 
ahora la idea de que preferimos estos abrazos al 
aire libre á los mencionados más arriba: en nada 
queremos ofender con esto á los dignos represen- 
tantes de los intereses morales y materiales de 
Sarrio. 

Lo único que turbó por un instante aquel gene- 
ral contento, fué la singular tristeza que se apo- 
deró de Folgueras en cuanto tuvo algunos litros 
de vino en el cuerpo. El recuerdo de Lancia, su 
I pueblo natal, se le ofreció súbito al espíritu, de- 

jándole en un estado de tribulación difícil de ex- 
plicar. En el momento en que la algazara y con- 
tento alcanzaban su grado máximo, llamó aparte 
á D. Rosendo y con lágrimas en los ojos, le ma- 
nifestó que la vida fuera de su patria adorada era 
para él un fardo insoportable: la muerte antes, 
que perder de vista la humilde casa que albergó 
su cuna, y las calles que tantas veces recorrie- 



EL CUARTO PODER 



269 



ron sus piés infantiles. Aquella misma semana, si 
Dios quería, contaba dejar á Sarrio y trasladarse 
de nuevo con sus bártulos á Lancia. 

Al recibir de sopetón esta noticia D. Rosendo, 
se puso pálido. 

— Pero hombre de Dios, ¿y el número próximo 
del Farol 

— D. Rosendo bien puede dispensarme... Us- 
ted es un caballero... Un caballero sabe apreciar 
los sentimientos de otro caballero... La patria 
antes que todo... Guzmán el Bueno arrojó el 
puñal por encima de la muralla para matar á su 
hijo... Demasiado lo sabe V. ¿Eh?... ¿Qué hay 
de eso?... Riego murió en un cadalso ¿Eh?... ¿Qué 
hay de eso? Si yo fuese del hospicio ó no tuviese 
cariño á la camisa que traigo puesta, no necesi- 
taba decirme nada. Toda la vida me tendría us- 
ted como un perro cínico dándole á la rueda... 
Pero los sentimientos ahogan al hombre... El 
hombre vive, el hombre trabaja, el hombre tiene 
algunas veces un rato de expansión... Y por- 
que beba un cuarterón, ó dos... ¡ó tres! ¿ha de 
olvidar por eso la patria?... ¿Eh? ¿Qué hay de 
eso? 

D. Rosendo llamó á D. Rudesindo en su auxi- 
lio y entre los dos trataron de disuadirle con po- 
derosas fazones. La más poderosa de todas fué 
una nueva botella de vino de Rueda. Después de 
haberla introducido en el cuerpo, los sentimien- 



270 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tos patrióticos de Folgueras se debilitaron visi- 
blemente. Acto continuo pidió otra botella, la be- 
bió, vomitó, y se durmió. 

Pensamientos de gloria, vagos deseos de in- 
mortalidad agitaron la mente del ilustre fundador 
de El Faro de Sarrio al tiempo de meterse en la 
cama. Después de apagar la luz, aún continuaron 
turbándole, hasta que á fuerza de dar vueltas lo- 
graron cuajarse ó adquirir forma. D. Rosendo 
pensó con emoción en la posibilidad de que á su 
muerte la villa agradecida perpetuase su memo- 
ria colocando una lápida con su nombre en las 
Casas Consistoriales. Este ambicioso pensamien- 
to le hizo temblar de gozo y anhelo dentro de 
las sábanas. Como hombre modesto que era, sen- 
cillo y magnánimo, trató de desecharlo: pero 
siempre tornaba con más relieve á presentársele. 
Veía la lápida de mármol blanco, veía las letras 
doradas, leía claramente los cuatro renglones es- 
culpidos: Homenaje de gratitud de la villa de Sa- 
rrio d su esclarecido hijo D. Rosendo Belinclwn, in- 
fatigable campeón de sus adelantos morales y materia- 
les. No era fácil conciliar el sueño rodeado de 
estas brillantes imágenes. Sin embargo, al cabo 
se durmió con la sonrisa en los labios. Un ángel 
progresista que el Eterno tiene aparejado para 
estos casos, batió las alas toda la noche sobre su 
frente, inspirándole ensueños felices. 

A la mañana siguiente se encontró en la mejor 



EL CUARTO PODER 



271 



disposición de espíritu en que hombre alguno pue- 
de hallarse después de coronados sus esfuerzos 
por un éxito lisonjero. Vistióse canturreando tro- 
zos de zarzuela, tomó chocolate con la familia, 
dio un vistazo á los periódicos nacionales y ex- 
tranjeros, y sin tallar el paquete de palillos acos- 
tumbrado, lanzóse á lá calle á cerciorarse del 
efecto real que el primer número del Faro había 
producido. En la tienda de Graells le recibieron 
con regocijo, le felicitaron por su artículo (que 
él modestamente no quería atribuirse) y hablaron 
largo y tendido del periódico. Lo que más exci- 
taba el entusiasmo de los buenos tertulianos, era 
la consoladora consideración de que Nieva aún 
no había llegado ni llegaría en mucho tiempo á 
tal grado de perfeccionamiento. Y D. Rosendo, 
un poco recalentado por los elogios, prometió 
emprender campañas activas en favor de todo lo 
que se le demandaba. Uno pedía que se hablara 
del barranco de la calle de Atrás, otro pedía que 
se colocase un farol cerca de su casa, otro que 
se le tirasen algunas pildoras al rematante de las 
bebidas; otro que los serenos no cantasen la hora 
porque esto le turbaba el sueño, etc. D. Rosendo 
asentía, fruncía las cejas, extendía la mano abier- 
ta en signo de protección. El periódico lo arregla- 
ría todo. ¡Ay del que se rebelara contraías re- 
clamaciones de la prensa! 

En el estanquillo de Doña Rafaela, de la calle 



272 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de San Florencio, donde se reunían algunas 
honradas matronas de la vecindad con las cuales 
gustaba conversar algún rato, entregado á los pa- 
lillos, también le hablaron del Faro. Allí se fija- 
ban preferentemente en el folletín. D. Rosendo 
anunció que el del número próximo era mucho 
más interesante, y se fué. En un corro de mari- 
nos que había en el muelle le felicitaron con rudo 
entusiasmo y le insinuaron la idea de que la dár- 
sena estaba muy sucia y era menester dragarla. 
Se dragaría: ¡vaya si se dragaría! D. Rosendo se 
alejó gravemente poseído de su omnipotencia; y al 
ver rodar á lo lejos las olas grandes y encrespa- 
das, se preguntó si no sería oportuno dirigirles 
una excitación por medio de la prensa para que 
moderasen su impertinente agitación. 

Como se llegase ya la hora de comer, dio la 
vuelta hacia casa meditando en la grave respon- 
sabilidad en que incurriría ante Dios y los hom- 
bres si, teniendo en sus manos aquel poder sobe- 
rano, no lo emplease en la prosperidad y engran- 
decimiento de su pueblo natal. Al llegar á la Rúa 
Nueva, se encontró en la acera con Gabino Ma- 
za. El bilioso ex-oficial le saludó muy finamente, 
le preguntó por toda su familia, y se fué enteran- 
do con amabilidad de la salud de cada uno de 
sus miembros; después le habló del tiempo, de la 
posibilidad de que aquel nordeste vivo se trocase 
pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir 



EL CUARTO PODER 



273 



los barcos de la carrera de América; se quejó en 
seguida del polvo que había en los caminos, lo 
cual le impedía pasear; se enteró del precio del 
bacalao y de las noticias que había de la pesca en 
Terranova. D. Rosendo esperaba, como era na- 
tural, que le hablase del periódico. Nada: Maza 
no hizo la menor alusión á él. Esto comenzó á 
desconcertarle y á hacer violenta su situación. 
La conversación giraba de un punto á otro sin to- 
car en nada que se relacionase con la prensa. Al 
fin D. Rosendo, algo acortado y enseñando toda 
la pasta de sus dientes, le dijo: 

— ¿No ha recibido V. El Faro? Se lo he envia- 
do de los primeros. 

— Phs... creo que ayer lo han traído á casa; 
pero aún no lo he abierto — contestó Maza con 
afectada indiferencia. — Vaya, D. Rosendo, ¿gus- 
ta ,V. de comer conmigo?... Pues hasta la vista. 

D. Rosendo quedó un instante clavado al suelo 
como si le echasen un jarrro de agua fría. La 
sangre se agolpó con furia á su rostro, y empren- 
dió de nuevo la marcha, vacilante, hacia ca- 
sa. Como estaba tan desprevenido, aquel despre- 
cio fué una puñalada que le llegó á lo más vivo. 
Después que cesó el aturdimiento, le acometió 
una ira inconcebible contra aquél... (no se con- 
tentaba con llamarle menos de malvado y mise- 
rable). Llegó á casa en un estado de agitación 
deplorable, y aunque se sentó á la mesa, hacien- 

18 



274 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



do esfuerzos por calmarse, el estómago, repenti- 
namente turbado, no quería admitir los alimen- 
tos. Estuvo taciturno y silencioso durante la co- 
mida. De vez en cuando sus labios se contraían 
con una sonrisa sarcástica y murmuraba un ¡vi- 
llano! 

— ¿Qué tienes, Rosendo? — se atrevió al fin á 
preguntarle su esposa, que ya estaba inquieta. 

— Nada, Paulina; que la envidia produce gran- 
des estragos en el mundo — se limitó á contestar 
con amargura. 

Una vez vertida esta profunda sentencia, que- 
dó en un estado de relativo reposo, se tendió en 
una butaca á pensar, y transcurrida media hora 
salió de casa otra vez en dirección al Saloncillo. 
Al entrar en el café oyó la voz de Gabino Maza 
que gritaba como siempre allá arriba. Se le figu- 
ró percibir desde la escalera que hablaba del pe- 
riódico y que lo calificaba de «solemne payasada» . 
El corazón le dio un vuelco y entró en la sala 
agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba 
en medio de un grupo se calló, púsose el som- 
brero con ademán hosco y fué á sentarse en el 
diván. Los que le escuchaban, D. Jaime Marín, 
Delaunay, D. Lorenzo y D. Feliciano Gómez, 
le saludaron con cierto embarazo y como aver- 
gonzados, lo cual confirmó su sospecha. Disi- 
muló cuanto pudo, y esforzándose en poner la 
cara alegre, comenzó á hablar de las noticias 



EL CUARTO PODER 



275 



que corrían. La conversación tomó el rumbo de 
todos los días, y la confianza volvió á reinar. 
Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo 
como malévolo, sacó la conversación del perió- 
dico, preguntando á su fundador con una risilla 
irónica en el español chapurrado que usaba: 

— ¿Qué trabajitos prepara V. para el próximo 
número, D. Rosendo? 

— Ya los verá V. cuando salgan —contestó se- 
camente éste, que adivinó la burla escondida de- 
trás de la pregunta. 

— Aquí, en D. Feliciano — prosiguió el ingenie- 
ro con la misma sonrisa — tiene V. un defensor 
acérrimo. 

— Si me defiende es que alguien me ha ataca- 
do — respondió D. Rosendo con más sequedad 
aún. 

Nadie pronunció una palabra. El silencio se 
prolongó bastante tiempo, hasta que lo rompió 
el mismo Belinchón haciendo una pregunta indi- 
ferente á D. Jaime, con lo cual la conversación 
volvió á animarse. Pero no se había conjurado el 
choque sino momentáneamente; la pelota estaba 
en el tejado y no tardó en caer. Maza tenía vehe- 
mentes deseos de decir á D. Rosendo que lo del 
periódico era «una mamarrachada». Éste no las 
tenía menos vivas de decirle á Maza que era un 
envidioso. Y en efecto, á la primera ocasión que 
se presentó, ambos la cogieron por los pelos pa- 



276 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ra comunicarse estas gratas noticias. La disputa 
duró más de dos horas. Maza procuraba reprimir- 
se porque D. Rosendo era un caballero de más 
edad y le debía quince mil reales. El fundador 
del Faro, por razones de prudencia, tampoco se 
atrevía á soltar enteramente la lengua. Sin em- 
bargo, al cabo, en mejores ó peores términos, to- 
do se dijo para edificación de los notables, que 
se dividieron en favor y en pro de los conten- 
dientes. Hay que confesar que de parte de Maza 
se pusieron los menos. Los indianos, indiferentes 
como siempre á estas peleas, se asomaban de 
vez en cuando á la puerta del billar con el taco 
en la mano, para escuchar las razones de los 
contendientes, é ilustrarse. Para ellos aquellas 
discusiones eran muy provechosas, pues les en- 
señaban una porción de términos y frases que no 
conocían, y se ponían al tanto, aunque fuese de 
un modo superficial, de ciertos problemas de la 
vida, enteramente cerrados para ellos... ¡Lásti- 
ma que la afición al billar les impidiese escuchar- 
las siempre! 

El estado de agitación y de cólera en que salió 
D. Rosendo del Saloncillo, no puede ponderarse. 
Su gran carácter elevado y magnánimo, fué he- 
rido de un modo cruel por la ingratitud y la ba- 
jeza de aquellos falsos amigos. ¡Horrible tor- 
mento debe de ser vivir y morir en la oscuridad 
cuando se ha nacido para brillar en la cúspide de 



EL CUARTO PODER 



277 



la sociedad humana, y consumir las fuerzas re- 
cibidas del cielo en el vacío y la inacción! ¡Más 
fiero dolor todavía es ver despreciados los más 
nobles trabajos del espíritu, los esfuerzos gene- 
rosos por el triunfo del bien y la verdad! Tal fué 
el caso dé Sócrates, Colón, Galileo, Giordano 
Bruno, y tal también el de nuestro héroe. La 
primera mordedura de la envidia le causó el do- 
lor agudo que debieron sentir estos grandes 
bienhechores del género humano, y su espíritu 
vaciló. Fué un instante nada más, un desmayo 
pajero que sirvió para acreditar mejor el tem- 
ple admirable de su alma. 

Sin embargo, aquella noche no pudo cenar, y 
tardó mucho tiempo en conciliar el sueño. ¡A 
cuántas tristes consideraciones se presta este 
caso! Mientras la turbamulta de los sarrienses 
desprovistos de ingenio, de ilustración y de áni- 
mo, dormía á pierna suelta, aquel hombre bene- 
mérito se revolcaba en su cama como en lecho 
de espinas, sin lograr las caricias del sueño re- 
parador. 

A la mañana siguiente se levantó un poco pá- 
lido y ojeroso, pero firme y resuelto á proseguir 
su obra de regeneración, á despecho de todos los 
obstáculos morales y materiales que surgiesen en 
su camino. Aquella noche de insomnio, en vez 
de enflaquecer su ánimo y despegarle de su em- 
presa, le confirmó en ella y le dio alientos para 



278 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



llevarla á feliz remate. El fuego consume y hace 
pavesas la paja: al oro lo acendra. 

Ocupóse, pues, con brío en trazar el plan del 
segundo número que habría de aparecer el jueves 
próximo. Y como siempre acontece, el éxito feliz 
trajo consigo la voluntad de ayudarle. Muchos 
fueron los trabajos que se le ofrecieron para el 
segundo número; mas la mayor parte no eran de 
paso, y la falta de espacio obligóle también á re- 
chazar algunos que lo eran. Con esto hubo al- 
gunas murmuraciones y desabrimientos: segundo 
escollo con que tropezó su patriótica empresa. 

Pero al publicarse el quinto número surgió 
otro de mayor cuenta que produjo en el pueblo 
honda sensación y arrastró consigo fuertes tor- 
bellinos. Sucedió que Alvaro Peña, firmemente 
convencido, como ya sabemos, de que todos los 
dolores é imperfecciones que padecemos los hu- 
manos dependen exclusivamente de la prepon- 
derancia del clero, propúsose aprovechar el arma 
del periódico para emprender contra él una ac- 
tiva campaña. Y para comenzar lanzó, á guisa 
de guerrilleros, unas cuantas gacetillas pregun- 
tando por los fondos de cierta cofradía del Ro- 
sario, que no parecían, hablando en términos 
irrespetuosos de las Hijas de María, y diciendo 
chuscadas á propósito de la novena, de las con- 
fesiones y de los escapularios con que se ador- 
naban las jóvenes beatas de la villa. Pero á quien 



EL CUARTO PODER 



279 



iban particularmente dirigidos los tiros era á don 
Benigno, el teniente párroco , director de las 
conciencias femeninas de Sarrio , y caudillo de 
todos aquellos combates librados contra el pe- 
cado. El párroco era un hombre apático, vie- 
jo ya, que pasaba la vida en una casita de cam- 
po que poseía cerca de la población, dejando 
de buen grado á su teniente el cuidado del re- 
baño místico. Y D. Benigno cumplía su come- 
tido como pastor vigilante y celosísimo, rondando 
el rebaño noche y día, para que el lobo no le 
arrebatase las ovejas, y criando algunas con es- 
mero y á la mano para ofrecerlas al esposo bí- 
blico. Nada puede igualarse al ardor con que 
D. Benigno procuraba esposas al Altísimo. En 
cuanto una joven se arrodillaba á sus piés para 
confesarse, se creía en el caso de insinuarle que 
el mundo estaba corrompido, que no había por 
dónde cogerle, el condenarse facilísimo, el amor 
terrenal una inmundicia, los mismos afectos de 
hija y de hermana despreciables, el tiempo para 
merecer la salvación muy limitado; en su con- 
secuencia lo mejor, abandonar este mundo terre- 
nal (D. Benigno era muy aficionado á este ad- 
jetivo), y correr á entregarse á Jesús, penetrar 
en la gruta deleitosa de que habla San Juan de 
la Cruz, y dejar allí olvidado su cuidado. Cono- 
cía él un rinconcito feliz, un verdadero pedacito 
del cielo, donde se gozaban anticipadamente las 



28o ARMANDO PALACIO VALDÉS 



delicias que Dios tiene reservadas á sus siervas. 
El rinconcito era un convento de Carmelitas 
que acababa de fundarse en las afueras de la 
villa, y del cual era el teniente grande y decidido 
protector. Por cierto que esto tenía un poco 
desabrido á D. Segis el capellán de las Agusti- 
nas, aunque no osaba manifestarlo, porque no le 
convenía ponerse mal con su compañero. 

La insinuación producía efecto unas veces, 
otras no. Rara la dejaba caer D. Benigno en los 
oídos de una vieja, no sabemos si porque calcu- 
lase que á Jesús le gustaban más dos de quince 
que una de treinta, ó porque las hallase más rea- 
cias y desconfiadas que las niñas. De todos mo- 
dos, aquella cacería espiritual tenía episodios in- 
teresantes. En cierta ocasión el teniente fué víc- 
tima de la agresión de un joven á quien había 
arrancado su hermana para el convento. En otra, 
después de haber buscado dote para una mucha- 
cha y haberla provisto de ropa, la futura de Cris- 
to se escapó de la noche á la mañana con un ofi- 
cial de sastre. D. Benigno acostumbraba á condu- 
cir él mismo las esposas á la morada del Esposo. 
Cuando había dificultades que vencer por parte 
de la familia, se portaba con la habilidad y la 
osadía de un consumado seductor; organizaba y 
llevaba á cabo el rapto de la virgen con una as- 
tucia que para sí la quisieran muchos tenorios 
mundanos. 



EL CUARTO PODER 



28l 



De esto sacó pretexto Álvaro Peña para ha- 
blar en una gacetilla de cierto sacerdote aficio- 
nado á «cazar palomas.» Ahora bien; como ya 
conocemos la afición de D. Benigno á la cría de 
pichones, la gacetilla iba directamente á él y 
con una intención diabólica. Los lectores así lo 
comprendieron, y se comentó y rió no poco el 
dañino suelto. 

Al verse de aquel modo en berlina, el excusa- 
dor, que tenía un temperamento susceptible y bi- 
lioso, como todos los artistas, se enfureció terri- 
blemente. 

— ¿Ha leído V. el papelucho de D. Rosendo? — 
preguntó por la noche en casa de la Morana á 
D. Segis. — Es de advertir que desde la primera 
gacetilla irreligiosa D. Benigno no volvió á lla- 
mar de otro modo al Faro de Sarrio. 

— Sí, lo he leído esta mañana en casa de 
Graells. 

— ¿Y qué le parece á V. de aquella indignidad? 

— ¿Cuál? — preguntó con sosiego el capellán. 

— ¿Hombre, no ha leído V. las infamias que 
dicen de mí? 

D. Segis levantó el vaso á la altura de los 
ojos, examinó detenidamente el dorado líquido, 
lo acercó á los labios y bebió con pausa. Después 
de toser y desgarrar un poco, y limpiarse la boca 
con un pañuelo de yerbas, dijo gravemente: 

— Phs... la intención no es buena que diga- 



282 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mos... Pero vale más tomar las cosas con calma. 
Nada se adelanta con alterarse. 

El teniente, que esperaba que D. Segis parti- 
cipase de su indignación, recibió un nuevo golpe, 
y calló, devorando su enojo. En esta ocasión fué 
cuando se manifestó la sorda enemiga del cape- 
llán de las Agustinas por la injustificada prefe- 
rencia que D. Benigno otorgaba al convento na- 
ciente. El teniente se volvió entonces hacia el se- 
ñor Anselmo y D. Juan el Salado, los cuales 
tuvieron la atención de manifestarse disgustados 
por la gacetilla, aunque sin hacer tampoco ex- 
tremos. Ya sabemos que esto no se acordaba 
con la naturaleza de aquella templada y patriar- 
cal reunión. 

Pero al jueves siguiente, Alvaro Peña dejaba 
descansar á D. Benigno y «se metía» con el ca- 
pellán de las monjas, publicando de él una sem- 
blanza en verso, en que se hacía muy graciosa 
mención del matrimonio de las copas de ginebra 
con los cuarterones de vino blanco. Le tocó en- 
tonces enfurecerse á D. Segis, y tomarlo con 
calma á D. Benigno. Mas el sosiego de éste era 
aparente, y sólo para vengarse del de D. Segis: 
en realidad, su herida manaba sangre todavía. 
Así, que no tardó en realizarse la conciliación, 
poniéndose ambos con inusitado ardor á quitar 
el pellejo á todos y cada uno de los que escribían 
en el «papelucho de D. Rosendo,» principiando 



EL CUARTO PODER 



^8 3 



por éste, su ilustre fundador, y concluyendo por 
el dueño de la imprenta. No se les ocultaba que 
el autor de las chufletas era Alvaro Peña; pero 
como toda la vida habían tenido á éste por un 
desalmado masón, capaz de beberse la sangre to- 
da del clero de Sarrio, por no repetirse, le deja- 
ron pronto para cebarse principalmente en Sinfo- 
roso. Las razones que tenían para ello, eran que 
éste había sido seminarista; por consiguiente, un 
traidor; luego procedía de la misma cepa, porque 
su padre era carlista y su abuelo lo había sido 
también; además podía dispensarse hasta cierto 
punto que D. Rosendo Belinchón, D. Rudesindo, 
Alvaro Peña y D. Rufo, todos hombres que sig- 
nificaban algo en la villa, se despachasen á su 
gusto... ¡pero aquél petate!... ¡aquél hambrón! 

Excitado por la murmuración D. Benigno, be- 
bió algunos cuarterones más de los acostumbra- 
dos, y el capellán no quiso quedarse atrás. Cuan- 
do los tertulios salieron de la tienda formando la 
clásica cadena, D. Segis advirtió con satisfacción, 
que la pierna entumecida le pesaba menos, y se 
lo hizo observar á D. Benigno, que le dio por ello 
la enhorabuena. Luego, cuando á los pocos pasos 
se desprendieron todos para desalojar el ácido 
úrico de su cuerpo, frente á las tapias de las 
Agustinas, el mismo D. Segis manifestó en voz 
alta que aquella noche no tenía deseos de irse á 
la cama, y les acompañaría; mas el teniente le 



284 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dijo al oído que deseaba hablar con él en secreto, 
y ambos se quedaron delante del convento. 

— Amigo D. Segis, ¿qué le parece á V. de ir 
á limpiar los mocos al hijo del Perinolo? 

— ¡Grave! ¡grave! ¡grave! — murmuró D. Segis. 

— Si pudiéramos darle una sopimpa, sin es- 
cándalo, se entiende... 

— ¡Grave! ¡grave! 

— A las once ú once y media sale del café. Po- 
demos esperarle por allí cerca y alumbrarle al- 
gunos coscorrones. 

— ¡Grave! ¡grave! ¡grave! 

— ¿Es V. hombre ó no lo es, D. Segis? 

La pregunta, aunque inocente, causa honda 
perturbación en el espíritu del capellán, á juzgar 
por la serie de muecas y ademanes descompues- 
tos á que se entrega antes de pronunciar una pa- 
labra. 

— ¿Quién? ¿Yo?... ¡Parece mentira que un ami- 
go y un compañero me diga una cosa semejante! 

Y dio la vuelta muy conmovido y se llevó el 
pañuelo á los ojos, de donde brotaban algunas 
lágrimas. 

—Pues los hombres se portan como hombres. 
Vamos á castigar la insolencia de ese pelgar. 

— ¡Vamos! — profirió con firmeza el capellán, 
echando á andar en dirección á su casa. 

— Por ahí no, D. Segis. 

— Por donde V. quiera. 



EL CUARTO PODER 



285 



Los dos clérigos se cogieron del brazo y empe- 
zaron á caminar, no sin ciertas vacilaciones ex- 
plicables, en dirección al café de la Marina. No 
será de más decir que ambos vestían de seglar 
por las noches, con sendas levitas negras de largo 
faldón y manga apretada, botas de campana y 
enormes sombreros de felpa. 

Un buen cuarto de hora invirtieron antes de 
llegar á las cercanías del café. Una vez allí, 
ofuscados por las luces como Cándidas mariposas, 
quisieron caer, y retrocedieron. 

— Lo mejor será esperarle hacia su casa. Aquí 
hay todavía mucha gente— dijo D. Benigno. 

Don Segis se mostró humilde también esta vez, 
siguiendo el impulso de su compañero. 

En la calle de Caborana, esquina á la del Azú- 
car, que la pone en comunicación con la Rúa 
Nueva, se situaron ambos como punto estratégi- 
co por donde el enemigo había de pasar, dado 
que su casa estaba situada al final de la calle de 
Caborana. Los dos clérigos tenían la firme volun- 
tad de los navarros en el desfiladero de Ronces- 
valles. Así que soportaron con heroica impavidez, 
durante media hora de espera, la lluvia menuda 
que estaba cayendo, sin que el temor del reuma- 
tismo ni otra consideración temporal les hiciese 
moverse una pulgada del puesto que ocupaban. 

Al fin, descuidado y satisfecho, después de ha- 
ber sostenido larga y acalorada discusión en el 



286 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



café, se retiraba el redactor en jefe del Faro hacia 
su casa, cuando inopinadamente le sale al en- 
cuentro el irritable teniente, que le dice con su voz 
chillona: 

— Oiga V., mocito, ¿quiere V. repetirme ahora 
las insolencias que ha dicho en el papelucho de 
D. Rosendo? Tendría mucho gusto en ello. 

La sorpresa, el acento sarcástico y amenaza- 
dor del clérigo, y la vista del bulto de D. Segis, 
que permanecía á algunos pasos, inmóvil, como 
fuerza de reserva, infundieron tal pavor en Sinfo- 
roso, que en algún tiempo no pudo articular pa- 
labra; y solo cuando el teniente avanzó hacia él 
un paso, logró decir: 

— Tranquilícese V., D. Benigno. Yo no le he 
nombrado á V. 

— ¡Hola!— exclamó el clérigo con sonrisa fe- 
roz, — parece que ya no cantas tan alto... ¿Qué 
tiene el gallo que no canta? ¿Qué tiene el gallo 
que no canta, guapito? 

Don Benigno avanzó un paso, y Sinforoso re- 
trocedió otro. 

La reserva de D. Segis avanzó también para 
conservar la distancia estratégica. 

— ¡Tranquilícese V., D. Benigno! — gritó Sin- 
foroso con terror. 

— ¡Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo 
más que oir otra vez aquello de las palomas, que 
me ha hecho mucha gracia. 



EL CUARTO PODER 



287 



— ¡Yo no lo he escrito! — exclamó con angustia 
el hijo del Perinolo. 

— ¿De veras no lo has escrito, guapo?... ¡Pues 
para cuando lo escribas! 

Y descargó una bofetada en la pálida mejilla 
del redactor. 

— ¡Sosiégúese V., D. Benigno! — exclamó el 
desdichado retrocediendo, y extendiendo hacia 
adelante las manos. 

— No te digo que estoy muy tranquilo, majo. 
¡Toma otra palomita! 

Y le dio otra bofetada. 

— ¡Por Dios, D. Benigno, sosiégúese V.! 
— ¡Allá va otra palomita! 
Nueva bofetada. 

Digamos ahora, antes de pasar adelante, que 
de las que se dieron en Sarrio en los dos años 
siguientes á la aparición del Faro (y sabe Dios 
que el número es incalculable), lo menos una 
mitad fueron á parar á las mejillas de este joven 
distinguido. 

No pudiendo calmar con sus ruegos al enfure- 
cido excusador, y sospechando que el bando de 
palomas iba á ser numeroso, el redactor en jefe 
del Faro gritó con todas sus fuerzas: 

— ¡Socorro, que me matan! 

Y trató de dar la vuelta para huir: pero los de- 
dos acerados del clérigo le retuvieron por un 
brazo. Al mismo tiempo D. Segis creyendo lie- 



288 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gado ya el momento de entrar en fuego, le des- 
cargó con su bastón de ballena, un garrotazo en 
las espaldas. 

— ¡Socorro! — volvió á gritar el desdichado. 

Es el caso que en aquel momento llegaba de la 
tienda de Graells, donde acostumbraba á pasar 
las noches, el invicto ayudante de marina Álvaro 
Peña, que tenía su domicilio en la calle del Azú- 
car. Al escuchar los gritos de su amigo, echó á 
correr hacia el sitio, diciendo: 

— ¿Qué pasa Sinforoso, qué pasa? 

— ¡Auxilio D. Alvaro, que me matan! 

— Fijme, Sinforoso, que allá va socojo! — le 
volvió á gritar acercándose rápidamente. 

Los clérigos, oyendo la voz de aquel odioso y 
terrible enemigo de la Iglesia, soltaron la presa; 
pero enardecidos por el combate, trataron de 
hacerle frente poniéndose en línea de batalla con 
los bastones en alto. Al divisarlos Peña, se es- 
tremeció de ira y de gozo al mismo tiempo. 

— ¡Son cujas! 

Vibró el bastón en su mano y el enorme som- 
brero de D. Benigno saltó veinte varas lejos. El 
teniente retrocedió. D. Segis avanzó y trató de 
alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pe- 
ro antes que pudiera hacerlo, un garrotazo le 
había caído sobre el cogote, dejándole mal pa- 
rado. 

— ¡Debiera suponejlo, caramba! Sólo estas 



EL CUARTO PODER 



289 



aves noctujnas son capaces de esperaj traidora- 
mente á un hombre indefenso, alterando el ojden 
público y tujbando el sueño de los vecinos... Es 
menestej concluij con esta jaza de alimañas que 
chupan la sangre del pueblo, y aspiran á tenejlo 
siempre sumido en la bajbarie... ¡Estos son los 
ministros de Dios! ¡Los apóstoles de la caridad! 
¡Los etejnos perjtujbadores del ojden social!... 

Ni aun en estos críticos instantes podía el ayu- 
dante prescindir de aquella retórica anti-clerical 
que acostumbraba á usar, y de sus frases cam- 
panudas. A cada una acompañaba un garrotazo. 
Los clérigos, no pudiendo sostener su rabioso 
empuje, volvieron grupas, y emprendieron des- 
aforadamente la carrera. El teniente pronto se 
vio fuera del alcance del palo, más el pobre don 
Segis, con el peso extraordinario de su pierna iz- 
quierda, se quedó rezagado, y tuvo que sufrir 
las caricias del bastón de Peña un buen rato. A 
lo lejos se oía la voz de éste, gritando con chis- 
tosa corrección: 

— ¡Hipócritas! ¡Sepulcros blanqueados! ¿Es 
esto confojme con el espíritu del Evangelio, ca- 
nallas? ¡Predicáis la paz y el amoj entre los hom- 
bres, y sois los primeros en bajenaj los textos sa- 
grados! ¡Cuándo sacudiremos vuestro yugo, y 
nos emanciparemos de la esclavitud en que nos 
tenéis desde hace tantos siglos! 

Cualquiera imaginaría al escucharle que estaba 

19 



2gO ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pronunciando un discurso en algún club demo- 
crático, y no administrando una soberana paliza. 

Así terminó aquella refriega. 

A la mañana siguiente el ayudante recibió la 
visita del párroco de Sarrio que venía á suplicar- 
le encarecidamente que no se hablase de aquel 
incidente desagradable en el periódico, prome- 
tiendo en cambio todo género de satisfacciones 
por parte del teniente y D. Segis, lo mismo á él 
que á Sinforoso. Peña no quiso ceder á su de- 
manda. La ocasión era admirable para abrir bre- 
cha en los enemigos de la libertad y del progreso, 
y en efecto, el primer número del Faro insertó 
una relación circunstanciada escrita en estilo jo- 
coso de todo lo ocurrido. 

Con esto los ánimos del clero y de las personas 
timoratas de la villa quedaron grandemente so- 
brexcitados. 



FIN DEL TOMO PRIMERO 



ÍNDICE 



Páginas 



Capítulo I.— Se levanta el telón, por esta vez sin 



metáfora i 

Cap. II. — Del feliz arribo de la Bella-Paula 27 

Cap. III. — En que la pareja enamorada comienza á 

pensar en el nido 55 

Cap. IV. — Cómo los particulares de Sarrió se congre- 
gaban en un recinto nombrado el Saloncillo y lo que 

allí se platicaba 75 

Cap. V. — uiLadroneslü 111 

Cap. VI. — Que trata del equipo de Cecilia 133 

Cap. VII. — Que trata de dos traidores 161 

Cap. VIII. — De la reunión que los próceres de Sarrió 
celebraron en el teatro con asistencia del cuarto 

estado 191 

Cap. IX. — Historia de una lágrima 219 

Cap. X. — De la gloriosa aparición de El Faro, de Sa- 
rrió, en el estadio de la prensa. — Primeros fuegos de 
la batalla del pensamiento. 251 



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